Teatro esquizoide / Un mal paso

Freddy-Alan-Gonzalez-SalazarSabe conducir la humillación, mentir, eso tiene de artista, la mentira, como ese personaje bizarro de  Pär Lagerkvist, El Enano. Cualquier espectador desprevenido que tenga la amarga experiencia de presenciar una de sus piezas podrá develar este manto de caos, que solo se ve equilibrado por los actores. 

Por: Alan González Salazar

El malestar en la cultura tiene como primer reflejo sus productos artísticos. El espectador, en esta relación, vuelve a ser el receptor por excelencia mejor capacitado a la hora de emitir juicios de valor, pues toda pieza artística busca conmover, interesar a quien la admira y, a través de la belleza, enseñar lo que es digno de ser amado. Ahora bien, al concepto de lo bello se le puede unir lo grotesco, una de las corrientes estéticas más marcadas en nuestro teatro. El antes llamado “Teatro El Mal Paso”, del que soy uno de sus fundadores, tiende con precisión hacia esta línea. César Castaño, conocido también como El Gomoso, aprendió de Andrés Galeano la burla mordaz, el absurdo; eran en realidad un par de Idiotas, así decidieron nominar su grupo.

Al persistir, el primero -Castaño- decide viajar a Medellín “a probar madera” con Farley Velásquez, director de Hora 25. La experiencia le resultó traumática porque aún no ha podido superar los vicios y las virtudes del teatro antioqueño, es decir, que reproduzca sin vergüenza las imágenes de las diferentes obras que tuvo la posibilidad de ver, no con el objeto de hacer un tributo, sino, en pocas palabras, porque carece de talento para crear. Pena ajena produce la burda copia de su composición escénica.

Aunque se necesita talento para el engaño… no hablo del simulacro teatral, hablo de su increíble capacidad para mentir, así como se sirvió (y se sirve) de jóvenes talentosos para desarrollar sus proyectos, no se contenta sino con agotarlos hasta hacerlos reventar, por su necesidad de dinero o de destacarse en el medio artístico.

Sabe conducir la humillación, mentir, eso tiene de artista, la mentira, como ese personaje bizarro de  Pär Lagerkvist, El Enano. Cualquier espectador desprevenido que tenga la amarga experiencia de presenciar una de sus piezas podrá develar este manto de caos, que solo se ve equilibrado por los actores. Obras en las que regurgita sus odios. El escritor Andrés Galeano, en un intento de clasificación, dijo de César Castaño que era un resentido y no se equivoca, la impotencia signa sus obras, permeadas de un narcisismo esquizoide, que se ve reflejado en el vestuario, la música, los gritos, las pésimas líneas en verdad dramáticas. El espectador no es del todo “idiota”, su posición crítica desenmascara para ver en lo profundo la trama oculta.