Quienes dominan el arte de capturar la luz serán siempre eternos. Recuerdo que en 1997 pude matricularme como estudiante de pregrado en la Licenciatura en Español y comunicación audiovisual; aquellos que conformamos el grupo de personas, proveníamos de barrios de la ciudad, de sectores humildes y grises, como suelen llamar. Veinte años después, todos ellos son profesionales, y en su mayoría comparten la vocación docente en la universidad Tecnológica de Pereira. Uno de ellos es René Ramírez Castrillón, fue por varios años, el profesor de Fotografía, quien acercaba al lenguaje de la luz, de las sombras y toda esa serie de posibilidades comunicativas de la imagen. No contento con ello, ofreció asignaturas de Diseño, compartió cursos de extensión, de Teorías de la imagen e ideó una cátedra que debería llevar su nombre: Narrativas mediáticas.

Por: John Harold Giraldo Herrera*

Dicen los estudiantes y allegados que se fue a tomarle fotos a las estrellas, ya que se encuentra más cerca de ellas. Desde que compartimos en pregrado una novela que leyéramos en Literatura colombiana, Del amor y otros demonios, de quien en este momento cumpliría 91 años, nos puso a discutir sobre un muerto insepulto. Esa idea, que como el amor, y que como muchas situaciones que sorteamos en la novela de Gabo, nos fascinó y nos llevó a mitos griegos y a esa necesaria participación de los seres en el debate, en la interacción. René fue como esa mujer que aún en ausencia le seguían creciendo los cabellos, ahora, es una bella luz insepulta.

Desde que te conocimos andabas con la caja de luz; eras llamado para que los eventos sociales, los festejos, las reuniones familiares, tuvieran una perpetuación en el tiempo, y en cada foto, no sólo dejabas que los otros estuvieran retenidos, sino que tu mismo pudiste quedarte en ellos y en cada uno de nosotros. Fuiste un señor, un caballero, si a estas dos palabras las reconocemos en el contexto de una persona con capacidad para ser amable, respetar las opiniones de los demás, pero con templanza para abrazar sus ideas y defenderlas. El caso es que tu innata extensión del ojo, si acudimos a McLuhan, o tu proyección de la vista, si pensamos en Argüello, hizo de la luz un encanto y una fabulación. Tu luz no era sólo de la cámara y del dominio de un lenguaje, también estuvo presente en los actos de tu existencia. Tu lente llevó a que cientos de fotos sean la imagen de la Universidad, donde crecimos, debatimos y nos hemos venido forjando.

Eras de los profesores que no se encerraba solo en las aulas, aunque estas puedan ser consideradas como un libro: si lo dejas cerrado, no podrás aventurarte en el conocimiento; también contabas con el pensamiento de hacer salidas, de concretar foros, de desarrollar iniciativas, y destinos como Bogotá, Medellín y el Cauca, más muchos sitios en el eje cafetero dieron posibilidades a los estudiantes a ampliar su baúl de la memoria, por contar con una serie de recuerdos que nunca olvidarán. Junto a la cultura Misak, disparabas con tal emoción que muchas de esas fotos encerraban el misterio de una cultura ancestral, y a la vez, un amor por los demás que cuando volvíamos a ese momento dejado por tu luz, lo que nos llegaba era una potencial emoción.

Vivimos varias tertulias, y hasta hiciste parte de un grupo de estudiantes que algún día fundamos, pero que por su propia naturaleza no prosperó: Los Precarios (allí estuvieron Geovanny, Paula, Daniel, Fabian Andrés y otros), era un aula extendida, porque luego de leer una y hasta dos novelas semanales con los profes de Literatura: Arbey, Rigo, César, Verón, continuábamos con la palabra, ya fuera en medio del vino, invocando a Baco o Dionisos, y teníamos esa potestad de crear, aunque fuera una pieza para radio o un audiovisual. En las clases, como estudiante, siempre nos sorprendías, por la claridad de tus exposiciones y por el compromiso de desarrollar un tema. Oliverio Toscanni fue uno de los tantos autores, que tratáramos en asignaturas con la profesora Luz Marina Restrepo, y no le decíamos Adiós a la publicidad, como lo hiciera el autor, sino que le dábamos la bienvenida, para postular una nueva discusión sobre cómo y qué debíamos expresar.

William Marin, profesor de Literatura, no dejó de recordar el momento del año pasado, cuando René le entregó a su esposa Natalia Rendón el diploma de la licenciatura en Artes visuales; el auditorio no sólo vibró con un hecho tan emocionante, sino que quedó en el recuerdo, pues la alegría de las relaciones positivas de los otros, siempre deben generarnos emoción a nosotros mismos.

William Trejos, con su particular forma de narrar, cuando estudiábamos, convocó a René para hacer las postales de un grado de ingeniero Mecánico, y era una fiesta sorpresa. Resulta que era época de cámaras con rollos, de apenas 24 fotografías, cuando llegaron los mariachis la gente se encontraba efusiva, además René se había tomado unos tragos inducido por su amigo, y disparó sin medir, entonces ya no había cómo, William le dijo: “hermano no haga sino tirar flash”. A los días, en medio de la pena, apenas tres fotos quedaron, entonces, no hubo otra que decir, que las demás se velaron. Y así nos dejas, un tanto trizados, porque tu partida, inesperada y sorpresiva, fue tan rápida, que no nos ha dado lugar a reaccionar. Sin embargo, cuando se comparte la existencia sin recatos y desprevenidos, lo que queda son momentos memorables.

En fin, dejaste muchos legados, tantas bodas, tantos cumpleaños, tantas celebraciones que llevan tu marca, tu sello, al tiempo, tantos semestres en los que temas como el cine, la cultura, la comunicación, la obsesión por las narrativas, permitieron que los estudiantes crearan, o fueran hoy también fotógrafos. Tuviste de aliado a Rodrigo Grajales, y tal amigo no hizo que tuvieras una competencia, sino un alguien con quien compartir y aprender y esa sabia manera de encontrarse con los colegas es algo que también deberíamos aprender: el conocimiento no es para competir, sino para compartirlo.

El compañero Leandro Arbey Giraldo hizo un honor en tu nombre en el funeral, leyendo tres poemas, de uno de nuestros maestros de pregrado, Nelson Goyes Ortega, Mientras vivamos: “Mientras vivamos blindemos el corazón de todo virus estrujante, seamos autónomos, pero flexibles en los días y en las noches. Ante las flaquezas del espíritu opongamos la inteligencia, el amor expansivo, desde el fondo, para todos y todas…”. En esas metáforas también te encontramos, y cada vez que la luz se manifieste, encontraremos estelas de tu ser.

*Docente Universidad Tecnológica de Pereira