Una cierta condición de olvido (II)

Y no manifiesto estas diferencias porque  existiera un tipo de discordia entre ellos; por el contrario, tenían un respeto inmenso el uno por el otro. Eduardo deseaba que existieran más “Piazzollas” y Ástor que hubieran más “Roviras”

CAMILO PELAEZPor: Camilo Peláez.

Reflexionar sobre los artistas que han sido olvidados comercialmente resulta un poco difícil por el escaso material que se encuentra sobre ellos. No obstante, el artista que expondré en este artículo contó con la suerte de vivir bajo la sombra de otro muy reconocido: Ástor Piazzolla. ¿Por qué digo que contó con la suerte? Ocurre que aquéllos que viven bajo la sombra de los “grandes”, se les menciona bastante como su antítesis; ese es el caso de un gran bandoneonista llamado Eduardo Óscar Rovira -que a la par de Piazzolla-, trató de romper con el esquema tradicional del tango.

Lo que diferencia a uno del otro, es que Ástor fue alguien más “irreverente” con respecto al tango tradicional, y Rovira respetaba toda práctica, sin decir que la compartía.
También influyó la tradición de música culta de la cual bebió cada uno. Piazzolla tenía una influencia más moderna -aunque conocía también la antigua-, y Eduardo era más romántico, menos moderno que Ástor. Pero ambos perseguían un mismo objetivo: hacer que el tango saliera del arrabal y se situara en los teatros como un música más elaborada, como una música culta (lo cual lograron).

Ahora bien, centrémonos en nuestro artista -aunque quizá vuelva a traer a Piazzolla como esa luz potente, para poder sustentar la sombra de Rovira-. Puedo decir que él fue un anónimo durante toda su existencia. Pasaba de orquesta en orquesta sin pena ni gloria. Y esto no ocurrió por ser un mal músico, sino por las ideas renovadoras que tenía con respecto al tango. Su genialidad lo condenó a ser independiente y a separarse de cualquier forma de tradición. Organizó un trío llamado “Tango moderno”. Con este grupo compuso verdaderas obras que formaban una amalgama entre el tango -como música popular, como arrabal-, y la música culta.

Muestra de eso es su canción Solo en la multitud. Comienza con un leve punteo de guitarra (muy popular en las primeras canciones del tango), y de fondo, con  gran fuerza suena un contrabajo que lleva el compás. La canción continúa, en el segundo veinte el oboe suena con gran delicadeza, casi sin advertir su presencia. Y el bandoneón parece meterse entre las notas del oboe hasta sonar al unísono con todos los instrumentos. En esta canción no hay sonidos bruscos; hay armonía, hay composición. Y lo más importante, hay una rigurosidad musical digna de un genio como Rovira…

Otra canción que da muestra de su manejo musical es Sonata baja. Gran parte de la canción parece una pieza de música clásica, pero en los últimos cincuenta segundos hay una expresión de tango en todo el sentido de la palabra; los violines dejan de marcar el compás y el bandoneón entra en escena para imponer su autoridad. Jugadas musicales de ese nivel son las que se pueden apreciar con Eduardo Rovira.

Y Quizás se preguntarán -al igual que yo-, ¿por qué si es tan bueno, no es tan reconocido? La respuesta no la tengo. No obstante, hay algo que sí puede dar luces del motivo. Rovira era alguien bastante nostálgico y humilde, una combinación fatal cuando se quiere renovar un género musical que llevaba más de noventa años de vigencia. No tenía -a diferencia de Ástor-, una actitud imponente, soberbia; que hiciera creer a la gente que lo que hacía era lo correcto. Y no manifiesto estas diferencias porque  existiera un tipo de discordia entre ellos; por el contrario, tenían un respeto inmenso el uno por el otro. Eduardo deseaba que existieran más “Piazzollas” y Ástor que hubieran más “Roviras” para que hubiese más competencia. Y son de ése tipo de “azares” que aún no me he podido explicar. Los dos fueron genios, pero uno nació con luz propia y el otro para vivir bajo su sombra.

Eduardo Óscar Rovira murió un tarde de invierno en Buenos Aires, a pocos pasos de su casa. Yacía en el pavimento producto de un paro cardíaco. ¿Y su música? Quizás yazca igual que él, pero no el suelo, sino en la memoria de quienes la escuchamos; algunos ya fallecidos, otros yendo hacia ése camino.

(continuará…)