Dos extremos ideológicos hacen lo mismo: emplear las normas bajo una moral pre-convencional en la cual “lo justo es lo que me gusta”. No es lo propio de un Estado de Derecho, sino de una democracia plebiscitaria.

Apoyo ciudadano al Alcalde Gustavo Petro. Foto: Alexis López - SDIS

Apoyo ciudadano al Alcalde Gustavo Petro. Foto: Alexis López – SDIS

Por: Paul Bromberg* / Razón Pública

La alcaldía y sus fueros

En su momento demostré -en contravía frente a los hurras provenientes de casi todas partes-la arbitrariedad de la acción del procurador en el caso del alcalde Samuel Moreno. Sentencié y reiteré: “ante el silencio se está aceptando el precedente… a todos les llegará su turno”. Era claro también que el personaje, el partido que lo respaldó, su orientación y sus ejecutorias de gobierno no eran de mis simpatías.

El procurador basó los cargos en el retraso de algunas obras, debido a que la información disponible en ese momento no aportaba pruebas para acusarlo de corrupción. El caso era suficientemente difuso como para calificar sus faltas como graves, en lugar de gravísimas. En últimas, la acusación era que se trataba de un mal alcalde y la decisión escandalosa fue suspenderlo para hacer la averiguación.

Esta es una herramienta del poder sancionatorio que puede justificarse cuando se trata de un funcionario cualquiera que es reemplazado por otro sin mayor lesión, pero que causa un trauma mayúsculo en el caso de un alcalde. La suspensión se convierte en un fallo anticipado, pues el acusador no va a retractarse luego del daño causado.

No sobra recordar el desenlace: la suspensión se prorrogó otros tres meses, y antes del vencimiento del segundo período Samuel Moreno fue sancionado por las faltas cometidas, que habiendo sido formuladas como graves, ameritaban como máximo la suspensión. Lo que no importaba, porque el alcalde estaba ya preso por la comisión de delitos, no por ser mal alcalde, que era lo que le endilgaba el procurador.

En ese entonces uno de los acusadores de Moreno era Gustavo Petro. No hubo escándalo por el abuso del poder del Procurador, ni visita a las Naciones Unidas, el argumento que hoy se esgrime. La defensa de ese fuero no importaba, pues al caído hay que caerle.

Es decir, “Para mí y mis amigos la ley. Para mis enemigos todo el peso de la ley”[1]En realidad la frase tiene variaciones y es atribuida también a Getulio Vargas “Para mis amigos todo. Para mis enemigos el peso de la ley”.


Alcalde Mayor de Bogotá, Gustavo Petro
Foto: @Anyelik

La procuraduría y sus fueros

La destitución de Petro y el desmedido término de su inhabilidad tuvieron un impacto político que el procurador calculó mal. Por supuesto, el fallo es político, como lo hubiera sido en caso de una absolución. Pero el proceso está lejos de ser lo más indignante que ha hecho el procurador.

De hecho, las declaraciones públicas del alcalde delataron su desdén por la ley, al amparo de dos argumentos propios de la democracia plebiscitaria, que se acusa cuando los activistas son Álvaro Uribe o Alberto Fujimori, pero no Chávez o Maduro: (1) respetar el mandato de las urnas; y, (2) la ley estará vigente, pero es malintencionada.

Más adelante el alcalde argumentó en su defensa que las eventuales faltas no serían del alcalde sino de los funcionarios responsables de las acciones, que no le informaron lo que estaba pasando. Por eso, en el pliego de cargos la Procuraduría anunció que indagaría si el alcalde fue directamente responsable de las decisiones o si se habían tomado a sus espaldas.

No se conocen los detalles del fallo en sus más de 400 páginas, pero de aquí se ve que la decisión de adelantar una investigación no era infundada.

Concluyo que la investigación que la Procuraduría emprendió contra el alcalde en este caso tenía más justificación que la que se abrió en el caso de Moreno. De paso, se olvida que en el proceso de investigación el procurador fue más severo con Samuel Moreno que con Gustavo Petro. En el caso de este último, se llegó a sospechar que simultáneamente con la formulación de los cargos el procurador suspendería al alcalde durante la averiguación, pero no fue así. Dadas las diferencias políticas de las dos situaciones, el procurador optó por la cautela.

Para corroborar el grado de arbitrariedad del que es capaz el procurador con sus fueros, están los fallos contra el exalcalde de Cali Jorge Iván Ospina y el exalcalde de Medellín, Alonso SalazarLas cifras que traen diferentes fuentes  rayan en lo escandaloso. Y también es notable el sesgo a favor de sus amigos. Es decir, del otro lado, también se aplica el principio: “para mis amigos la ley. Para mis enemigos, todo el peso de la ley”.

