Una paradoja inexistente

No, las mujeres no pedimos ni buscamos ser clones de los hombres, pedimos y buscamos la igualdad de oportunidades, el derrumbe de todas las restricciones que la sociedad nos pone por el hecho de poseer una vagina.

 

Por: Gloria Inés Escobar

Hace poco leí un texto que un buen amigo me compartió: La paradoja sexual, una reseña del libro del mismo nombre escrito por Susan Pinker, una psicóloga canadiense. La reseña la hace el psiquiatra Pablo Malo.

De acuerdo a Malo, “la tesis central del libro es que, según el feminismo, el hombre es el estándar y la mujer es una variación de ese modelo con añadidos por aquí y por allá” y la paradoja es “que, aunque se están eliminando las barreras, las mujeres (las que tienen más talento y libertad de elección) no están eligiendo lo mismo que los hombres y no se están comportando como clones de los hombres”.

Pues bien, en realidad esta paradoja es inexistente por varias razones. La primera de ellas es que se asienta sobre un presupuesto equívoco. El feminismo no es un movimiento unificado, al contrario, dentro de él se arropan posiciones muy diversas en torno al camino para lograr la emancipación de la mujer, por lo tanto es un error, o por lo menos una imprecisión, hablar de feminismo sin especificar desde cuál de ellos se está haciendo.

En segundo lugar, si bien el feminismo a secas no existe, ninguna de sus vertientes plantea que el hombre es el estándar o el modelo a seguir. En absoluto. Esa es una mala interpretación que se ha hecho. Lo que desde las diferentes posiciones se reclama es que las mujeres tengamos las mismas posibilidades y condiciones que tienen los hombres para desarrollar todas sus capacidades físicas, morales e intelectuales. Las mujeres no queremos ser como los hombres, algo además imposible porque somos biológicamente dos sexos diferentes, ni lo hemos tomado como patrón a seguir.

Tercero, y como consecuencia de lo anterior, las mujeres no pretendemos elegir lo mismo que los hombres; pretendemos que se creen las posibilidades y se den las garantías para que las mujeres podamos ejercer nuestra humanidad sin restricciones; luchamos porque el camino nuestro no sea más estrecho que el de los hombres, luchamos porque sea igual. En nuestras elecciones podemos o no coincidir con lo que eligen los hombres, pero ello no se debe, repito, a que deseemos copiar lo que ellos hacen y cómo lo hacen.

No, las mujeres no pedimos ni buscamos ser clones de los hombres, pedimos y buscamos la igualdad de oportunidades, el derrumbe de todas las restricciones que la sociedad nos pone por el hecho de poseer una vagina.

Ahora bien, para quienes creemos que efectivamente las elecciones que hacen las mujeres no son producto de su libertad sino que son guiadas sutilmente por la cultura y condicionadas por el sistema patriarcal, la afirmación que se hace en la reseña: “hoy el lavado de cerebro va ahora en la otra dirección, hay programas y libros en los colegios promocionando carreras de ciencias para las chicas…”, solo es válida en apariencia.

Habría que mirar con lupa cómo se está haciendo ese “lavado cerebral”. Solamente para dejar la inquietud les sugiero que miren el llamado que en el 2012 hizo la Comisión Europea a las chicas que estaban próximas a iniciar su formación profesional. Dicha institución mediante un “festivo” videoclip quiso llamar la atención de las jóvenes para que estudiaran ciencia, un llamado en sí muy encomiable y en otra dirección como diría el autor de la reseña, solo que para hacerlo la institución no hizo más que reforzar el estereotipo con el que se ha asociado a la mujer: belleza, banalidad, ligereza, diversión.

Mientras no se rompa el cascarón en el que nos han metido, nada de lo que “nos ofrezcan” puede resultar verdaderamente liberador. Lo que ha ocurrido es que se nos han duplicado las obligaciones, se nos han añadido más responsabilidades y nos hemos cargado de culpas.

Yo diría más bien que el “nuevo lavado cerebral” al que se refiere el autor, no tendrá ningún efecto mientras el “de ayer”, siga soterrado y subrepticiamente presente. El lavado cerebral “de ayer”, continúa, no ha sido reemplazado, convive con el nuevo. Por todos los medios se nos quiere encasillar en un rol típicamente femenino, el cual excluye las rudezas del mundo para las cuales no “fuimos creadas”.

En efecto, las mujeres intelectuales y altamente cualificadas sobre las cuales se realizó el estudio de la doctora Pinker, siguen atadas a su rol de madres, a su rol de cuidadoras. Las mujeres hemos incursionado en la ciencia, no ahora, desde siempre, pero con enormes dificultades, casi todas ellas derivadas de nuestra condición sexual. Algunas científicas, las más decididas, han fracturado con esfuerzo el cascarón y se han librado del destino de la maternidad y todo lo asociado a él (p.e. Rita Levi Montalcini); otras lo han ejercido al mismo tiempo que su profesión, pero almacenando en su conciencia una carga enorme de culpa por no ajustarse al modelo de madre esperado (p.e. Maria Curie). Ni qué hablar de otros casos tristes, antes mencionados, que por asumir el rol esperado de ellas, desperdician toda su capacidad intelectual (p.e. Mileva Maric).

Al tiempo que se hace el llamado a la mujer a elegir la ciencia como profesión, la sociedad se encarga de recordarle que, ante todo, ella es mujer, y primero lo primero.

Finalmente, queda claro para el lector de la reseña que el mundo en el que se mueven las grandes intelectuales, es bien distinto del que viven millones de mujeres, la mayoría. En este mundo, la “guerra de hoy” no existe, ellas están ancladas a “la guerra de ayer”. En este mundo de pobreza y carencias de todo tipo, a diferencia del Dr. Malo, yo sí conozco quien educa a sus hijas “diciéndoles que no estudien y que se dediquen a buscar un marido y a quedarse en casa” y no lo dicen por decirlo sino porque la realidad en que viven no les deja más opción. Yo creo que sí hay que seguir peleando la llamada por el autor, “guerra de ayer”, porque a diferencia de él, no considero que está ganada. Al contrario.

En fin, más que la paradoja sexual señalada en el texto, yo leo una realidad que sigue poniendo camisa de fuerza a la potencialidad de la mujer.