Resignificando las palomas

Las palomas son tan importantes como nuestras aves endémicas; hacen parte de esta diversidad mestiza y, además, del patrimonio cultural. ¿Cómo concebir la plaza Bolívar sin sus palomas, y sin los niños que las persiguen..?

 

Por Daniel Andrés Ceballos García

Hace unos días me detuve en una foto, del centenar que proliferan en las redes sociales, que me dejó atónito. Un ave rapaz tenía entre sus falanges una paloma. Pero lo que me remeció fue el comentario del usuario ornitólogo (wannabe) que compartió la foto: “Controlando la plaga”.

Lo desgarrador no es la imagen, el instinto animal, que enuncia la foto sino la irracionalidad del comentario. Las palomas como una plaga. Si bien las palomas son una especie introducida, efecto de la colonización, no es inteligente tratarlas como una peste y soslayar que son seres sintientes, y que por menospreciar con tal irracionalidad es que no respetan sus vidas en los parques, o en las vías, o en los laboratorios (aunque basta con que sean animales para que no sean respetados).

Lo curioso es que nunca se piensa en las gallinas como una peste siendo, también, una especie introducida. Y no pretendo con ello validar las prácticas infernales a las que son sometidas las gallinas, ni ningún otro animal, pero sí hago énfasis en lo macabro que es pensar en el animal como una peste solo porque no pertenece a estas tierras occidentalizadas.

Tratar estas especies como pestes es un ideal racista que promulgan, generalmente, los ornitólogos, solo porque habitan un espacio que podría ser para otras y consumen el alimento de otras. Sin embargo, se maravillan cuando llegan las migratorias del norte. Pareciera que para ellos solo tuviesen derecho a habitar el ecosistema las que siempre han estado aquí, y en especial las endémicas, porque esas sí que dan dinero.

Tal vez prevalezca el dinero, porque el aviturismo no existe para que nosotros, los ciudadanos del común, apreciemos y aprendamos de la diversidad que tiene Colombia. Eso se creó para la élite. Para quienes tienen dinero y puedan comprar unos binoculares, cámara (lentes), libros-guías; además de la entrada a las reservas y el guía (el de la propiedad intelectual). También, para los extranjeros que han explotado por siglos nuestras riquezas naturales.

Que los extranjeros muevan el negocio del aviturismo significa que seguimos dependiendo de lo de afuera, que estos pueblos de Risaralda y Caldas que se asientan en las cordilleras Orientales y Occidentales sufran la inflación en el transporte, en el mercado, en hotelería… a causa de la impronta extranjera en estos lugares. Y lo triste es que, nosotros, quienes deberíamos ser conscientes de esta mega diversidad, que no solo comprende las aves, para cuidarla y no venderla al depositar el voto, es a quienes este turismo no es accequible.

Es loable el trabajo que hace el grafitero Chávez, que se ha propuesto llevar a los barrios de Pereira, desde su arte, las aves que nos circundan. Él es ejemplo de ciudadano que en vez de declarar la propiedad intelectual y lucrarse de ella prefiere compartir el conocimiento para que con dinero o sin él podamos conocer la diversidad del país.

Las palomas son tan importantes como nuestras aves endémicas; hacen parte de esta diversidad mestiza y, además, del patrimonio cultural. ¿Cómo concebir la plaza Bolívar sin sus palomas, y sin los niños que las persiguen, o quienes nos embebemos siguiendo sus danzas de apareamiento? ¿Cómo eludir que los animales, sin importar su situación ecosistémica o social, son seres sintientes?

PD: ¿Qué tal si en lugar de menospreciar la vida nos detenemos en pensar en el impacto que la humanidad ha generado sobre los ecosistemas?