GUSTAVO COLORADO IZQLa explicación no tarda en llegar: todos quieren ser como él y ocupar su sitio. Las razones les sobran: llegó al lugar en el asiento trasero de un auto importado, conducido por un chofer bien trajeado. Además, dice una mujer bronceada entrada en la treintena, es tan, pero tan encantador.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Tanto el hombre como la mujer lucen sendos escudos en las solapas del saco. En este caso el emblema está formado por un maletín de ejecutivo dotado de alas. El mensaje es inequívoco: los negocios nos dan herramientas para volar sobre las ataduras terrenales. Es decir, la vieja propuesta de las religiones trascendentes traducida aquí al lenguaje de las finanzas. Primer punto a favor.

Como mandan los manuales, los dos miran fijamente y aprietan con firmeza la mano del interlocutor. Cuando se les pregunta cómo están responden al unísono con una curiosa forma adverbial aprendida en talleres de auto superación: excelentemente bien. De inmediato uno piensa en el sentido de un viejo proverbio oriental: “Dime de qué presumes y te diré qué te hace falta”. Pero hay más: su identidad individual parece haber sido suplantada por una abstracción corporativa, pues siempre se presentan amparados bajo una de estas variantes: somos una multinacional. Somos una empresa de ventas por catálogo, somos una aseguradora y mil equivalentes más.

En ese punto uno empieza a sospechar. Tanta seguridad y arrogancia deben ocultar una gran fragilidad y por lo tanto una insondable dosis de temor. Los expertos en la conducta lo explican con precisión: casi siempre la agresividad es hija del miedo. Por eso las masas idolatran a los caudillos y a los bravucones.

Guiado por el hombre y la mujer de los escudos alados ingreso a un teatro repleto de feligreses. Son las siete de la noche y a pesar de llevar doce horas de ajetreo en diferentes oficios, este puñado de profesionales y oficinistas luce expectante y poseído de un inusitado entusiasmo. Cuando el guía, líder y gurú sube al escenario un silencio reverencial se apodera de la sala. Segundos después, un creciente murmullo envidioso se instala en cada una de las sillas. La explicación no tarda en llegar: todos quieren ser como él y ocupar su sitio. Las razones les sobran: llegó al lugar en el asiento trasero de un auto importado, conducido por un chofer bien trajeado. Además, dice una mujer bronceada entrada en la treintena, es tan, pero tan encantador.

Como ustedes ya lo concluyeron, estamos ante una de las siempre cambiantes y sorprendentes expresiones del Homo Sapiens: la religión empresarial cuya manifestación mundana son las ventas y lo que ellas representan en términos de la conquista de un estatus. La puesta en escena se revela entonces en toda su dimensión. Reducidas a la parte formal, las antiguas religiones poco o nada les ofrecen a unos ciudadanos cada vez más insatisfechos. Para completar, todas esas invitaciones a la austeridad y el sacrificio riñen con el facilismo y la búsqueda de placeres rápidos y sin compromisos tan característicos de los tiempos. Si a eso le sumamos el mal ejemplo de unos jerarcas religiosos empeñados en exigir humildad y sencillez mientras viven en la soberbia y la opulencia tenemos un panorama nada alentador.

Los signos del consumo y la posición social que conlleva devienen entonces única forma de inventarle algún sentido a la existencia. De allí la expresión arrobada de los trescientos asistentes al teatro. En su ritual, si se atienden a pie juntillas las recomendaciones del oficiante de la ceremonia, el verbo se hace dinero en efectivo o plástico: da lo mismo, si en últimas se trata de revalidar cada semana, en una suerte de parodia de la misa, esa siempre renovada religión cuyo mandato único es: vendo, luego existo.