Richard Dawkins en Colombia

Con la lectura que hice de su obra (Salvat, 289 páginas), compruebo que para ser ateo no se necesita descreer, sino creer que no cree. He ahí el continuum ontológico…

 

Por: Diego Firmiano

No hay cuerpo más manoseado que la “verdad” y Richard Dawkins es uno de sus transgresores. Su frase” soy un amante de la verdad” es correcta, porque la dice dentro del propio círculo de sus lúgubres afirmaciones y es incorrecta, porque olvida que los meta relatos han muerto. Yo en aras de la verdad evito el asunto del ateísmo porque lo considero obtuso y sin bases sólidas; sin embargo, las noticias sensacionalistas no paran de afirmar que el divulgador científico visitará la tierra del ajiaco, Bogotá. El asunto me tiene sin cuidado. Es un ateo sobrevalorado. Su filosofía es una revancha contra el cristianismo principalmente.

Su primera obra El gen egoísta (1993) es tan mala como sus discursos carentes de argumentos objetivos. Solo basta echar una ojeada a ese buen libro Deconstruyendo a Darwin (2002) del español Javier Sampedro para entender que el darwinismo es una cosa diferente a Charles Darwin y que la evolución no existe. Es un relato científico que ni el mismo Richard Dawkins está seguro de poder afirmar con certeza.  Pero en honor a su llegada a nuestro país, quiero dar unos apuntes sobre su primer libro, el que lo catapultó a esa fama extraña que posee en los medios y que tiene a sus seguidores comprando afiches del biólogo para pegar en sus cuartos.

Sinceramente no hay libro más absurdamente ideológico que El gen egoísta. Si exceptuamos un libro como la Biblia, o El capital de Karl Marx, este pertenece a ese tipo de elucubraciones que ya contienen ideas preestablecidas. Una investigación seria se va labrando pacientemente, y esta misma va mostrando sus tintes, pero este libro de Dawkins, no sigue el curso normal de una rigurosidad académica.  Se deja ver desde el principio lo que quiere dejar en claro, y no repara en ello, sino que rompe toda regla hermenéutica cuando retuerce citas para ajustarlas a su dogma.

Esa afirmación primaria en su libro que “la vida inteligente sobre un planeta alcanza su mayoría de edad cuando resuelve el problema de su propia existencia” no es nada más que un rancio orgullo ateo. Virtud primaría de los “místicos del ateísmo”. ¿Descubrió Dawkins el fin último de la existencia? ¿mayoría de edad? sabrá a qué se refiere con tan profundo termino, más asociado a la historia y la sociología que a la filosofía. No estoy del todo seguro. Con la lectura que hice de su obra (Salvat, 289 páginas), compruebo que para ser ateo no se necesita descreer, sino creer que no cree. He ahí el continuum ontológico o ateísmo sisifílico (de Sísifo, por si acaso) del autor, igual que de sus tres homólogos más,:Sam Harris, Daniel Dennett y el ya difunto Christopher Hitchens, los cuatro ponys del ateísmo norteamericano.

En fin, ni soy seguidor de Richard Dawkins, ni del sacerdote jesuita Gerardo Remolina, con el que debatirá en la capital y en otras ciudades sobre la existencia de Dios. Un problema que después de miles de años no se ha podido resolver con la razón, y que seguro, no se resolverá.  Bienvenido Míster Dawkins a la tierra del café, las esmeraldas y el debate.