…Por el otro lado, tenemos a los omnipresentes indigenistas, que vieron en la propuesta de Guerra una oda a ese terrible Occidente, “una película muy para blancos”, dijo uno de esos personajes que ven vestigios de colonialismo hasta en la sopa…

EDWIN HURTADO (DES)Por  Edwin Alejandro Hurtado: Hace un par de semanas, y tras una larga expectativa, se estrenó en Colombia luego de su paso por Cannes el tercer largometraje del joven cineasta Ciro Guerra: El abrazo de la serpiente. El filme cuenta, con algunas variaciones, las andanzas de dos científicos por la región amazónica: el etnógrafo alemán Theodor Koch-Grünberg que recorrería la región a finales del siglo XIX  e inicios del XX y el botánico estadounidense Richard Evans Schultes, enviado por su país en busca de mejores cepas de caucho tras la entrada de estos en la Segunda Guerra Mundial.
Las salas estaban inusualmente llenas para una producción colombiana, y las expectativas se cumplieron, a la mayoría de los espectadores les fascinó y a pesar de que ya han sido publicadas varias críticas negativas, incluso esos críticos recononocieron en el trabajo dirigido por Guerra algunas virtudes. En términos generales, podríamos dividir estas críticas, como lo hizo Héctor Abad Faciolince, en aspectos estéticos (imagen, actuación, sonido) y aspectos ideológicos (diálogo y fricción intercultural).
En cuanto a los aspectos estéticos hay un consenso relativo: las imágenes son impactantes, atrapan, envuelven, excitan nuestros sentidos e ideas. El blanco y negro, a pesar de que los amantes del verde hayamos extrañado el color, despertó en todos una imagen positiva. El sonido también fue elogiado, desde el sonido ambiental producido por el río y otros elementos, hasta el uso intermitente de muchas lenguas, entre indígenas y no indígenas. Sin embargo, hubo algunas críticas al respecto: algunas traducciones imprecisas, la ausencia de la lingua geral, entre otras. Además, muchos estamos de acuerdo en que una de las escenas finales, en la que que Evans prueba el caapi preparado con la yacruna, era innecesaria y se nota forzada, no solo por estar en color y desentonar con el resto del filme, sino también porque en realidad, según cuenta Wade Davis en su magnífico libro El río, Richard Evan Schultes nunca sintió tan fuerte los efectos del caapi (la Banisteriopsis caapi y la Psychotrya viridis son dos de las plantas usadas en la preparación de la ayahuasca).
En cuánto a las críticas ideológicas, hay dos vertientes principales, que básicamente se dividen de acuerdo a sus visiones sobre la relación entre los grupos indígenas y los demás humanos, que algunos insisten en llamar, incluso con un injusto y anacrónico tono despectivo, “occidentales”. Quiero enfatizar aquí mi desacuerdo con ambas vertientes, y resaltar que en esta como en muchas otras discusiones hay un amplio espectro de opiniones y visiones del mundo. Por un lado, entonces, tenemos a los que vieron la película como una oda indigenista, en la que los indígenas, aunque ya esté negado su rol como buenos salvajes por la antropología de las últimas décadas, son superiores a los presuntos terribles y omnidestructores blancos, aquellos occidentales “hijos del viento”, sin arraigo, pintados por algunos indigenistas sin matices como un grupo humano monolítico e inmoral. Por el otro lado, tenemos a los omnipresentes indigenistas, que vieron en la propuesta de Guerra una oda a ese terrible Occidente, “una película muy para blancos”, dijo uno de esos personajes que ven vestigios de colonialismo hasta en la sopa.
