Todavía hay personas que emprenden un viaje, contemplan un paisaje, leen la poesía del Siglo de Oro español o asisten a la proyección de una obra maestra, sin parar mientes en que quienes las apreciaron por primera vez están muertos desde hace años, o incluso siglos…

GUSTAVO COLORADO IZQPor: Gustavo Colorado Grisales

El título del presente texto no es más que una copia del grito de batalla de niños y jóvenes cuando en sus juegos se enfrentan a un descubrimiento sobre el que pretenden ejercer un derecho de propiedad. También puede ser, con otras palabras, la transcripción de los gritos proferidos por los navegantes que acompañaban a Cristobal Colón cuando avistaron tierra en su primer viaje a América.

Pero en este caso se trata de algo mucho más prosaico: es la frase utilizada a modo de mantra por legiones de compradores capaces de pasar una o varias noches en vela, con tal de tener primero el objeto de sus anhelos: un teléfono, una computadora, una camisa o un auto. Da lo mismo, si ese sacrificio les depara la dicha impagable de mirar por encima del hombro al vecino, es decir, al competidor, aunque sea por un par de segundos. Lo mismo hacen los fanáticos del cine, según se desprende de una nota de prensa. “Yo compré la película en la calle, porque quería verla y aún no ha llegado a las salas”, declaró una compradora ocasional de este tipo de productos. Por lo demás, dice el artículo que para mucha gente resulta imposible esperar a que las salas locales estrenen una película que lleva ocho días siendo proyectada en otras ciudades del país.

De modo que no se trata de disfrutar las cosas sino de tenerlas primero que los otros, como si se participara en una carrera contra el reloj. Esa es la premisa que mueve a millones de personas en el mundo.

Sobre esa clave avanza hoy la religión del consumo, esa curiosa forma del vértigo que acabó por sustituir la búsqueda de la trascendencia como uno de los soportes de la vida. De ahí que todo se haya convertido en una “rats race” o una carrera de ratas, como bien lo definió el pensador Herbert Marcuse en uno de sus libros. Por esas razones, hace mucho tiempo dejamos de concebir el conocimiento y el disfrute del mundo como parte de una experiencia vital que en principio nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos. El asunto es muy distinto : ahora se trata de llegar primero a la meta para, una vez consumido el objeto codiciado, desecharlo y emprender una demencial carrera que nos conduce al siguiente y al que le sucede, hasta que otro depredador termina consumiéndonos a nosotros. No importa si se trata de ropa, música, autos, bicicletas, libros , películas, cuerpos , ideas , paisajes o religiones : lo que vale realmente es apropiárselos primero que el vecino para exhibirlos con las mismas ínfulas del guerrero que les muestra a sus congéneres el cuero cabelludo del enemigo vencido. Por eso el mercado natural de algunos de esos productos son los semáforos y las esquinas para los pobres y los centros comerciales para los más pudientes o que aparentan serlo. Todos constituyen una tierra de nadie donde la gente dispone de dos minutos para comprarlos y la mitad de ese tiempo para ostentarlos, antes de que vayan a parar al cesto de la basura.

Pero ante ese panorama no todo está perdido. Todavía hay personas que emprenden un viaje, contemplan un paisaje, leen la poesía del Siglo de Oro español o asisten a la proyección de una obra maestra, sin parar mientes en que quienes las apreciaron por primera vez están muertos desde hace años, o incluso siglos: lo suyo es un asunto que pasa por el goce y el conocimiento del mundo y por eso mismo situado a años luz de la histeria de aquellos cuyo fin último es salir gritando “¡Yo llegué primero…yo llegué primero!”.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

 https://www.youtube.com/watch?v=CNFH2sBGdJk