Una piscina para vaciar

La Virginia es, hoy, una piscina gigantesca cuyas aguas tratan de evacuar los grupos de salvamento, con ollas desfondadas.

 

Por: Hernando López Yepes

La Virginia (Risaralda) sufre hoy, en el año 2017, las calamidades que la agobiaban hace cien años, en la época de su fundación. A las riadas o aumentos del caudal de los ríos Cauca y Risaralda, se les suman las consecuencias de las acciones irresponsables de los gobernantes, tecnócratas y expertos en ingeniería hidráulica, quienes han terminado por “re-victimizar” a las familias que han padecido este flagelo durante muchas décadas.

Nuestro municipio es, ahora, un campamento construido dentro de una tina gigantesca que posee como fronteras los cauces de dos ríos: el Cauca y el Risaralda; ríos que desbordan sus límites en los meses de invierno, y que bloquean la evacuación de las aguas negras; aguas que refluyen por los sumideros y registros de las calles, los patios y los baños de las casas.

Durante cinco décadas hemos padecido numerosas inundaciones. Hace algunos años se anunció que por fin se enfrentaría esta calamidad, y que se le darían soluciones definitivas. Para impedir que se repitieran las inundaciones de los barrios El Progreso y Buenos Aires se construyeron 500 viviendas en una urbanización llamada, de manera irónica, “La Milagrosa”.  Estas viviendas, construidas sobre un terreno hueco: una especie de hondonada que, supuestamente, estaba por encima de los niveles de inundación, fueron cubiertas por las aguas en la noche del 15 de mayo del presente año; hoy existe desconcierto, amargura y “rabia” entre sus habitantes. No fue necesario, esta vez, el desbordamiento de las aguas de los ríos Cauca y Risaralda; bastó con el aumento del caudal   de la quebrada Mina Rica, la cual recoge las aguas que descienden de nuestras dos veredas: La Palma y El Aguacate (de cuatro veredas que teníamos, dos fueron eliminadas por quienes, en su afán de acumular tierra, compraron los minifundios de los campesinos que las conformaban).

La comunidad de lo que es hoy el barrio La Milagrosa, barrio que será muy pronto otro “humedal”, solicitó (una y otra vez) antes de su construcción, que se les escuchara: deseaban hacer parte de la discusión sobre la solución que se les imponía desde las altas esferas. Expusieron sus temores ante quienes se disponían a dilapidar, una vez más, los recursos de la nación: no fueron escuchados. Los damnificados profetizaron que las nuevas viviendas se verían inundadas en pocos meses: ¡Hablaron ante gentes de oídos sordos! La estupidez ilustrada ignora “la sapiencia” del pueblo; elige someterlo  a las consecuencias de sus desaciertos.

Para el dieciséis de mayo tenemos catorce barrios inundados; las veredas de La Palma y El Aguacate se encuentran aisladas. El barrio de invasión Caimalito, perteneciente a Pereira y poblado por gentes de La Virginia, se halla parcialmente inundado. La principal vía de acceso a La Virginia (por La Variante) se vio suspendida en las horas de la mañana. Arriba del puente Francisco Jaramillo Ochoa se presentó un deslizamiento de tierra que limitó a un único carril la movilización a Pereira y al departamento del Valle.

Siete motobombas que funcionan en el momento son insuficientes para evacuar las aguas que inundan las calles y las casas. El escaso número de moto-bombas se ve agravado por lo reducido de su capacidad.

Las escuelas y colegios del municipio han sido ocupados por los damnificados, lo cual impide el cumplimiento del proceso educativo. Muchas mascotas han muerto y algunas  se encuentran extraviadas. Hay desconcierto y  angustia entre los pobladores, puesto que no esperaban que las inundaciones cortaran su descanso a media noche; tampoco que se repitiera el triste espectáculo de ver flotar sus pocos enseres sobre las calles de sus barrios, convertidas  en ríos.

Los “jarillones”, proyectados para impedir que las aguas de los ríos inundaran nuestro municipio, se han convertido en muros que impiden que vuelvan al río las aguas que nos ahogan. Estos muros separan dos o tres grandes estanques  que son  fotografiados día tras día desde los helicópteros que surcan nuestro cielo. Hoy, la tragedia se produce por el alto nivel de las aguas de los ríos y por el reflujo de las aguas negras que regresan a las casas por los sifones de los patios, los baños, los lavamanos y lavaplatos.

Y otra vez se nombrarán Comités de Emergencia y nos visitarán grupos de socorro y salvamento que podrán lucir sus vistosos uniformes; se entregarán declaraciones de solidaridad; se harán falsas promesas de soluciones definitivas. Todo quedará en palabrería ajena a la realidad. Pero lo importante es que se creen comités; poco importa que no hayan de  funcionar. Así ha ocurrido innumerables veces, en Colombia, con los comités constituidos para la vigilancia de la seguridad ciudadana, para la correcta y eficiente aplicación de la ley; para el cumplimiento del libre ejercicio de la democracia, etc. Esto me recuerda las palabras de Germán Arciniegas, cuando habló sobre la importancia de los Comités por la Defensa de los Derechos Humanos:

Se ha creado, en Colombia –declaró– una comisión por la Defensa de los Derechos Humanos. Esta comisión no le brindará ninguna solución o resultados positivos al país, en cuanto se refiere a la defensa de estos derechos. Sin embargo, lo importante es que exista en el país una Comisión por la Defensa de los Derechos Humanos. Yo he sido nombrado presidente de este Comité. Puedo decir, con orgullo, que ahora soy el presidente de la Comisión por la Defensa de los Derechos Humanos, en Colombia. Esto es lo más importante: que se haya creado esta comisión y que se me haya nombrado como su presidente.

En cuanto se refiere a la calamidad que nos ocupa en este día, se hace necesario buscar soluciones en las cuales se tenga en cuenta la voz de los afectados, la memoria histórica de la población. No se trata de repetir lo que se ha dejado de hacer cuando “se creía estar haciendo”. El abejorro, a diferencia de la abeja, nos parece que trabaja más, sólo por el hecho de hacer mucho ruido con su vuelo. No podemos permitir que se nos entreguen soluciones que sean solamente técnicas; es importante escuchar las advertencias y las soluciones propuestas por loa afectados. En igual sentido, la comunidad debe rechazar las soluciones de mitigación del riesgo.

La comunidad de La Virginia paga hoy las consecuencias de la falta de compromiso de los gobernantes (me refiero al nivel departamental y nacional, y no a nuestros alcaldes que han carecido de los medios económicos y de poder decisorio) y de los errores cometidos por “la ineptitud ilustrada” de los ingenieros que han hecho poco honor a la profesión elegida y a los cargos ocupados. Ellos nos han condenado a evacuar las aguas de “la piscina gigantesca que es hoy el municipio de La Virginia”, con ollas desfondadas.

@HernandoLopezY