¡Ah!teísmo

¿Cuál es el objeto de estudio (o de ataque) del ateísmo? No está del todo claro. Algunas veces dan la impresión de ser diletantes, otras veces, parecen saber lo que dicen. En forma general, aquí y allá, sus contradicciones son evidentes cuando atacan lo que defienden: hablan de libertad y coartan las de los demás; se refieren a tolerancia, pero son los primeros intolerantes. Esa es su fe. No tengo otra palabra.

 

Por: Diego Firmiano

“Si algún día he de morir, Dios no lo quiera, que

este sea mi epitafio: la única prueba que necesité de la

existencia de Dios fue la música”

Kurt Vonnegut

 

“La ironía es útil para desacreditar ilusiones”

David Foster Wallace

 

Confieso que sobre esto no iba inicialmente el tema. Había pensado hacer un análisis comparado de cuatro debates dispares que me interesaban mucho. Uno de ellos, el del escritor Gore Vidal y el comentarista político William F. Buckley. El otro, el del ateo Christopher Hitchens y el apologeta William Lane Craig.  Los cuatro personajes, tres de ellos muertos ya, tenían en común tres cosas: intelectuales, polemistas, y con ideas y argumentos convincentes y claros.

Esa fue mi motivación inicial, luego viré hacia un tema que es uno entre muchos de mi interés, a saber, que el pensamiento ateo no resiste la prueba del tiempo y no se puede llevar hasta las últimas consecuencias.  Primero, porque la razón es una quimera y es un sistema que se acomoda a cualquier conjunto de ideas. Realidades como el suicidio, la dominación, la religión y la muerte no están exentas de razones claras, convincentes y lógicas. 

Ese racionalismo intenso resurgido desde la ilustración contenía luz y orden, pero también llevaba obscuridad y germen de destrucción. Prueba de ello es el llamado “siglo de las guerras”. Época de locura y de muerte del ideal humanista. Como dijo acertadamente el filósofo Nicola Chiaromonte:

“en nuestro mundo solo tiene voz la racionalidad más estricta, por lo que el absurdo irrumpe en él por todos lados, y las demandas de la locura humana, que reclama la parte que le corresponde, se convierten en amarga rebeldía y afán de destrucción”.

Así es que ya no es posible comprender el mundo actual con algo tan viejo y desgastado como la razón humana. El ateísmo es este razonamiento manido. No hay libertad, ni ideales humanos en este sistema, solo un anarquismo evidente, fanatismo y falta de intelectualidad. Ernest Hemingway dijo una verdad irónica que los ateos tomaron como seria: “todo hombre racional es ateo”. El viejo se ríe en su tumba mientras los creyentes de su frase aun no pueden sonreír porque consideran aquello poco intelectual.

 En esta premisa es que considero que hoy ser ateo y racional es una flagrante contradicción. Michel Onfray -quien me parece una copia de filósofo- en su afán de mostrar una racionalidad librepensante, hace una escueta descripción de los orígenes del ateísmo en su libro Tratado de ateología. Allí narra sobre la vida de dos personajes dispares, sin ni siquiera molestarse en explicar un contexto integral. Afirma temerariamente y sin más que un puñado de argumentos contados con los dedos de la mano: “así comienza la verdadera historia del ateísmo”.

Según él, esta corriente filosófica -porque así parece plantearlo- empezó cuando  un jesuita portugués llamado Cristovao Ferreira, quien fue torturado por los japoneses en 1614, renegó de su fe, afirmando que Dios no había creado el mundo, el alma es mortal, no existe el infierno ni el paraíso, el cristianismo es una invención, y literalmente un etcétera de abjuraciones; y cuando otro sacerdote, Jean Meslier -a quien llamo santo, héroe y mártir de la causa atea- escribe un testamento que fue leído post-mortem, donde ataca violentamente a la iglesia y su dogma, el estado y su autoritarismo y la aristocracia y su desvergüenza.

Pero esto en sí no dice nada. Onfray es un filósofo sobrevalorado. Pretender partir del testimonio de dos apóstatas que rechazaron de lleno sus creencias por verse condicionados por situaciones concretas, es una seria contradicción, si acaso no pereza intelectual. A lo que sí hay que darle crédito es a su idea de que la religión aliena al hombre de la verdad. Y en eso le estrecho la mano, pues concluyo lo mismo según mis investigaciones, evitando, confundir, religión con espiritualidad.

