Pero a problemas extremos, soluciones extremas y no por ser extremas son poco probables. Personalmente espero que ninguna de las dos alternativas descritas se consolide, pero, en mi intento de lucidez, no las veo tan alejadas.

 

Por: Camilo Andrés Delgado Gómez

Estamos en crisis. Algunos hablan de una crisis económica, otros de una crisis política, otros hablan de una decadencia de valores, algunos también de una crisis del sistema social y, los más osados, argumentan que lo que vivimos hoy es una crisis civilizatoria, es decir, todo lo anterior.

Estos últimos, tal vez más lúcidos y con una visión holística del tema, hablan de una crisis estructural y orgánica del sistema mundo actual de la que no podremos salir. Esta crisis la comparan con la del imperio romano que, luego de varios decenios, dio paso a una nueva forma de organización social, el feudalismo. Esto, desde luego, es solo especulación que el tiempo dirá si se convertirá en realidad.

Lo que sí es un hecho, es que la actual crisis ha sido la responsable de la profundización de la precarización de la mayoría de integrantes de la población mundial, que son los que Marx denominó proletarios y a los que en su momento les propuso: ¡Proletarios del mundo, uníos!

Pero ¿unirse en torno a qué? Para responder esta pregunta, que realmente es mucho más compleja de lo que parece, Marx desarrolló un “sistema teórico” que, por un lado, concluía que el proletariado vivía siendo explotado, trabajando más de lo que debería y en las peores condiciones posibles y, por otro lado, que para cambiar esto los explotados debían explotar a quienes fueron sus explotadores e imponer una dictadura en la que su clase gobernara a la que otrora era la gobernadora.

Este proceso llevaría, como fin último, al comunismo, sociedad sin clases en la que todos serían libres. Marx lo tenía claro y lo expresó (aunque no muy claramente). Así mismo, los proletarios lo leyeron e intentaron organizarse, pero ¿por qué no ocurrió la revolución?

Entre las respuestas que se han dado a esta pregunta hay una que es muy simple, pero muy potente y, a la vez, muy curiosa: lo que sucedió es que no sólo los proletarios leyeron El Capital, también lo hicieron los burgueses. Así, la advertencia dada por el sistema marxista a los detentores del poder los obligó a reformar el sistema explotador dando como resultado el Estado de Bienestar. Para ejemplificar el argumento, de manera jocosa se comenta que si una cabra leyera a Darwin le huiría al lobo pues sabe que, por su naturaleza, la va a matar. Pero todos sabemos que las cabras no leen; los burgueses, sí.

Hoy en día se piensa que “la revolución” es cosa del pasado, en gran medida porque se ha creído aquello del “fin de la historia”, pero estos procesos no se superan y hoy aún tiene vigencia. Esto se debe a lo evidente: el mundo, como efectos del capitalismo descontrolado y la globalización neoliberal que vivimos, está retomando la explotación incesante del trabajador.

Es evidente que estamos sufriendo lo que Ruy Mauro Marini llamó la sobreexplotación del trabajo, que consiste en exprimir al trabajador de la manera más vil posible, usando para esto los medios que sean necesarios: la extensión de la jornada laboral, la intensificación del trabajo, la disminución de los salarios reales, etc. Esto permite un mayor excedente o, en términos marxista, plusvalía (aunque no son términos estrictamente sinónimos) para el capitalista, lo que a su vez significa una mayor precarización laboral.

Pero, además, esto tiene un agravante: si hace 150 años Marx fue el que le avisó a los burgueses que la revolución venía y decidieron cambiar sus patrones de explotación, hoy no hay nadie, y la revolución puede llegar.

Sin embargo, hay otra salida a la explotación y a la desterritorialización del mercado, efectos de la globalización actual: los proteccionismos sociales que, como demostró en su momento Karl Polanyi (otro Karl), llegaron de la mano de los fascismos. Esta otra solución se ha visto más cercana: Trump, Le Pen, Bolsonaro, Salvini, entre otros, son pruebas de estas reacciones proteccionistas a la precarización de las condiciones de la sociedad. Es esta salida la que hoy tiene a la democracia en entredicho.

Debo aclarar, sin embargo, que de ningún modo propongo que estas dos sean las únicas salidas a la crisis, incluso algunos creerían que son los escenarios extremos de la coyuntura actual, y tal vez tengan razón. Pero a problemas extremos, soluciones extremas y no por ser extremas son poco probables. Personalmente espero que ninguna de las dos alternativas descritas se consolide, pero, en mi intento de lucidez, no las veo tan alejadas.

Es por esto que hoy más que nunca se debe propugnar por reformas en favor de la democracia, que permitan la regulación del voraz mercado capitalista que, desde el 2008, se comprobó que es insostenible y que garanticen, aun por medio del Estado, todos los derechos básicos.

Esto debe hacerse con miras a mejorar las condiciones de vida de las personas en general y de los trabajadores en particular. Si estas reformas no se llevan a cabo va a ser evidente que la crisis, en efecto, no va a ser económica o política o social, sino que va a ser de toda la civilización.

Twitter@CamiloADelgadoG