De todas maneras, citar el número de personas que allí fueron desaparecidas sería, simplemente, abstraer la realidad. El dolor, en este caso, es otro: la ausencia que desde entonces se encuentra acendrada en la memoria de sus seres queridos. Las lágrimas, las veladoras, las madres protestando.

 

Jhonattan Arredondo GriPor: Jhonattan Arredondo Grisales

La noche anterior sintió una fuerte opresión en el pecho que la obligó a detenerse unos segundos antes de llegar. Lo primero que pensó fue en su madre, quien, dos años atrás, había fallecido por problemas en el corazón. Sin embargo, nunca imaginó que dicha opresión se debía más a un mensaje sobrenatural que a cualquier cosa que tuviera que ver con una simple molestia de salud.

Esa noche, a pesar de todo, no habló con nadie sobre el inesperado incidente. Ni siquiera le contó a su hijo, quien, al abrir la puerta, le preguntó por qué se encontraba tan pálida. Ella recuerda que solo pudo guardar silencio. Tal vez presentía que algo malo estaba a punto de suceder.

Ella es una de las mujeres que atesora en el devocionario la fotografía de uno de sus hijos. Por lo general, jóvenes a los que agentes de este o aquel grupo, dejaron en un territorio abandonado que todavía se conoce como “La Escombrera”, en la periferia de Medellín.

De todas maneras, citar el número de personas que allí fueron desaparecidas sería, simplemente, abstraer la realidad. El dolor, en este caso, es otro: la ausencia que desde entonces se encuentra acendrada en la memoria de sus seres queridos. Las lágrimas, las veladoras, las madres protestando. El cuarto donde dormía. Los abrazos, los besos, las promesas. Los viajes con los que siempre soñaron. La vida. Y todos, todas, esperan. ¿Qué esperan? Esperan que un día, algún día, por fin, vuelvan con ellos.

Entonces, mientras escribo estas líneas, recuerdo los versos de un deslumbrante poema de Oscar Hahn: “Curiosa es la persistencia del hueso/su obstinación en luchar contra el polvo/su resistencia a convertirse en ceniza/La carne es pusilánime/Recurre al bisturí a ungüentos y a otras máscaras/que tan sólo maquillan el rostro de la muerte/Tarde o temprano será polvo la carne/castillo de cenizas barridas por el viento/Un día la picota que excava la tierra/choca con algo duro: no es roca ni diamante/es una tibia un fémur unas cuantas costillas/una mandíbula que alguna vez habló/y ahora vuelve a hablar/Todos los huesos hablan penan acusan/alzan torres contra el olvido/trincheras de blancura que brilla en la noche/El hueso es un héroe de la resistencia”.

El poema se llama “Hueso”. El hueso que representa, simbólicamente, la presencia de todos los nombres, rostros o siluetas que se encuentran en algún lugar del mundo. El hueso —los huesos— que también nos espera.