Voto popular
Plaza de la indignación
Foto: Alexis Lopez, SDIS

Alejandro Ordóñez y sus cueros, Gustavo Petro y sus cueros

Los acontecimientos de la última semana desataron el debatesobre la Procuraduría y el talante de quienesocupan el cargo de procurador. Los poderes de la Procuraduría fueron establecidos en la Constitución de 1991 y se habían venido ampliando mediante leyes, de esas que nos gustan, las que remedian los males cambiándolos por otros peores. Pero no había sido usado con el abuso que hoy muchos denuncian hasta que llegó este procurador con su talante.

Sin embargo, el procurador representa sólo la mitad de los talantes en contienda. El lunes en la mañana el anuncio del fallo tomó a Petro por sorpresa. Tal vez tenía una premonición diferente, luego de su aproximación al proyecto reeleccionista de Juan Manuel Santos centrado en la paz, cuando acordó con el presidente adicionar a una marcha ya programada en Bogotá el respaldo al proceso de paz. Cabía leer los acuerdos difundidos por la prensa como un premonitorio de una decisión absolutoria, pues el presidente no se arriesgaríaa que en cualquier momento su nuevo mejor amigo fuera destituido e inhabilitado.

Cuando Petro salió al balcón del Palacio Liévano cual Acevedo y Gómez puso manifiesto su talante. Para él es tedioso ocuparse del gobierno de la ciudad, tapar huecos, recoger basuras, construir y mantener parques. Lo suyo es la arenga, las masas, la movilización, la ideología. Usando a plenitud el aguinaldo que le obsequió el procurador, se vio a un político en todos sus cueros y a sus anchas lanzando arengas reproducidas por twitter:

  • “Los espero mañana a las 4 pm de la tarde, aquí en la plaza de los indignados… con más y más gente, con más fuerza, aquí nos mantendremos si ustedes nos acompañan”.
  • “De Petro no saldrá jamás una convocatoria a la violencia, pero no esperen que el voto popular se arrodille… La Bogotá Humana se queda en este Palacio Liévano”.
  •  “Esta es la plaza Tahrir de Colombia. Hemos convocado a América Latina…  Le tocó a Bogotá ser el inicio de este movimiento de los indignados de Colombia”.
  • “Quiero que el movimiento agrario salga abrazado a la Bogotá Humana”.
  • “Pacíficamente el Alcalde Mayor de Bogotá convoca a la ciudades de Colombia a manifestarse y convertir las plazas en lugares de democracia”.

Naciones Unidas (¿Ban Ki Moon?), el futuro embajador de los Estados Unidos, la Corte Interamericana de los Derechos Humanos de Petro, todos están convocados. Una “tutelatón” revela cómo se emplean las instituciones que otorgan garantías en un Estado de Derecho para sabotearlas, de la misma manera que ha obstaculizado durante meses un referendo que a todas luces él tenía ganado. El viernes Petro afirmó desde el balcón: “Ganamos, el mundo nos mira”, queriendo decir: “Gané, el mundo me mira”. Tenía razón.

Talantes e instituciones

Originalmente la frase rule of law se empleó contra las monarquías. El gran principio de nuestro himno: “el rey no es soberano”,debería continuar con “la soberanía reside en el imperio de la ley”. Pero no, no es así, bien porque no rima o porque era ajeno a nuestra“colombianidad” en formación. Habría que preguntárselo a Rafael Núñez…

Gobierno de la ley, no de los talantes, es lo que declara la filosofía política que sustenta el moderno Estado de derecho. Es una ficción útil, una especie de tipo ideal. Una de sus consecuencias prácticas es el propósito de diseñar las instituciones a prueba de los talantes, bajo la certeza de que en todo caso la política real será una competencia de talantes, no importa cuántas veces se diganmentiras piadosas como “los programas por encima de las personas”.

De hecho, los ritos de paso de la política seleccionan unos talantes frente a otros, y la política queda en manos… de los talantes políticos. Una cultura política caudillista como la latinoamericana, siempre aguardando redentores, sufrirá más de la cuenta los embates de los talantes contra el imperio de la ley.

No hay solución, pero hay alternativas mejores

Alcalde Gustavo Petro
Alcalde Mayor de Bogotá, Gustavo Petro
Foto: @Anyelik

Supongamos un alcalde que gane las elecciones con un mandato más claro que el actual. Decide entregar algún servicio público domiciliario que se presta mediante funcionarios públicos a unas entidades privadas bajo un esquema de regulación. El alcalde alega el interés público, pues el servicio hasta el momento ha sido de baja calidad, costoso para los usuarios y deficitario, luego de décadas en manos de unos intereses privados, constituidos por la suma de intereses de los empleados-prestadores-del-servicio y sus caudillos electorales.

