Terapia felina

CARLOS VICTORIANo obstante lo que abunda entre sus habitantes es el amor por los gatos. Con compasión infinita los acarician, los chocholean, les dejan subir a las camas, a los comedores, y allí donde pocas llegan: al corazón humilde de los celianeses. ¿Salvarán a los pobladores de La Celia de esta peste?

 

Por Carlos Victoria

Bajo la mirada del silencio que atraviesa calles y rincones de La Celia, gatos y gatas se involucran de manera sigilosa en la vida cotidiana de sus gentes. Como en Roma, aquí la gatalia tiene una misión similar: salvar vidas de la peste que azota a pueblos enteros esquilmados por la mundialización.

Los felinos hacen las veces de terapistas existenciales de una comunidad que por décadas ha subsistido a la depresión: una sicosis colectiva que convive con las montañas circundantes. Me dicen que La Celia vive atrapada por la aburrición, un mal que duerme junto al sueño de los gatos.

La aburrición brota  de la pobreza anquilosada, de la incertidumbre, de la ausencia de perspectivas. La padece también Bolívar, la escultura más esmirriada que he visto del prócer. Su figura enjuta y sin alientos pareciera ser el alma representativa del estado ánimo del pueblo.

Los gatos saben de nuestras angustias. Son compañeros de viaje…

No obstante, lo que abunda entre sus habitantes es el amor por los gatos. Con compasión infinita los acarician, los choncholean, les dejan subir a las camas, a los comedores, y allí donde pocas llegan: al corazón humilde de los celianeses. ¿Salvarán a los pobladores de La Celia de esta peste?

Ante la aburrición colectiva, los gatos hacen lo que el Estado jamás ha hecho: consolarlos, en un lugar donde el tiempo parece haberse detenido para siempre; donde las horas discurren inmóviles, pacientes y solariegas; donde el maullido de los felinos espanta la muerte.

Recordé a mi Tía Graciela quien logró sobrevivir a la soledad gracias a 18 gatos que nunca la desampararon. Menos el día del velorio, cuando uno de ellos se logró infiltrar entre los deudos. Muchos de ellos ya deben estar en el mundo imaginado que ella les dibujó antes de partir de esta orilla de la vida.

La terapia felina es –además- una resistencia animista frente al tedio de pueblos arruinados por la globalización mercantil, las locomotoras de la prosperidad y los espejitos que brotan en la televisión con olor a paz, a democracia, a felicidad. Por lo pronto me quedo con esta legión gatuna a la cual le debemos la efímera existencia de sus compañeros terrenales: humanos bajo el ocaso del desarrollo.