Camilo Peláez (jun 2014)Diferente a mí, que en mi puerilidad sólo recojo los vestigios de lo llamado “popular”, de aquello con lo que todos se identificaban, que trascendía en lo más profundo del alma humana.

 

Por: Camilo Peláez  

Atención a todos los tangueros de ley. A aquellos a quienes la noche los llama y la nostalgia los envuelve constantemente en su halo sagrado. Sí, ustedes; compadres de codo fino y mirada apesadumbrada, ¿me escuchan? Pídoles un favor desde lo más profundo de mi alma juvenil: hínquense en la barra y agachen la mirada que las notas de un bandoneón están despuntando por las esquinas de este cafetín. ¿Lo sienten? Ah, bella sensación de los acordes, sentidos, vívidos y arrabaleros. Pero, ¿lo ven? Son pocos, señores. A su lado ya no están los muchachos que, si los veían entrando al café, tambaleando y medio colos les preguntaban por qué. Éstos se han ido junto a la última gota de vino que en aquella copa quedaba.

Se acuerdan, hermanos ¿qué tiempos aquellos? Eran todos hombres, más hombres los nuestros. Se acuerdan hermanos ¿qué tiempos aquellos? Veinticinco abriles, volver a cumplirlos. Sin embargo, ha pasado mucho tiempo, grises sus cabellos y sus vidas. El ocaso no es algo ajeno a sus futuros y por eso necesito de su experiencia para contar una historia que es de ustedes, de ellos y mía, pero al mismo tiempo de ninguno, de nadie.

Suaves y escapadizas se tornan las notas que surgen como espasmos de estas esquinas. Cómo tallan los recuerdos ¿no? Aquellos momentos que en años de farras y alegrías ustedes pudieron gozar, no han de volver, y el saberlo les llena de amargura. Pero… levántense, maestros, el bandoneón los llama con sus acordes lánguidos, casi muertos, pero que, en la evocación que les trae, son ustedes los que se sienten caer, inundados por un mar de sensaciones. Es cierto, a sus corazones no se les ha olvidado latir; y su piel que, trazada por las experiencias empieza a tersarse como si en un impulso de valentía volvieran a ser jóvenes para recordar tiempos que ya no están. ¡Y lo son! Han regresado a la flor de la juventud; su frente marchita ya no está, pero siguen solos. ¿No es extraño? Otrora el café se atiborraba de almas juguetonas que danzaban como arlequines al compás de una canción, de malevos y compadritos. ¿Recuerdan, acaso, cuando la vieron? Bellísima. De las pocas mujeres que se ganaron el respeto entre los tangueros. Su aspecto casi gorgónico hacía que aquel que la contemplara quedara impregnado de todos sus rencores, haciéndolo caer en un insondable mar de pesadez y amargura. Sin embargo, era ella: Malena. ¿Quién no quería verla si fue la única que supo cantar el tango, pero jamás fue escuchada?

Sin embargo, acá se encuentran después de tanto tiempo y con tan pocos que los acompañen. Todo se esfuma en la niebla morosa de los años: la amada, aquella mujer que, confundiéndola con la madre los hizo sentir traicionados; los amigos, las bebetas pero no la bebida, y todo lo que en un tiempo fue llamado tango. No se extrañen, señores. A ustedes, que los acunaba en tango la canción materna para llamar el sueño. Ustedes, que lograron vivir la placentera experiencia de hacerse en tango, porque el tango es macho, porque el tango es fuerte; tiene olor a vida, tiene gusto… a muerte. Porque quisieron mucho y los engañaron, y pasaron la vida masticando sueños. Ustedes, de los pocos tantos que ya se fueron y que pronto partirán como las golondrinas que en la fría soledad buscan el sur, el amado sur. Y ¿quién los acompaña a tal viaje? Ni la milonga, que va de la pampa al puerto y tanto los supo consolar cuando se vieron lejos de sus tierras; ni el tango, que estando ya en la laberíntica ciudad, llena de espejos que sólo pretenden reflejar lo que antaño creyeron vivir. No obstante, se lo llevan todo. El testimonio de haber sido los oyentes tempo-espaciales del tango que, así mismo, lo vivieron. Diferente a mí, que en mi puerilidad sólo recojo los vestigios de lo llamado “popular”, de aquello con lo que todos se identificaban, que trascendía en lo más profundo del alma humana. Yo, que trato de dimensionar la palabra tango y todo lo que ésta acarrea (rencor, melancolía, amistad, compadrada, sentimientos arrabaleros), y al mismo tiempo trato de reconstruir algo que permanece en la memoria pero no el sentimiento. Yo no puedo entonar en mi coraje: “Tango que me hiciste mal, y sin embargo te quiero”. ¡No! Ni los rezongos del bandoneón, por más que quiera, penetran tan profundo en mi ser como lo pudo hacer en los de ustedes. Reconstruyo, pero sin tiempo. Idealizo a Malena porque no hay mujeres como ella en mi época; la garufa (lluvia) no se acentúa con sus púas; ni arrastro por este mundo la nostalgia de haber sido, ni el temor de ya no ser…

¡Se van! El tango está entronado en un altar lejano, casi inaccesible porque no tiene testigos de su popularidad; quedan testimonios que, como Gardel, pueden estar contagiados y exagerados, más que contados con precisión. Sagrado, el tango ahora es sagrado. De encontrarlo en lo más recóndito de un cafetín de mala muerte, ahora lo buscan en las salas intelectuales y es objeto de esnobismo, como si éste requiriera de una suerte de iniciación o revelación para poder estar en él. Qué ilusorio resulta ver a los nuevos “tangueros”, hablando de éste con un discurso casi litúrgico, como si se necesitara de esto para reflexionar acerca del tango, cuando él mismo es una reflexión.

Usted, señores de cabello matizado, se van y les digo, parafraseando a Le Pera: “Adiós muchachos, compañero de mi no vida. Barra admirada, de aquellos años. Se terminaron para ustedes todas las farras, sus cuerpos enfermos, no aguantan más...”.