Todos contra Casanova

Pero a esta altura del camino sería saludable eludir el escándalo y centrar la discusión en las prácticas y roles creados por hombres y mujeres para acceder al disfrute de su sexualidad a través de los tiempos. No todas son víctimas y no todos son acosadores. Por el camino del medio fluyen viejas pulsiones que gravitan entre lo animal y lo cultural. Entre los instintos y las convenciones.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

El asunto fue así: caminaba con mi amigo Alfredo por una calle céntrica una de esas apacibles tardes decembrinas en las que los afanes del mundo entran en suspensión.

Al cruzar la esquina aconteció el milagro: ante  nosotros pasó una de esas bellezas terrenales capaces de llevar al más sensato de los varones hacia el despeñadero.

¡Mira qué belleza de  vieja!, le dije, mientras nuestros ojos se deslizaban por un abismo que nacía en el escote de una blusa amarilla y se remontaba milenios atrás, hacia los conocidos meandros instintivos de la especie.

 “Cuidado, hermano. Solo  por esa frase te pueden acusar de  acoso sexual”, me reconvino Alfredo, ya repuesto de la impresión.

No es posible, repliqué, que de una mujer que está buena no se pueda decir que lo está.

“Pues mucho cuidado”,  insistió  el hombre, con una vehemencia que me provocó alarma.

Al fin y al cabo la admonición salía de los labios de un viejo zorro en las lides de la seducción.

Además, en mis tiempos de cazador furtivo era moneda corriente entre los hombres hacerle sentir al objeto del deseo que estaba en su esfera de intereses.

O viceversa: las mujeres también lo hacían.

Cambio de luces, se llama el truco.

Que yo recuerde, ninguna dama entraba en crisis por eso. Algunas se sentían halagadas. Otras se sonrojaban, lo que en sí mismo representaba una buena señal.

Unas cuantas se indignaban y mandaban al cortejante al carajo, pero eso formaba parte de del viejo y conocido juego de la seducción.

Tan viejo, que si nos atenemos a las crónicas del Antiguo Testamento, en el Paraíso terrenal lo practicaron con deleite el padre Adán y una diablesa llamada Lilith.

Pero volvamos a estos tiempos ubicados tan lejos del paraíso.

Sucede que no estoy en redes sociales, no veo televisión y solo escucho noticias una vez al día, por si en una de esas nos toca mudarnos de planeta.

Por eso me entero tarde de los escándalos que, como una droga letal, cruzan la tierra en todas las direcciones y convierten en adictos  a casi todos sus habitantes.

Un par de semanas atrás mi amiga Martha Alzate me puso al día: lo del llamado acoso sexual se convirtió en una cruzada que amenaza incluso con exhumar al mismísimo Giacomo Casanova para que  pague por sus crímenes. Nada graves en realidad: al hombre se le acusó de seducir a unas cuantas decenas de damas, señoras, señoritas y religiosas gozosas de entrar en el juego.

El mismo juego al que hemos sido proclives los mortales desde que tenemos memoria.

Es más: es el juego que garantiza nuestra supervivencia como especie, si lo vemos con talante práctico.

Todos los seres vivos están familiarizados con él: las aves despliegan su plumaje, algunos mamíferos secretan almizcle y las flores exhiben lo mejor de su colorido para atraer a los insectos.

Las reglas son simples: “Unos proponen y otros disponen”, según reza una antigua frase moralista, acuñada para prevenir a las muchachas casaderas sobre los peligros que corrían si atendían a las asechanzas del lobo al cruzar el bosque.

Se trata pues de un principio de acuerdo.

Pero hay algo más: se supone que en los años sesenta del siglo anterior hubo una revolución sexual que nos liberó de muchas prendas y de paso nos despojó de bastantes taras.

A juzgar por lo que cuentan, todo eso resultó ilusión.

Tanto, que al escritor Antonio Caballero lo lincharon en las redes sociales por ponerle humor negro al asunto. El mismo humor que es la esencia de su estilo. La cosa  adquirió  tal cariz que el columnista salió a explicar lo obvio: en cualquiera de los casos el llamado acoso sexual es mucho menos grave que un genocidio.

Y, sin embargo, esta última tragedia no desata indignación en las redes sociales ni marchas de protesta por el destino de las víctimas.

¿Cómo se explica eso?

Bueno, son varias las circunstancias que convergen.

La primera de ellas se deriva del lenguaje hipócrita de la corrección política, que se niega a llamar las cosas por el nombre para no ofender a nadie y, de paso, tranquilizar la conciencia.

La segunda pasa por la recurrente apelación a la condición de víctima, con el propósito de eludir las consecuencias derivadas de las propias decisiones.

Y  la tercera pero no menos importante: el papel de las  redes sociales como tierra de nadie donde todo el mundo le da rienda suelta a sus histerias, sin  fijarse en gastar argumentos, por elementales que estos puedan ser.

De modo que si vamos hablar de acoso sexual tendremos que definir qué es acoso y qué es sexo.

Para empezar, entre el sexo y el poder existe un viejo contubernio al que se le puede seguir la pista en la tradición oral y escrita de todas las culturas. Al constituir en sí mismo un poder, el sexo deviene protagonista de un intercambio en el que suele haber daños colaterales de ambos lados, como bien lo atestiguan los cancioneros en todos los idiomas.

No por casualidad una actriz tan brillante como Catherine Deneuve, un símbolo del cine durante la segunda mitad del siglo XX, suscribió una declaración pública en la que advierte sobre los riesgos de la cacería de brujas desatada por las denuncias de actrices exitosas sobre los supuestos acosos a los que fueron sometidas décadas atrás y solo los denunciaron ahora.

Mejor dicho: cuando le sacaron provecho ni era acoso ni fueron víctimas.

Es bien sabido que en la industria del espectáculo muchas mujeres utilizan sus atributos sexuales para abrirse camino en un mundo casi siempre dominado por hombres.

Lo mismo sucede en otros campos de la vida económica y social: en las empresas, en la academia y en la iglesia la oferta sexual suele funcionar como moneda de uso a la hora de las promociones y los ascensos.

Y eso es más frecuente de lo que los censores están dispuestos a aceptar.

Estamos entonces frente a un complejo entramado.

¿En qué momento una persona se convierte en víctima? ¿Quién define la frontera entre seducción y acoso? ¿De qué claves -diferentes del moralismo y la paranoia- se sirven los inquisidores?

Por supuesto, no hablo aquí del abuso sexual, que es un delito grave y no admite indulgencia.

Tampoco del abierto chantaje ejercido por quien detenta el poder.

Pero a esta altura del camino sería saludable eludir el escándalo y centrar la discusión en las prácticas y roles creados por hombres y mujeres para acceder al disfrute de su sexualidad a través de los tiempos.

No todas son víctimas y no todos son acosadores. Por el camino del medio fluyen viejas pulsiones que gravitan entre lo animal y lo cultural. Entre los instintos y las convenciones.

Propongo entonces que dejemos la histeria y empecemos a razonar.

A ver si podemos volver a seducirnos sin miedo a ser arrojados a la hoguera.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada