Mientras sonreía, vi en sus ojos, a través del espejo retrovisor, un movimiento de pánico que produjo también en mí cierto grado de nerviosismo. En cuestión de segundos me puso al tanto de toda su vida, responsabilizándome del drama familiar que se le vendría encima si le retiraban la licencia y le quitaban el carro.

 

Por: Camilo Villegas

Íbamos de camino a casa cuando el conductor de Uber fue avisado por un amigo de que había en nuestro camino un control de alcoholemia. Era imposible dar la vuelta o escapar por alguna calle, como era diciembre el conductor me confesó que llevaba tres tragos de whisky, pues había comido con unos amigos a los que hacía años que no veía. « ¿Y qué quiere que haga yo?», le pregunté. «Que se ponga al volante —respondió él—, como si usted fuera el conductor y yo el pasajero». Me pareció una propuesta absurda a la que respondí con una sonrisa de desconcierto.

Mientras sonreía, vi en sus ojos, a través del espejo retrovisor, un movimiento de pánico que produjo también en mí cierto grado de nerviosismo. En cuestión de segundos me puso al tanto de toda su vida, responsabilizándome del drama familiar que se le vendría encima si le retiraban la licencia y le quitaban el carro. Aunque intenté defenderme, fue inútil, al cabo de un instante, dada mi debilidad de carácter, estaba al volante, con su conductor al lado.

Alcanzado el punto de control, un policía hizo señas de que nos echáramos a un lado. Luego se acercó lentamente, me informó acerca de algo a lo que no puse atención y me pidió que soplara un aparato, lo que hice con miedo, pues aunque no había bebido creo que el organismo puede, en situaciones de estrés, producir todas las sustancias existentes en el cuerpo.

Por fortuna, estaba limpio y me dejaron seguir. Como no queríamos que nos descubrieran, y dado que mi domicilio se encontraba muy cerca, continué conduciendo, luego giré a la derecha y llegué a la portería del conjunto en el que vivo, donde el conductor ebrio, tras mirar la pantalla de su celular, sacó un billete de $20.000, me lo dio, abrió la puerta, salió del carro y se perdió en la oscuridad, todo con una rapidez tal que no fui capaz de reaccionar. Además, apareció de la nada una mujer que me pidió que la llevara a toda prisa al aeropuerto. Qué inconstante es la realidad, pensé, arrancando y cambiando de primera a segunda velocidad.