Ricos y pobres

Al tiempo que los jugadores de fútbol tienen como única motivación ingresar al club de nuevos ricos inflado por los programas de farándula, a boxeadores y pesistas los enciende una ilusión: escapar de la miseria. No anhelan ser ricos: solo esperan salir de pobres. Es decir, tener una casa para la familia y tal vez unos ingresos fijos que garanticen una vida en los límites de la dignidad.
GUSTAVO COLORADO IZQPor: Gustavo Colorado Grisales

“Es mejor ser rico que pobre”, sentenció una vez Kid Pambelé, el boxeador palenquero que se lió a puñetazos con la vida y acabó -como todos- fulminado por nocaut. La frase, lapidaria en su obviedad, es hoy más recordada y citada que sus épicas victorias en Panamá, Buenos Aires, Cartagena o Filipinas.

Suerte similar corrió la declaración aquella del ciclista Martín Emilio “Cochise” Rodriguez, el primer colombiano en competir por un equipo europeo. “En Colombia la gente no se muere de cáncer, ni de infarto, sino de envidia”, habría dicho ese hombre de piernas irrompibles, que nunca se cansó de ganar sucesivas ediciones de la Vuelta a Colombia, cuando las carreteras eran poco menos que caminos de herradura.

Nunca como hoy, cuando las olimpíadas de Río llegan a su final, cobran tanta vigencia esas frases lúcidas y certeras. Como sucede siempre, a pesar de que la atención de medios y aficionados se enfoca en el fútbol, son las disciplinas individuales las que aportan las medallas. Mientras la selección masculina de fútbol tuvo un lánguido y displicente desempeño de principio a fin, fueron los levantadores de pesas, los yudocas, los boxeadores, los ciclistas y las patinadoras quienes aportaron los mayores logros. Por lo visto, los futbolistas estuvieron más pendientes de los empresarios que planeaban sobre los estadios en busca de nuevas y jóvenes presas que de vencer a los rivales.

Ese estado de cosas no es una casualidad. Al tiempo que los jugadores de fútbol tienen como única motivación ingresar al club de nuevos ricos inflado por los programas de farándula, a boxeadores y pesistas los enciende una ilusión: escapar de la miseria. No anhelan ser ricos: solo esperan salir de pobres. Es decir, tener una casa para la familia y tal vez unos ingresos fijos que garanticen una vida en los límites de la dignidad. Recordando a “El Cordobés”, el mítico torero de los años sesenta, podemos repetir que lo único capaz de llevar a un hombre a arriesgarse a una lesión de por vida es el hambre. El caso del pesista Óscar Figueroa es ilustrativo: tres cirugías en la columna vertebral dan cuenta de más de dos décadas de fatiga para alcanzar la incierta cumbre de la gloria olímpica.

Desde luego, quienes agitan banderas, corean himnos y se arriman a la foto ganadora poco se interesan en esos asuntos. Al fin y al cabo, suelen ser refractarios a la sangre y el dolor.

No deja de resultar perturbador el hecho de que una persona intente redimirse levantando pesos enormes, inhumanos casi. De ese tamaño son sus carencias. Mientras los demenciales ingresos de algunos futbolistas consiguieron que los estratos medios y altos vieran con ojos codiciosos las inclinaciones de sus hijos por esa disciplina, ninguno de ellos celebraría la elección de la halterofilia… a no ser que uno de esos caprichos del mercadeo y la publicidad la convierta en una práctica bien recibida en la bolsa de valores. Por obra y gracia de un milagro, los levantadores de pesas se volverían glamorosos y no tardarían en ser asediados por modelos y contratados para promocionar perfumes, autos y relojes.

Independiente de si son malayos, chinos, mexicanos o colombianos, estos deportistas lucen en la frente la marca de la marginación. Una mezcla de rabia y euforia impregna sus gestos y sus declaraciones en la victoria y en la derrota. Se indignan lo suyo cuando los gobernantes intentan apropiarse de sus preseas. Y, por supuesto, están llenos de razones. Han chapoteado lo bastante en el fango. Como Pambelé en los callejones de San Basilio de Palenque. Como “ Cochise” en las carreteras destapadas de Antioquia. O como este Óscar Figueroa acosado por la violencia y la pobreza, que hizo de las pesas su forma personal de redención. Todos, a fin de cuentas, mordieron el polvo y comprendieron lo esencial: es mejor ser rico que pobre.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada