Gloria Inés Escobar (Columna)El 24 de diciembre llega para los niños con la promesa de obtener lo que tanto han deseado, aquello por lo que han esperado todo un año, pero solo algunos de ellos terminan obteniendo lo soñado e incluso más; los otros, la mayoría, siguen obligados a posponer sus deseos hasta el próximo año en el que, se les promete, serán satisfechos.

Por: Gloria Inés Escobar Toro

Para millones de personas la navidad no significa nada, o al menos nada que tenga que ver con las festividades religiosas que tan propicias son al comercio y a la economía en general. Sin embargo, creyentes o no, todos terminamos celebrando esta fecha y participando de ella de modo fervoroso o profano, todos nos vemos arrastrados por el torbellino de las compras y la parranda, todos de alguna manera nos vemos inmersos en esta vorágine de “alegría”. Por todo ello el 24 de diciembre termina siendo una buena “instantánea” del mundo que habitamos, una excelente radiografía que deja al desnudo los contrastes entre el exceso de unos y la privación de otros. En esta fecha en especial salta a la vista el enorme abismo que existe entre las diversas clases sociales: mientras unos se dedican a consumir y derrochar, otros deben limitarse a contemplarlos; mientras unos se sacian, otros desean; mientras unos quedan con las manos llenas, otros con ellas vacías; mientras unos se ahogan en la hartura, otros en la carencia; mientras unos niños ríen de felicidad, otros lloran de tristeza.

Y son justamente los niños, esos que tanto “preocupan” a la sociedad de bien porque prefiguran el futuro de la humanidad, quienes en primer plano aparecen retratados en esa fugaz captura del momento: sus anhelos, sus esperanzas, sus sueños se ven traducidos en gestos de felicidad y alegría o en muecas de tristeza, dolor, rabia e incomprensión; en sus rostros se trasluce el brutal descubrimiento de la injusticia social camuflada en la mentira del “niño dios”.

El 24 de diciembre llega para los niños con la promesa de obtener lo que tanto han deseado, aquello por lo que han esperado todo un año, pero solo algunos de ellos terminan obteniendo lo soñado e incluso más; los otros, la mayoría, siguen obligados a posponer sus deseos hasta el próximo año en el que, se les promete, serán satisfechos. Así, de una mentira a otra, se va llevando a los niños hasta que perdida la “inocencia”, la vida les demuestra el engaño del que han sido víctimas: no hay dioses –ni niños ni viejos- que recompensen sus sacrificios, sus carencias, sus padecimientos; los que tienen poder y dinero pueden cumplir sus sueños –cualquiera sea el tamaño de éstos-, los demás -a las buenas o las malas- son los instrumentos para lograrlos. La realidad tarde o temprano demuestra que el cuento romántico de la navidad no es más que un engaño, una perpetua promesa rota para quienes viven en la pobreza y una deslumbrante y mágica cristalización de sueños y deseos para quienes viven en la riqueza.

Este aprendizaje no es fácil, cuesta a los niños frustración y lágrimas. El fraude de la navidad, alimentado y aumentado por la televisión, esa caja vendedora de sueños e ilusiones que promete un mundo ilimitado de placeres “posibles” para todos, es grande y doloroso y, por supuesto, incomprensible. Entender por qué “el niño dios” satisface con crecer los deseos de unos mientras que a otros los ignora, no resulta claro ni lógico para los niños cuando además se les ha repetido que si piden con fe a ese pequeñín divino que es todo bondad y que además es omnipotente, serán recompensados con el cumplimiento de sus sueños. Así la injusticia que campea por todo el planeta y que golpea con más fuerza a los niños pobres, queda retratada de manera nítida el día en que precisamente se celebra el supuesto nacimiento de quien encarna la justicia y el amor. ¡Vaya paradoja!