Creo que ambas críticas son equivocadas, ya que parten, según mi opinión, de lecturas erróneas de algunos apartes de la historia. Quiero empezar con la columna de Héctor Abad, que dice estar en desacuerdo con la ideología del filme al interpretarlo como indigenista, ya que en él, según Abad “El supuesto hombre blanco iluminado va a observar a los “salvajes” y de repente ve en ellos todas las virtudes, el depósito de toda la sabiduría ancestral, el receptáculo de la bondad, el equilibro y la ecología”. A pesar de que en la trama hay varios apartes que hacen pensar esto, hay otros que se desligan de esta ideología. Sigue siendo un lugar común pensar esta discusión en términos de buenos y malos, así, para algunos, todos los “occidentales” somos malos mientras que todos los indígenas son buenos, en una reducción que no resiste ningún análisis.
 Sin embargo, creo que la película tiene como una de sus virtudes desterrar un poco de nuestras mentes estas típicas interpretaciones. En este orden de ideas, hay dos pasajes reveladores: en el primero, después de que un grupo de indígenas con los que habían pasado la noche no le devuelven la brújula a Von Martiuz, y ante el reclamo de este, Karamakate le dice que no puede impedir que ellos aprendan, que “el conocimiento es para todos”, es decir, que tanto los saberes producidos por los grupos indígenas a lo largo y ancho del globo, como los producidos por esos supuestamente temibles “occidentales”, son valiosos y respetables, dignos de análisis y comprensión, y que podemos (y debemos, añado yo) compartirlo y debatirlo en lugar de enfrascarnos en fútiles peleas que pretenden muchas veces realzar uno de los lados del espectro mientras desprecian por completo el otro. Lo que debería ser una obviedad: que el conocimiento no vale por su origen espacial o temporal, ha llevado a muchos, por sus afanes ideológicos, a condenar lo incondenable y a defender lo indefendible. Además, hay otro pasaje clave que refuta la visión de Abad sobre la película (no la visión sobre el tema, la cual comparto, es decir que no hay grupos humanos superiores a otros per se): en su regreso a la Chorrera al encontrar al brasileño que se cree  El Mesías y a los indígenas que lo siguen como si lo fuera, Karamakate pronuncia: “aquí está lo peor de los dos mundos”, lo que implica que ambos mundos: el indígena y el no indígena, tienen cosas buenas y malas, son imperfectos y lo seguirán siendo, a pesar de que algunos insistan, con su defensa a ultranza de la identidad, en tratar de elevar a unos al pináculo de la inteligencia y la ética mientras destierran a los otros al nivel más bajo que hayan inventado.
Por el otro lado, no escampa, algunos críticos han fustigado a Guerra, por ejemplo, porque los indígenas que aparecen en la película son condescendientes con los “blancos” y han insinuado que no son “verdaderos indios”. Al parecer, según algunos de estos genios, los únicos indios verdaderos son los que rechazan con violencia y arrogancia cualquier intento de comunicación, de diálogo, de entendimiento. Incluso, una de las comentaristas, la misma que señaló que es una película “muy para blancos”, escribió en un comentario que los “occidentales”, esos depositarios del mal, no están “preparados” para ejercer un diálogo con las culturas amazónicas. Esto es indigenismo puro y duro, ubicar un conjunto de grupos humanos como superior, como lejano, sin un atisbo de rigor antropológico. A pesar de ser la señalada una experta en lenguas indígenas, es evidente para muchos de nosotros que hay entre ellos muchos personajes que aún se tragan entero diferentes versiones del buensalvajismo y del antioccidentalismo acrítico.
Me rehúso a ubicarme en una de estas orillas, ya que veo  en la película y en la experiencia de etnógrafos y antropólogos como Koch-Grünberg, Schultes, Davis, Plowman, Diamond, Harris y muchos otros, el camino a seguir: el del diálogo, el del mutuo entendimiento, que nos permita compartir y debatir lo que los diferentes grupos humanos e individuos hemos aprendido a lo largo de nuestras historias individuales y colectivas. Todos, absolutamente todos, podemos sentirnos abrazados por la serpiente. Todos, absolutamente todos, tenemos mucho por aprender y desaprender.