Ahí están cifrados los sonetos y las novelas, el ensayo y el cuento más preciso, las historias policiales y de héroes; una nota en el comedor o una carta que nunca leerá el destinatario; lo que digo en este momento, lo que omito y no quiero decir, las mentiras y las leyes de la ciencia que en un tiempo cambiarán.

Por: Giussepe Ramírez 

En Lolita de Nabokov encontré algo que no había pensado: un poema que no es más que la lista de clase de una niña. “En un volumen de la Enciclopedia infantil encontré un mapa de Estados Unidos que un lápiz infantil había empezado a calcar en una hoja de papel de seda, y en cuyo reverso, contra el contorno incompleto de Florida y el golfo, había una lista mimeográfica de nombres pertenecientes, sin duda, a la clase de Lo en la escuela de Ramsdale. Es un poema que ya sé de memoria.” Dice el atormentado Humbert e inicia el listado, que algo de música o sonoridad tiene.

La vaga idea de este poema extraño me rondó hasta el día en que alguien me comentó unas reflexiones que me sorprendieron por lo simple, y tras las cuales tuve una sensación de extrañamiento con dos herramientas que uso todos los días, como si cuando uno tocara una ola fuera consciente del gran movimiento de la tierra para mover esa masa de agua. El planteamiento consistía en como dos listados cotidianos se convierten constantemente o cada tanto en obras de indiscutible belleza: las notas musicales y el alfabeto. Después de escuchar a esta persona relacioné la poesía del listado de Lolita con la poesía que contienen Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si, y el alfabeto. Ambos son poemas completos, infinitos, como el intervalo abierto entre 0 y 1.

Las notas musicales contienen todas las obras musicales: las malas y las delirantes, las que provocan un movimiento de cadera o cierta angustia en la garganta, las olvidadas y las que aún no se componen; el discurrir de un río y la invocación solar de las aves; los sonidos del Big Bang y el galope de los cuatro jinetes del apocalipsis. El universo sonoro está condensado en siete partículas que nombradas en orden o desorden son poema.

El abecedario (los alfabetos del mundo), que es un título feo para este poema de veintisiete, veintitrés o más versos libres, orientales u occidentales, contiene la tradición oral antes de que se convirtiera en la primera obra escrita de cualquier lengua o hemisferio, pueblo o cultura, lo que alcanzamos a percibir antes de su propia existencia, de la prehistoria. Ahí están cifrados los sonetos y las novelas, el ensayo y el cuento más preciso, las historias policiales y de héroes; una nota en el comedor o una carta que nunca leerá el destinatario; lo que digo en este momento, lo que omito y no quiero decir, las mentiras y las leyes de la ciencia que en un tiempo cambiarán.

La reflexión podemos extenderla también al lenguaje de los números, que son infinitos pero en el que solo bastan diez dígitos para representar cualquier cifra: la edad de la tierra, el logaritmo de 1, 2 + 2, la hora exacta en que nuestra vida giró 180°, las 484 palabras escritas hasta aquí.

Si digo ahora que tengo en la nariz un recipiente lleno de café y a través de la ventana veo una montaña que los hombres quieren invadir, ustedes recrearán la imagen que le acabo de ordenar a sus cerebros, o tal vez recuerden una mañana intrascendente y feliz tomando café junto a una persona que amaron, sonrientes porque están de este lado del cristal con las piernas extendidas. Magia en estado puro. Y, ¿qué poema no aspira a magia?

Para los contradictores y los escépticos de la brevedad, estos tres ejemplos universales de belleza y condensación extremas. Todos, lo más cercano al nombre de dios.

 

@Animalmoribundo