MARGARITA CALLE-1En el parque San Pío de Bucaramanga, un grupo de activistas de la comunidad LGTBI (lesbianas, gays, bisexuales, transgeneristas e intersexuales) ofició un matrimonio simbólico entre una mujer y la escultura “Mujer en pie desnuda” de Fernando Botero.

Por: Margarita Calle

Entre las manifestaciones públicas que tienen lugar cuando se ponen en juego decisiones que confrontan posturas políticas, ideológicas, morales o religiosas, como es el caso de la aprobación del matrimonio entre parejas del mismo sexo, han alcanzado gran visibilidad las acciones performativas y simbólicas en las que el cuerpo actúa como dispositivo mediador para comunicar ideas que por otra vía no lograría una transmisión tan directa. La apropiación de expresividades e imágenes, el uso de la alegoría o la recreación paródica de situaciones o acontecimientos, posibilitan el despliegue de modos alternos de ser y de aparecer, que le hablan directamente a nuestra sensibilidad de época.

Por ejemplo, en el parque San Pío de Bucaramanga, un grupo de activistas de la comunidad LGTBI (lesbianas, gays, bisexuales, transgeneristas e intersexuales) ofició un matrimonio simbólico entre una mujer y la escultura “Mujer en pie desnuda” de Fernando Botero. La novia, ataviada con traje y velo blanco llegó al lugar y fue entregada a la inmóvil pareja por un acompañante, mientras un pajecito regaba pétalos de rosas en el piso para animar la teatralidad y el ritual de la unión.

En el mismo sentido de la provocación, parejas de hombres y parejas de mujeres se besaron de manera apasionada en las afueras del Congreso, cubiertos por una inmensa bandera multicolor que, en su ondear, rozaba cientos de cuerpos confundidos en abrazos afectuosos y festivos. Esta explosión de colores, que simboliza la diversidad y el orgullo gay, inundó el espacio en forma de camisetas, gorros, pelucas, paraguas y simbologías, desparramadas en cuerpos que al exhibirse públicamente, encarnan el debate, resistiéndose a que un puñado de parlamentarios pusilánimes y retardatarios, legislen de espaldas a una realidad inobjetable, y a partir de argumentos que lesionan los postulados de una Constitución que avizoró, en el reconocimiento y defensa de los derechos y garantías individuales y colectivas, una de las condiciones prioritarias para materializar los fines de una sociedad comprometida con el destino común de sus ciudadanos.

El jueves pasado en la Plaza de Lourdes de Bogotá, el colectivo “Tomate el valor” instaló una gran valla diseñada para con los círculos de tiro al blanco y la imagen de dos de los principales opositores del matrimonio igualitario: el senador Roy Barreras y el procurador Alejandro Ordóñez. A su paso los transeúntes eran provocados por bolsas repletas de tomates maduros que, de manera espontánea lanzaban contra la valla, en un gesto de indignación y rechazo por las acciones que cada uno realizó para hundir el proyecto del matrimonio igualitario en el país.

A pesar de tantas voces, tantos gestos, tantas expresiones, el proyecto fue hundido por una pírrica mayoría, que se hace representar por voces como la del senador conservador Roberto Gerlein, quien con su estrecha comprensión del mundo en el que vive, solo atina a expresar frases insulsas que no hacen más que señalar el origen de sus prejuicios, sus temores y sus aberraciones.

Por fortuna, con sus expresiones muchos indignados han dado en el blanco, al reinventarse desde lo político, lo estético y lo discursivo, haciendo visible aquellos atavíos que nos negamos a reconocer y generando, de paso, pretextos para que desde muchas expresiones, podamos incluir estos debates en nuestras interacciones cotidianas, como contrapeso a la barbarie que alimentan las inequidades, pues no podemos permitir que personas como el senador Gerlein, sean los referentes de la educación política (y sexual) de nuestros hijos y de los ciudadanos de este país con quienes tenemos responsabilidades.
* Directora Maestría en Estética y Creación, Universidad Tecnológica de Pereira