Aquí se desvela el propósito último de estos relatos. Si la guerra es inútil solo nos queda el camino de la reconciliación. Por eso el subtítulo del  libro es a la vez invitación y promesa: Cuaderno de los encuentros.

 

Por Gustavo Colorado Grisales

La Puria, Las  Hermosas, El Arenillo, La Balsa,  Calamar, La Coca, Guaduas.

Pueden ser nombres para un recorrido turístico en estos tiempos de ocio domesticado.

Pero no. A poco que uno se  adentra en esa red de toponimias descubre la cartografía del horror sembrado en cada recodo del camino por los protagonistas de las más recientes guerras que han azotado a un país sangrante llamado Colombia.

Las guerras del narcotráfico. Las de la guerrilla. Las del paramilitarismo. Las del Estado.

Siendo exactos, la trocha empieza a tres horas al suroccidente de Medellín, en la salida de un pueblo llamado Ciudad Bolívar. Antes de este punto, la ruta  es una carretera sin huecos en el asfalto, señalizada con rigor gringo. Pero una vez se adentra en el Chocó, superadas unas últimas casas solitarias, el trazado y las señales  desaparecen súbitamente a cambio de saltos de asiento en continuas ondulaciones de barro y  grava. Esta frontera es el paso entre el departamento que más ha hecho por domeñar las extremas condiciones de su topografía -Antioquia-  y el departamento que padece uno de los más graves atrasos en infraestructura -Chocó-. En otras palabras  y sin haberlo visto en aviso  alguno, esta frontera puede leerse como un “Bienvenido al otro país”.

“Bienvenido al otro país”. Así nos advierte el escritor  Juan Miguel Álvarez en el segundo párrafo de la primera historia de su libro titulado Verde tierra calcinada. Cuaderno de los encuentros. Se trata de una serie de textos periodísticos publicados inicialmente en la revista Reconciliación y editados más tarde en forma de libro por Rey Naranjo Editores en 2018.

Álvarez y el fotógrafo Federico Ríos se hicieron al camino con un único propósito: tratar de comprender la dimensión personal y política de quienes habitaban -y habitan- los territorios devastados por la guerra.

Acostumbrados a hacer del oprobio y el despojo una forma de la estadística, los lectores de Verde tierra calcinada asistimos en cada una de sus 315 páginas al testimonio de quienes en distintos lugares de la  geografía nacional vieron un día cómo su trabajo y sus ilusiones de muchos años se desplomaban ante la  irrupción brutal de quienes, con distintas justificaciones pero con igual saña, se apropiaban de sus territorios.

No importa si se trataba de las Farc, del Eln, o del Ejército Guevarista del Pueblo.

Da igual si los crímenes los perpetraban las Autodefensas Unidas de Córdoba y Urabá o los paramilitares enseñoreados llano adentro.

Pero no es indiferente si los asesinatos eran cometidos por agentes del Estado y arropados tras el eufemismo de falsos positivos.

Porque se supone que, al menos en el papel, el Estado debe proteger la vida de sus ciudadanos.

Pero ya sabemos que la guerra prolongada tiene la capacidad de envilecerlo todo y a todos.

Por eso tanto el cronista como el fotógrafo están siempre atentos a no perder el sentido crítico a la  hora de contar lo que ven y escuchan.

Cualquier descuido y podrían caer en el adormecimiento propio del reportero al que lo más salvaje se le vuelve rutinario y  acaba viviendo en lo que Juan Miguel Álvarez llama  La burbuja, como decidió bautizar los retornos a su apartamento en Bogotá.

En mi apartamento en Bogotá, mi cuerpo dijo no más. Los arrestos de voluntad que me habían mantenido activo y lúcido en El Arenillo y en Tumaco se agotaron. Caí en cama y me entregué  a los temblores y al escalofrío. Tuve que haber dormido más de veinte horas porque al levantar los párpados iluminaba la misma luz de final de tarde que noté justo antes de haberlos cerrado”, leemos en la página 161.

