Los hechos presentados en algunos barrios de Dosquebradas, colindantes con Pereira y difundidos ampliamente por la prensa local, simplemente dan cuenta del fracaso del Estado de derecho y sus políticas para prevenir la proliferación de diversas expresiones de delincuencia juvenil e infantil.
Por Carlos Victoria
No hay zonas vedadas. Vamos a recuperar la seguridad. Los delincuentes serán sometidos. Bla, bla, bla y bla. Palabras más, palabras menos, este es el repertorio de la fuerza pública, funcionarios y gobernantes de turno, cada vez que en los ghetos del Area Metropolitana hay un estornudo violento por cuenta de niños y jóvenes que a tiros se enfrenten entre sí, o cuando a tiros repelen la presencia de la ley en sus barrios.
La historia no es nueva. Por el contrario, es la prolongación de ciclos intergeneracionales de exclusión, desesperanza y lo peor: de Estado fallido. Los hechos presentados en algunos barrios de Dosquebradas, colindantes con Pereira y difundidos ampliamente por la prensa local simplemente dan cuenta del fracaso del Estado de derecho y sus políticas para prevenir la proliferación de diversas expresiones de delincuencia juvenil e infantil.

La respuesta ante este fracaso siempre es la misma: represión, represión y más represión. A las asonadas contra la autoridad, se responde con militarización de los barrios, los cuales por algunos días quedan convertidos en áreas confinadas. Esta terapia de choque surte efectos inmediatos, sobre todo en el campo mediático, porque en la cotidianidad siguen siendo golpes en el vacío ante una realidad social compleja y atendida, consuetudinariamente, con pañitos de agua tibia.
En el caso del barrio El Balso en internet se pueden leer diversas noticias judiciales. Sin embargo llama la atención una publicación el 14 de diciembre de 2009, en la cual se destaca que después de 50 años sus habitantes por fin pudieron ver la pavimentación de una de sus calles. La misma información resalta que la escuela está abandonada y en su lugar piden que se les instale un puesto de salud, mientras esperaban el funcionamiento de un comedor comunitario.
Siguiendo con la memoria judicial, el 21 de enero de 2008 la alcaldesa de entonces denunciaba que en Dosquebradas 50 pandillas operaban en una veintena de barrios de ese municipio, tras un fin de semana sangriento con un saldo de muertos y heridos por cuenta de la disputa territorial del llamado microtráfico. En 2007 cuando participé de un programa de promoción de derechos humanos en cinco de sus comunas, un directivo docente me recibió con un manojo de proyectiles. Las armas seguían en poder de algunos muchachos.
En su edición del 18 de febrero de 2008, la revista Semana daba a conocer declaraciones del Defensor del Pueblo, Luis Carlos Leal, quien admitía que en Dosquebradas había “aproximadamente 200 menores de edad que hacen parte de esas bandas y con distintas funciones”. Para la época, el maestro Guillermo Gartner se ratificaba en su análisis al corroborar que se trataba ni más ni menos de los hijos del abandono familiar, social e institucional. Después de cuatro años las cosas están iguales y peores.
La ecuación crisis cafetera, emigración, narcotráfico y sicariato decora este paisaje humano sin salidas, sin remedio y sin más alternativas que las represivas. El 3 de julio de 2010, el economista Alejandro Gaviria, después de que juntos hiciéramos un corto recorrido por algunos de estos barrios tituló así su columna: “Ni estudia ni trabaja”, en la que subrayaba los efectos de la caída de las remesas, la desindustrialización y el bajón cafetero entre los sectores más pobres del Area Metropolitana. Los jóvenes no parecen tener esperanza, sentenciaba.
En mi trabajo de campo recuerdo que en 2002, al otro extremo del Area Metropolitana, en el barrio El Dorado, supe de una banda llamada “Los retoños”, conformada por menores de edad que seguían así las huellas de sus amigos y parientes asesinados. Por esa época en Las Mercedes, Cuba, aparecieron “Los Pañales”, conformada también por chicos del sector. Por ahora solo queda el consuelo de voces como las del profesor Harold Giraldo que en medio del desconcierto afirma: “el fenómeno de las bandas delincuenciales es tan voraz que hemos perdido la capacidad de asombro. Nos hemos acostumbrada a ellas…”
Invitación: Mañana lunes 23 de abril a las 6 PM en el Lucy Tejada, estará el escritor Roberto Burgos Cantor con suCeiba de la Memoria…