Este muy pequeño grupo de presión constituido por empleados ha antepuesto sus intereses a los intereses de la ciudadanía, a través de un poder de negociación basado en la amenaza de parálisis (sin sanción) en la prestación del servicio y en las redes clientelares propias de lo que equivocadamente Petro llama “lo público”. Supongamos que debido a las normas vigentes el alcalde imaginario del que estamos hablando recibe advertencias acerca de la ilegalidad de lo que está haciendo, pero se mantiene firme en su propósito, lo acelera sin mayor planeación ni cuidado jurídico,y finalmente culmina el proceso creando hechos relativamente irreversibles.

¿Cómo habría querido Gustavo Petro, ciudadano o senador, que actuaran las instituciones de control frente a este alcalde que eventualmente estaría procediendo en contra de la ley y la conveniencia, que privatizaría a todo tren para crear hechos irreversibles?

Si el procurador destituyera al alcalde, ¿habría salido en defensa de los electores, iría como ciudadano o como senador a las Naciones Unidas en Nueva York, y quién sabe a hablar con quién en Washington, para defender el fuero y el cuero del alcalde puesto allí por elección popular? Estando fuera del poder, ¿propugnaría por organismos de control inanes, o con dientes? Es claro: si el procurador es mi conmilitón, lo quiero con todos los dientes; si es conmilitón de mis enemigos, lo quiero débil.

Detrás del monólogo colectivo entre simpatizantes de las dos orillas opuestas de la democracia plebiscitaria que hemos presenciado en estos días, se entrevé una cultura política pre-convencional: las instituciones son buenas si me favorecen, justa es toda decisión que me gusta. “Para mis amigos la ley. Para mis enemigos todo el peso de la ley”.

Una cultura política convencional, en cambio,implica un acuerdo del siguiente tipo: “Yo y mis amigos estamos dispuestos a no actuar de esta manera, a condición de que ustedes tampoco lo hagan”.¿Qué tipo de reglas vigilaría este acuerdo?

El actual sistema de control se puede mejorar, incluso sin que hayamos dado el salto a una cultura política convencional. El problema no está únicamente en la Procuraduría, sino en todos los organismos de control. Si bien es cierto la Procuraduría tiene problemas institucionales propios que cuestionan su misma existencia, en todos los niveles el gobierno está paralizado y al mismo tiempo la corrupción y la indolencia se sostienen, a pesar (¿y en parte debido?) a organismos de control cuya tarea está por evaluar.

Para quienes respiramos con alivio por la desaparición del control previo anterior a la Constitución de 1991, el regreso al control previo de hecho a través de procesos de contratación acompañados previamente por los entes de control nos hace pensar que definitivamente el infierno es circular.

Insisto, a pesar de mi ignorancia en cuestiones de teología, que la tradición judeo-cristiana del juicio final es funcional como consuelo frente a las falencias de la justicia administrada por los hombres, llenas de fallos. Los fallos son de dos tipos, en un sistema en el que no sabemos cuánto hay un pícaro cuestionado por honestos, o un honesto cuestionado por pícaros: (1) hacerse el de la vista gorda; (2) Perseguir honestos o perseguir contradictores políticos cuando se niegan a participar en redes de corrupción o clientelares. Por lo menos, hay un procedimiento que protege las garantías: separar la instrucción de la sanción, entregando ésta a jueces independientes especializados.

¡Petro, presidente; Ordóñez, vicepresidente!

Tan grande ha sido el favor político que Alejandro Ordóñez le ha hecho a Gustavo Petro que éste, como justo reconocimiento, podría tener la gentileza de ofrecerle la vicepresidencia para el 2018, en campaña que prendió motores la semana pasada. Si se trata de justificar ese giro unitario, ahí está la coincidencia de los dos en la democracia plebiscitaria.

Vaticino en todo caso que el procurador reducirá la inhabilidad, logrando así dos objetivos: logró concentrar el debate público en la inhabilidad y conseguirá mostrar que la reposición es una figura útil y suficiente, pues en uso de su sabiduría a partir de los argumentos del acusado, la misma instancia, en la reposición, cambió la decisión final. Tal vez Petro lo sabe, y por eso prefiere un fallo judicial, bien sea ahora, o en los años por venir.

* Escuela de Arquitectura y Urbanismo, Universidad Nacional. Exalcalde de Bogotá.