Activo y lúcido. He ahí la condición para quien anhela comprender las raíces profundas de lo narrado.

Para eso, tiene que ponerles nombre y rostro a quienes, aparte de despojados, han sido condenados a ser  cifra.

Por eso, Juan Miguel Álvarez y Federico Ríos atravesaron montañas escarpadas a bordo de jeeps Willys o a lomo de bestias de carga, que en Colombia vienen a ser casi lo mismo.

En busca de voces que atestiguaran la valentía y la persistencia vadearon ríos caudalosos en los Llanos orientales.

En su peregrinación se toparon con indígenas, negros y mestizos que atienden a nombres como Lucenith, Fortunato, Omar, Ulises o el obispo Gustavo.

Y también hablaron con una mujer cuyo nombre parece más bien una invocación: Consuelo.

En Calamar, supieron del drama de Paulina Mahecha, la madre de María Cristina Cobo Mahecha, enfermera asesinada y descuartizada por paramilitares que la suponían cómplice de la guerrilla.

Esa es otra de las certezas que deja la lectura de Verde tierra calcinada:que vivimos en un país bajo sospecha. Siempre, y acaso sin saberlo, podemos ser amigos o conocidos de alguien que no conviene

Esa es una de las muchas cosas que no alcanzan a ver los habitantes de la burbuja, tan cómodos en sus centros comerciales: que la guerra no es una sucesión de imágenes fugaces en los noticieros de televisión.

Álvarez y Ríos escuchan y anotan. Escuchan y vuelven a anotar. Lo que registran es el rumor de las sangres que corren por todos los campos de Colombia. Sangre de mujeres, de hombres, de niños, de jóvenes, de ancianos.

De combatientes y de meros trabajadores del campo.

El testimonio de ese drama se lee tanto en el cuerpo y en el alma de las víctimas como en los repentinos cambios  del paisaje. En el renacer de esa tierra calcinada en la que el estruendo de la metralla no deja escuchar el canto de los pájaros ni los gritos de los moribundos.

Razones para que el escritor  mire de frente los muchos rostros de su país y nos suelte de golpe esta certeza: “Que si la lucha armada tuvo un tiempo, fue un tiempo efímero y evanescente”.

Aquí se desvela el propósito último de estos relatos. Si la guerra es inútil solo nos queda el camino de la reconciliación. Por eso el subtítulo del  libro es a la vez invitación y promesa: Cuaderno de los encuentros. Lo que se nos propone es una bitácora de viaje que nos permita entender nuestra historia reciente y por esa vía levantar puentes para tender una mano al adversario, no tanto como una concepción abstracta del perdón, sino como la única manera de seguir viviendo.

Como el único recurso para avivar el rescoldo de la esperanza.

Si todo periodismo es político, las historias que cruzan Verde tierra calcinada lo son en grado sumo.

No sólo por la dura realidad que desnudan, sino porque narrador y fotógrafo están todo el tiempo fijando su posición frente a las realidades de un país que casi siempre nos desborda.

Esa posición queda resumida en la pregunta formulada por Juan Miguel Álvarez en la página 254 del libro:

¿Qué fuerza inatajable logra convertir a un campesino de azadón en una pieza de guerra y en una máquina de matar?

Si el libro de  Álvarez y Ríos nos ayuda a entender algunas claves de nuestra tragedia colectiva, a lo mejor esa fuerza deja de ser inatajable.

“Las aguas de Nimrim serán consumidas y se secará la hierba, se marchitarán los retoños. Todo verdor perecerá”, leemos en Isaías 15:6.

A lo mejor les asiste razón a quienes aseguran que nuestras guerras ilustran a la perfección los múltiples rostros del Apocalipsis.

Pero aún el peor de los apocalipsis deja filtrar un hilo de luz.

La lectura de Verde tierra calcinada. Cuaderno de los encuentros, puede ser una buena manera de seguir los destellos de esa luz.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada