GUSTAVO COLORADO IZQ

Si la temprana lucidez proviene de la sobriedad  o la ebriedad nadie podría afirmarlo con certeza, después de todo, ningún hombre en sus cabales sabe sí está vivo  o muerto.

 

 

 

Por Gustavo Colorado Grisales

Vamos por nuestro cuerpo como quien conduce una nave al garete en un laberinto que somos nosotros mismos. Afuera palpita el mundo, sordo y mudo hasta que una palabra -un signo- da cuenta de quienes lo habitan: hombres, piedras, bestias.

En las grandes tradiciones el poeta ha sido el encargado de decir la primera palabra, de lanzar la  señal para iniciar- reiniciar- el diálogo perdido entre el mundo y sus criaturas. Esa fue su tarea desde el comienzo de los tiempos, pero, con bastante frecuencia, el encargado de mantener vivo ese fuego olvida que la poesía es un medio, no un fin, y se pierde en  la contemplación de sus propias destrezas: como Narciso  asediado por los resplandores de su  belleza. Y justo en ese momento el poeta sabe que es hora de lanzarse a las calles para recuperar, entre el vocinglerío,  la exacta dosis de silencio que le da sentido al poema. La poesía deviene así en artificio de joyero.

Un buen cronista, como lo es Gustavo Acosta, tiene oído de músico callejero y emprende la tarea como mandan los cánones: sin prisa pero sin pausa. El resultado fue un breve poemario de setenta y cuatro páginas, titulado  Los vasos silbantes, en el que, entre otras cosas, se ocupa de tres asuntos: lo frágil, lo blando y la extrañeza.

Somos pájaros de cristal que aletean entre las rocas de un acantilado. De esa experiencia  surge la  noción de extrañeza: podemos desintegrarnos al menor descuido. Condición  que nos hace osados: si de todas maneras hemos de hacernos añicos, bien vale la pena emprender el vuelo. Y por eso mismo se lee en uno de sus versos: “Los huesos de un solitario deberían/ser enterrados en el sitio de sus angustias. /A qué agravar la maldición trasladándolo” . Si un hombre asumió su condición de expatriado, es decir, de algo frágil, blando y extraño, deberá aceptar su destino hasta el final.

A su vez esa misma condición de blandura, fragilidad y extrañeza nos hace fuertes, pues no queda otra salida si decidimos hacernos al camino. Un camino que es más acertijo que promesa: “Nos cuidaban pájaros desconocidos/ y a la vez millardos de ojos salvajes nos escrutaron/, nos olían desde lejos  las bestias hambrientas, nunca vuelta atrás/ queriendo persistir en el ser circular/ en un regreso disfrazado de circunvalación”.

Vamos dando vueltas mientras creemos avanzar. No hay conjuro posible frente a la incesante repetición… salvo la plegaria o el poema. De espaldas a los dioses, el autor de Los vasos silbantes solo puede apelar al conjuro, acaso inútil, mientras recita en un poema titulado Cero: “La magia rompe el muro/entre lo que no es y lo que  parece”. Como si intuyera que después de  la magia está la nada; y esta última precede y sucede al devenir, es la suma de peripecias instalada entre el nacimiento y la muerte. Entre una luna y la siguiente, en ese intervalo, se vive  y escribe  la historia de toda criatura y de toda aventura  bajo el sol.

“Almas despiertas que duermen/con la ventana abierta/ almas insomnes que caminan/por los bordes de las mañanas ocres/ almas sobrias almas ebrias”,  nos dice otro poema, titulado  5:50 a.m. Hora fronteriza cuando todavía  no sabemos  si estamos dormidos  o despiertos. Si la temprana lucidez proviene de la sobriedad  o la ebriedad nadie podría afirmarlo con certeza, después de todo, ningún hombre en sus cabales sabe sí está vivo  o muerto; así de inmensa es su fragilidad, su blandura, su extrañeza.

Si  Italo Calvino intuyó que dos de los sinos de estos  tiempos serían la brevedad y la levedad, podemos afirmar que a través de este libro de poemas, Gustavo Acosta se  hace uno con el espíritu de la época. Intensos y breves, sus versos nos conectan con la enorme soledad de nuestros días,  y por eso mismo con la promesa de comunión que de allí se deriva.