Cualquier cosa es motivo de interés para quien acecha: las hojas del parque agitadas por el viento; el maletín de un vendedor de baratijas; el  rayo que incendia las montañas  al fondo de la ciudad; el niño que corretea tras un balón.

Por: Gustavo Colorado Grisales

En todo tiempo y lugar siempre hay alguien que  espía tras los visillos.

Empezando por la imagen ancestral  que los hombres se hicieron de sus dioses: los que nos observan, premian y castigan.

Cualquier cosa es motivo de interés para quien acecha: las hojas del parque agitadas por el viento; el maletín de un vendedor de baratijas; el  rayo que incendia las montañas  al fondo de la ciudad; el niño que corretea tras un balón.

Para el que mira el mundo entero es cifra y, por lo tanto, conjetura.

Todo escritor es, por definición, un mirón.

¿O acaso Jorge Luis Borges no concibió El Aleph como el punto desde donde se pueden contemplar en simultánea todos los fenómenos del universo?

El mexicano José Emilio Pacheco (1939-2014), o las voces encargadas de urdir sus historias, se saben  mirones tras los visillos.

Observadores  de la vida de unos hombres que, aterrorizados por los recuerdos propios y los ajenos, se consagran a adivinar las posibles vidas de los otros.

Sobre líneas tan finas se desarrolla Morirás Lejos, una breve novela de ciento cuarenta seis páginas reeditada en 2017 bajo el sello de Ediciones Era.

En literatura la brevedad se compensa con intensidad. Y Morirás lejos es una cuerda tensada entre extremos muy distantes en el tiempo y el espacio.

El título mismo es tomado de una antiquísima maldición: Morirás lejos de la tierra que te vio nacer.

Nada menos que la clave de todo exilio. La medida de la diáspora, del destierro

Ya en la primera línea del libro el narrador nos presenta uno de los extremos de la cuerda.

Se llama eme.

Con los dedos anular e índice  entreabre la persiana metálica: en el parque donde hay un pozo cubierto por una torre de mampostería, el mismo hombre de ayer está sentado en la misma banca leyendo la misma sección, El Aviso Oportuno, del mismo periódico: El Universal.

Eme y el hombre del periódico -alguien- pueden ser las imágenes producidas por dos espejos enfrentados: ¿Quién vigila a quién? ¿Cuál de los dos es el perseguido y cuál el perseguidor?

Eso en caso de que, en efecto, se pueda hablar de una persecución.

Todo hombre es una conjetura.

Y cada episodio de la historia personal y universal también lo es.

Tenemos tantos rostros y destinos  cuantos puedan  imaginar  los que nos rodean.

Sobre esa base, el narrador de Morirás Lejos nos propone un descenso a los infiernos.

Los de  la memoria personal tanto como los de la historia remota y reciente del mundo.

Los hombres  en cuestión están ubicados, uno en la banca de un parque y otro en la vivienda de un lugar que puede ser la Calle Salónica, en la Ciudad de México.

O un barrio con el mismo nombre.

En  una de las conjeturas de la novela, eme puede ser un  antiguo criminal de guerra nazi empeñado en forjarse una coraza de anonimato en esa ciudad  habitada por millones.

Ese es otro de los puntos donde la cuerda se tensa: el drama del pueblo judío, marcado por maldiciones sin cuento, se despliega en un permanente contrapunto que va  de la destrucción del Templo de Jerusalén a manos de las legiones de Vespasiano a los momentos más brutales de la Segunda Guerra Mundial.

Uno de los narradores es Josefo, para muchos el nada confiable cronista de los sufrimientos de su pueblo en tiempos del Imperio Romano.

El relator de la Diáspora,

Tito, en la torre Antonia, planeaba el asalto general para el siguiente día, undécimo del mes de Av, cuando un guardia romano arrojó una antorcha que al prender por el lado norte del Templo extendió el fuego a todo el santuario. Los judíos trataron de sofocarlo sin cuidar ya de sus vidas. Tito corrió a frenar, o fingir que frenaba, a sus soldados. Nadie le obedeció: las legiones avanzaban pisoteando a quienes caían. En su cólera gritaban a los demás que avivaran las llamas y pasasen a cuchillo a los habitantes de Jerusalén, quienes presenciaban azorados la destrucción del Templo y morían por centenares.

Ahora todo está claro: el abismo oscuro que se adivina al fondo es la condición humana.

José Emilio Pacheco, o los narradores de su novela han elegido el teatro de la Historia para hacer  visible esa condición. Por eso, en el siguiente círculo del infierno nos daremos de narices  con otro capítulo de la destrucción de Jerusalén: el delirio nazi, esa pesadilla perpetrada por cultísimos ciudadanos arios cuyos despachos estaban decorados con reproducciones de Brueghel, discos de Wagner, libros de Goethe y Nietzche, obras científicas en varios idiomas y, desde luego, el Mein Kampf de Hitler: todo un muestrario de la  civilización.

A las pocas semanas de haber llegado al campo los prisioneros, eme puede estudiar en sus cuerpos incesantemente mordidos por los parásitos toda la patología de la desnutrición: avitaminosis, diarrea persistente, descalcificación, tuberculosis pulmonar, colitis, gastritis crónica, edemas, forúnculos, sarna, tiña, pulmonía diftérica y sobre todo la peste blanca: el tifus propagado por billones de piojos que pululan entre el fango y  la inmundicia  de las barracas.

El homo sapiens se quita sus máscaras y solo queda el cráneo desnudo de la infamia.

Que otros hablen de escuelas y de técnicas narrativas: todo gran escritor tiene como único propósito abismarse en los meandros del corazón humano. José Emilio Pacheco decidió asomarse a través de los visillos de ese corazón para legarnos sus visiones del infierno, en este caso encarnadas  en la tragedia de un pueblo marcado desde sus orígenes por la estela de una viejísima maldición : Morirás  lejos de la tierra que te vio nacer.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada