Venezuela: un lugar convertido en no lugar

Varios países de América Latina han pasado de ser lugares de acogida para aquellos que huyen de territorios en conflicto, para convertirse en países expulsores hasta de sus propios ciudadanos. Hoy por hoy esto sucede con Venezuela, un país históricamente hospitalario que cada vez toma más forma de no lugar.

 

Por Wooldy Edson Louidor

La actual crisis económica y política en Venezuela tiene cada vez mayor visibilidad por el éxodo de cientos de miles de ciudadanas y ciudadanos venezolanos –aunque algunos hablan de un millón e incluso de dos millones- que han huido y siguen huyendo de lo que fue, en algún momento, un lugar de derechos y de bienestar.

De hecho, Venezuela fue uno de los países latinoamericanos que más acogió a extranjeros que llegaban a esta tierra ‘utópica’ para salvar sus vidas, como es el caso de colombianos que huían del conflicto armado, u otros que se fueron para buscar un mejor futuro. Pero a Venezuela también llegaron migrantes de Europa, en particular de España, Italia, Portugal y Alemania, así como migrantes, refugiados y asilados políticos de la región latinoamericana-caribeña, mayoritariamente los ya mencionados de Colombia y otros ciudadanos de Perú, Ecuador, Argentina, Chile, República Dominicana y Haití.

Queda pendiente pues, escribir la crónica de la hospitalidad en Venezuela para completar la historia de la hospitalidad en nuestra América Latina. Tarea que inicié en 2013 con cuatro casos históricos: Haití, México, Brasil y Ecuador y ver

El caso de Venezuela se parece  al de México, un país que prácticamente se dedicó a acoger a refugiados de las dictaduras latinoamericanas y caribeñas entre los años 50 y los años 80 del siglo pasado. Sin embargo, la diferencia entre ambos -o una de ellas- es que, hoy en día, el país azteca se ha convertido fundamentalmente en lugar de tránsito para las personas migrantes, aunque vale decirlo: se ha convertido más bien en un “cementerio a cielo abierto”.

Además los mexicanos siguen emigrando hacia Estados Unidos, aunque la migración ha bajado sustancialmente, debido a la política de hostilidad del Presidente Donald Trump, y también un número cada vez más importante de migrantes haitianos, africanos e incluso de otros países centroamericanos, buscan quedarse en su territorio como migrantes o refugiados tras el cierre de la frontera estadounidense.

En cambio Venezuela ha estado vaciando gran parte de su población. Este tipo de vaciamiento, que empezó gota a gota en las fronteras del país con Colombia y Brasil y en otras latitudes de la región a parte del vaciamiento en Estados Unidos y Europa, se ha profundizado hasta convertirse en un auténtico derrame con graves repercusiones humanitarias.

Venezuela pasó de ser un país de acogida a ser un país de expulsión, de ser un lugar que ofrecía sueños y esperanzas a convertirse en un no lugar, del cual miles de sus ciudadanos y extranjeros -como los mismos colombianos- huyen a diario para pedir hospitalidad afuera, debido a que el país ya no ofrece hospitalidad ni siquiera para sus propios hijos.

Venezuela duele porque ha sido uno de los países más hospitalarios de la región, más allá de las interpretaciones ideológicas que se pueda hacer de este hecho real y comprobable. Doy un ejemplo: durante el éxodo que vivió Haití de 1965 a 1985, a consecuencia de la persecución política de la dictadura duvalierista contra intelectuales y líderes políticos haitianos, Venezuela fue el país sudamericano que recibió a exiliados haitianos. Tanto así que uno de esos asilados políticos, Leslie François Manigat, se convirtió en presidente constitucional de Haití (7 de febrero de 1988-20 de junio de 1988), tras el derrocamiento de la mencionada dictadura el 7 de febrero de 1986. Desgraciadamente, el presidente Manigat posteriormente fue derrocado del poder por un golpe militar orquestado por la cúpula de las Fuerzas Armas de Haití (FADH).

Finalmente se requiere reconocer el carácter profundamente humano y humanitario de la hospitalidad, que requirieron alguna vez los refugiados de las dictaduras latinoamericanas y caribeñas y del conflicto armado colombiano, hospitalidad que fue ofrecida por Venezuela, la misma que hoy en día necesitan urgentemente los migrantes forzados venezolanos.

Las crónicas de la hospitalidad nos enseñan que en cualquier momento uno se puede convertir en el otro que necesita hospitalidad. Y en nuestra región abundan ejemplos, otro de estos es el caso de Haití que, entre 1815 y 1816, brindó dos veces hospitalidad al libertador Simón Bolívar en su lucha independentista pero después del terremoto que devastó a este país el 12 de enero de 2010, decenas de miles de migrantes haitianos vienen pidiendo hospitalidad a países latinoamericanos. Por eso hasta hoy y con el éxodo de venezolanos, por ejemplo, tenemos frente a nuestros ojos un caso de ciudadanos a quienes debemos aplicar al menos el principio de reciprocidad.