Esta campaña ofrece una psicopatología de la vida política colombiana que pasa por narcisismos publicitarios, parricidios forzosos, pérdidas de identidad voluntaria, amor excesivo al trabajo legislativo…

 

Por: Christian Camilo Galeano B.

Las épocas electorales son tiempos de bonanza para los publicistas. Toda una horda de candidatos recurre a ellos para conseguir la foto perfecta que muestre el interés por servir. El mensaje también es importante: una oración, algunas palabras que toquen las fibras del electorado, un poco de maquillaje, photoshop y la propaganda está lista para inundar las calles de las ciudades y los pueblos.

Al caminar por el centro de Pereira se observa un sinfín de vallas publicitarias con rostros sonrientes, otros con caras de trascendentales, todos buscando el mismo fin: un voto que los lance o reafirme en el poder. Entre la cantidad de rostros conocidos y desconocidos, siempre resaltan algunos por la cuota de contaminación visual que generan.

El senador Samy Merheg busca sumar otro periodo en el capitolio nacional, pese a que la revista Dinero lo ubicó en el top 5 de los peores senadores de la república, por su escaso control político y su incipiente voz en los temas fundamentales para el país.

No le caería mal al actual senador tomar unas vacaciones legislativas y reflexionar alrededor de su papel en el senado, su posición actual y los intereses que representa. Quizá estas posibles vacaciones sean la excusa para reencontrarse con su hermano Habib.

Otro estandarte de la política de Risaralda es el actual representante a la Cámara Diego Patiño Amariles, que ondeando desde siempre las banderas del liberalismo ha hecho su vida en el sector público. Con fuertes influencias en diferentes corporaciones, ha construido un fortín político que se niega dejar, al parecer todo con miras a preservar el interés público.

Si continúa con esta trayectoria en el Congreso, quizá en un futuro el representante risaraldense rompa el récord del senador Roberto Gerlein en cuanto a longevidad parlamentaria.

Las campañas políticas dan para todo, se observan desde parricidios hasta pérdidas de identidad. Por ejemplo, la candidata a la Cámara por el partido de la U, Andrea, decidió quitar de su campaña publicitaria su apellido paterno. Heredera legitima del caudal electoral que dejó su padre, el exsenador Carlos Enrique Soto, destituido por el Consejo de Estado, Andrea reclama retornar al Capitolio Nacional a ocupar el puesto que por derecho heredó de su padre; sin embargo, como en una tragedia, la heredera aspira volver ocultando el apellido que para muchos en Risaralda está unido a la corrupción.

Otro caso preocupante es el de muchos candidatos del Centro Democrático que en su afán de obtener votos y tener la venia de su máximo líder, asumen como mensajes de campaña esperpentos del tamaño de: el de Uribe, el Uribe del Huila, los de Uribe…qué criterio se puede exigir de un candidato que supedita su opinión a una figura de autoridad.

Resulta alarmante que los miembros de este partido político deban recurrir a vivir bajo la sombra del mesías paisa. La pérdida de identidad es tal, que se puede observar cómo varios de los actuales senadores de Centro Democrático en sus discursos buscan emular el estilo paisa y vociferante de Uribe, llegando incluso a parecer que pierden los estribos, como los memorables discursos de la senadora Paloma Valencia.

Incluso, el actual candidato a la presidencia, el señor Iván Duque, bogotano, ya se puso el carriel, poncho y sombrero, que le permitan convencer al electorado que él es una extensión, sin voz propia, de Uribe.

Esta campaña ofrece una psicopatología de la vida política colombiana que pasa por narcisismos publicitarios, parricidios forzosos, pérdidas de identidad voluntaria, amor excesivo al trabajo legislativo… material precioso que la publicidad sabe mostrar y ocultar al mismo tiempo.