¿Cómo se puede garantizar el pleno funcionamiento de una “democracia”, si la misma academia se encarga de segregar y fragmentar la sociedad?

 

juan-alejandro-jaramillo-colPor: Juan Alejandro Echeverri

Para Estanislao Zuleta “nuestra educación es, por una parte, desastrosa en cuanto a la formación de individuos que piensen, que tengan autonomía y creatividad, pero no es nada desastrosa en cuanto a la producción de personas que se ajusten a tareas o empresas que no les interesan; personas que tienen que ganar el examen de álgebra sin que les interese el álgebra; personas que tienen que estudiar sin que les interese el estudio. Para producir este tipo de personas la escuela que tenemos es la ideal, está hecha para tal fin.”[1]

Si cambiamos el término escuela por Universidad la sentencia lapidaria de Zuleta no pierde validez.

El paradigma maniqueista que trivializa el debate ha filtrado su ADN en la academia. Provocando que esta subestime su poder de transformar la sociedad y se limite, según Estanislao, a preparar estudiantes (demandados por el mercado) para intervenir en las distintas formas de trabajo productivo en los diversos sectores de la economía.

No es que la misión de la Universidad sea formar anarquistas que lancen bombas molotov a la Casa de Nariño. Pero sí debe cultivar mentes que en lugar de agachar la cabeza ante la realidad (política, económica y social) del país, hurguen sin pudor en las heridas y planteen alternativas para curarlas.

Al parecer olvidemos que la educación, en especial la educación superior, cumple una función social, así lo indica la ley 115 de 1994. Sin embargo, acostumbrados a decir una cosa y hacer otra, convertimos los claustros universitarios en fábricas que producen los insumos del capitalismo, cuando tendrían que ser laboratorios donde se analiza la genética de la sociedad. La educación no solo se privatiza desde lo económico (pagar para acceder a ella), someter el conocimiento a los intereses institucionales y empresariales también es una forma de privatización que consolida la potestad del sistema imperante.  

Ahora, ¿cómo se puede garantizar el pleno funcionamiento de una “democracia”, si la misma academia se encarga de segregar y fragmentar la sociedad? Por ejemplo, en el pasado examen de admisión de la Universidad de Antioquia, realizado el 18 y 19 de octubre, se presentaron 47.328 aspirantes para los cuales solo había 5.631 cupos. Es un fracaso nacional que acceder a la Universidad en el siglo XXI sea un lujo –para las clases marginales, claro–. Para las clases altas es una cuestión tan problemática como elegir entre comprar unos jeans de marca Levi´s o Diesel.

No se trata de crear políticas públicas -ya hay suficientes, lo que no hay es quien las cumpla–. El reto consiste en que los vinculados directa e indirectamente con la academia, primero reconozcan que también son parte del problema y, segundo, que le devuelvan la importancia que merece un lugar sagrado en el que cobra vida el conocimiento.

Es difícil enseñarle a una mente, entrenada para repetir, que cambie su funcionamiento. Tal vez sea tan complejo como llevar un satélite a Marte pero vale la pena, entre otras cosas, porque la realidad del país lo exige a gritos.

La sociedad no puede permitir que la Universidad sea un eslabón más de la cadena de producción que deja en el graduado la sensación de ser un sobreviviente de una carnicería salvaje. Por el contrario, debe ser el templo que extermine la ñoñería que oxida el corazón y nos hace creer que no podemos cambiar el mundo.

Lo hemos postergado durante mucho tiempo. Ya es hora de reclamar una educación de puertas abiertas para todos, que nos enseñe a pensar en plural, que deje de producir autómatas y comience a formar seres sensibles que no llegan a la verdad desde la certidumbre sino desde la duda.

Twitter: @j_alejo16

[1] Entrevista a Estanislao Zuleta LA EDUCACIÓN: UN CAMPO DE COMBATE. Disponible en: http://catedraestanislao.univalle.edu.co/Entrevista.pdf