Apabullado por encuestas que amenazan sus aspiraciones de reelección, el gobernante decidió desempolvar un conflicto de límites marítimos con Nicaragua como posible salvavidas político ante un malestar nacional atizado por la inusitada multiplicación de movimientos de protesta social registrada en los últimos meses.
Por: Gustavo Colorado Grisales
Desde los tiempos de Herodoto se sabe que armar un zafarrancho verbal con los vecinos o inventar una guerra real es el recurso más efectivo para sacar de apuros a un caudillo caído en desgracia con su pueblo. El truco produce varios efectos inmediatos. El primero de ellos es el reavivamiento del nacionalismo, el patrioterismo o cualquiera de esos sentimientos nacidos de la comprensible necesidad humana de sentirse parte de un gran proyecto colectivo. Derivado del anterior, el segundo consigue desviar la atención : del malestar ante los yerros de su líder, la pasión de la masa se traduce en animadversión frente al enemigo recién descubierto. Por ese camino, el caudillo en cuestión se convierte en guía salvador.
Bien asesorado por expertos en mercadeo político, el presidente colombiano Juan Manuel Santos parece haber optado por esa salida providencial. Apabullado por encuestas que amenazan sus aspiraciones de reelección, el gobernante decidió desempolvar un conflicto de límites marítimos con Nicaragua como posible salvavidas político ante un malestar nacional atizado por la inusitada multiplicación de movimientos de protesta social registrada en los últimos meses.
De la validez técnica y jurídica de las medidas adoptadas se han ocupado con profusión los expertos y legos con ínfulas desde un par de semanas atrás. Por su lado, los políticos en campaña han hecho de las suyas manifestándose a favor o en contra de la decisión. Pero pocos se han preguntado si a esta altura del camino no existen al menos media docena de problemas de más urgente solución para una amplia masa de colombianos que, por lo visto, malviven por fuera de la retórica de la prosperidad y de los alegres indicadores económicos difundidos mes tras mes.
Para empezar, son legión los nacionales cuyas tribulaciones de salud están por encima del archipiélago de San Andrés y Providencia completo. Frente a ese drama real se toman decisiones dirigidas más a maquillar el problema y a proteger los intereses de poder de quienes se lucran con el negocio que a cumplir con el mandato constitucional donde se consagra la salud como un derecho fundamental. O si no nadie se explica cómo esos lugares donde se realizan tomografías, ecografías y procedimientos similares obligan a sus usuarios a comprarles medicamentos cuya importación y distribución monopolizan ellos mismos, sin que autoridad alguna se digne apersonarse del asunto.
De los campesinos hemos escuchado hablar bastante por estos días. “Bienvenidos al futuro”, dijo el político César Gaviria Trujillo al posesionarse como presidente de la República el 7 de agosto de 1990. Pues bien, hoy asistimos a la materialización de ese futuro: consolidación de los grandes monopolios económicos, quiebra de amplios sectores industriales , así como la ruina, ya no de pequeños y medianos propietarios de tierra, sino incluso de terratenientes golpeados por la apertura de mercados a productos altamente subsidiados en sus países de origen. En una de las marchas de protesta adelantadas un mes atrás escuché a varios de esos grandes propietarios gritar consignas que hace apenas cinco años hubiesen bastado para tildarlos de terroristas, bandidos y cosas peores. Leer a columnistas de la más pura ortodoxia conservadora protestando por la “invasión indiscriminada de capitales foráneos” resulta a esta altura del cuento una experiencia bastante aleccionadora.
Podríamos seguir enumerando y la lista empezaría a hacerse interminable. El sacrificio de la calidad de la educación en aras de las coberturas. El empeño en producir profesionales y técnicos acordes con las demandas del mercado (“pertinencia”, le llaman a eso), renunciando de paso a la responsabilidad de formar ciudadanos autónomos y reflexivos, como clave para la construcción de un modelo más digno de sociedad. Sumo y sigo: los pequeños mineros piden que no se les imponga un régimen diseñado a la medida de las grandes corporaciones del sector y de inmediato se les acusa de actuar en connivencia con grupos armados y de delincuencia común. De allí a ponerlos en la mira de los asesinos media solo un paso. Las anteriores y muchas otras son razones suficientes para pensar que el repentino fervor patriótico del alto gobierno no pasa de ser una salida de última hora para revertir la, al parecer, imparable caída en los niveles de calificación de la gestión presidencial.

