Del otro lado de la malla, los soldaditos negros de movilidad precaria, apuntan bien el arma que dispara a la vez en distintas direcciones. La tanqueta riega el césped y apaga el fuego.

 

Giussepe Ramirez (col)Por Giussepe Ramírez

No se puede negar que se siente adrenalina cuando se escuchan explosiones y se está a salvo al mismo tiempo. Sobre todo cuando uno es un crío recién salido de la escuela. Desde la noche anterior se escucha el ensayo de la potencia destructora de las papas explosivas. Son lanzadas contra los muros y contra el piso. De un lugar que nunca he descubierto empiezan a salir encapuchados, gritando consignas y entregando panfletos. Para muchos de ellos la iniciación es un discurso demagógico dado al calor de la batalla a un auditorio de excitados y curiosos.

El recorrido es casi siempre el mismo. La plazoleta, la biblioteca, la cafetería. Gente sin capucha, estudiantes, los sigue como corderos. Después se lanzan a la calle a detener el tráfico. El estrépito de las detonaciones se detiene por un instante mientras llega la policía. Si tardan mucho reinician el escándalo. Necesitan que sus enemigos los escuchen. ¡Sino para qué más se hace eso! Remontando la avenida aparece la tanqueta, secundada por un escuadrón de soldaditos con armaduras negras. Es ahí cuando inicia el juego. ¿Qué pasaría si no llegan? Corren a esconderse en la autonomía universitaria. Organizan a la gente y gritan groserías. Son niños con los rostros cubiertos jugando a la guerra.

Entonces, como en una exhibición aérea, varias estelas de humo blanco (ahora le han puesto colores para hacer más bello el espectáculo) surcan el aire, y luego se escucha un golpe metálico en el pavimento, y los civiles miran al cielo y se tapan la cara, y huyen para no ser alcanzados por los gases. Aplauden si una de las bombas pasa cerca del enemigo. Celebran si una molotov prende fuego a la tanqueta, como si fuera un truco de circo. Es la adrenalina.

Del otro lado de la malla, los soldaditos negros de movilidad precaria, apuntan bien el arma que dispara a la vez en distintas direcciones. La tanqueta riega el césped y apaga el fuego. A veces tiran bombas dizque para aturdir a los indisciplinados niños.  

Alguno de los niños se envalentona demasiado y se pone frente a la tanqueta. Lanza la “molocho” y a veces se prende fuego él mismo. Los avatares de la guerra. Unos caen desmayados por el sopor del lacrimógeno. Otros pierden alguna extremidad por el manejo torpe de las bombas. El sacrificio.

Los civiles muy excitados se acercan más de lo que deben al fragor de la batalla. De pronto sienten un golpe seco en los pulmones y quieren desplomarse. Unos escarmientan. Otros esperan la próxima pedrea.

A la mañana siguiente el aire aún está plagado de pólvora y de gases. Algunos vidrios rotos. Algún herido o algún muerto. Fue la guerra de los niños con la cara cubierta, contra los soldaditos de movilidad precaria y armadura negra. Es la adrenalina. Y la revolución jamás se hace.

Sabiamente Kurt Vonnegut, el hombre que sobrevivió a un ataque aéreo de su ejército por estar preso en un frigorífico para reses, lo dijo: «la guerra siempre fue un juego de niños, no de hombres valientes y de héroes». Pero en la universidad siempre habrá niños queriendo ser héroes y jugar a la guerra. Es la adrenalina.