Y aquí entra la idea del propium, esa en la cual han caído todos los ateos para hacer afirmaciones categóricas en su propio círculo sin ir más allá.  La mayoría de ateos tienen problemas con la religión y en vez de desbaratarla, la atacan, emparejándose al mismo modus operandi inverso de la inquisición con juicios y sentencias contra Giordano Bruno, Galileo Galilei, Tomas Campanella y otros eminentes pensadores.  El ateísmo original tiene otra esencia y función que meras diatribas contra lo divino.

¿Es hoy propio del ateísmo acusar la fe de los niños, o atacar iglesias o pastores o curas? No. Esa forma de operar es propia de un espíritu resentido. Un ateo intelectual irá a las fuentes y descubrirá los agujeros negros de esos roles e instituciones que han sobrevivido hasta el siglo XXI.  El verdadero ateísmo no es una bronca contra las divinidades sino un disfrutar al máximo esas divinidades en la vida sensible, exquisita, libre. Nadie puede hoy leer seriamente el libro de Bertrand Russell Por qué no soy cristiano sin saber la razón de su aversión a la iglesia anglicana. principalmente; o a Christopher Hitchens, sin entender el suicidio de su madre en la postrimería de sus creencias cristianas en “la otra vida”.

Sostener el edificio intelectual de los héroes de la causa atea es un trabajo arduo. David Hume se burla de los poetas griegos para esquivar su teología; Feuerbach se convierte en abono para plantas gracias al materialismo; Nietzsche, enloquece, rompiendo la brújula de su espíritu, escribiendo a diestra y siniestra, con razón o sin ella (en su Ecce hommo llegó a afirmar que no fue Cristo, sino él, quien partió la historia en dos); a Paul Dietrich no le interesaba tanto el ateísmo (que entendió como una moda en la ilustración y que a propósito escribió un libro sobre el tema) como la geología y la ciencia. Y así históricamente los hombres, desde Voltaire hasta Sartre, de Dawkins, Sagan, Onfray hasta Mathew Kneale y Andre Comte Sponville, el pensamiento ateísta es arena movediza en la endeble arquitectura de la razón.

¿Entiende el ateísmo moderno a Epicuro o a Lucrecio por ejemplo? Es fácil sacar citas filosóficas sin comprender el trasfondo del autor. Si esta corriente agnóstica intelectual (recordemos que también hay un ateísmo sentimental, religioso y merluzo) se empeña en decir que Epicuro fue ateo, está simplificando, tomando argumentos dispares para ajustar una idea, y esto sería una evidente traición al filósofo de la libertad. El pensamiento es universal, pero no podemos obligar a Simón Bolívar a decir que él fue Don Quijote o a que San Agustín aprobó las ideas que llevaron a los Nazis a matar judíos en Treblinka.

El poeta Lucrecio nunca fue un intérprete de Epicuro. Lo admiraba y de ahí sus bello atisbo de inspiración. Recusa la religión y en ello reside su fuerza. Es famosa su frase: Religio peperit scelerosa atque impia facta (La religión ha parido empresas pérfidas e impías)Y así es que su poesía se convierte en un vehículo que busca entender la naturaleza del mundo para liberar al hombre de miedos y supersticiones que le impiden desarrollarse. Reducirlo a mero ateo es enfarragar su hermosa creación artística, tan humana, libre y universal; tan epicúrea y espiritual. Nietzche les mintió a los ateos y rompió toda regla hermenéutica e histórica cuando interpretó al poeta romano según sus rabiosos argumentos.

Hoy hay poca gente que debata con seriedad estos y otros temas.  Sin embargo, pienso, que quien se considere ateo, no le bastará con afirmar que no cree, sino que se hace necesario explicar ese por qué no cree, y para eso se necesita conocimiento, argumentos y valentía. En parte entiendo el por qué esquivan debatir seriamente.

Concluyo con el pensamiento de Goethe, que cuando aprobó la postura del poeta Schelling, le dijo a Riemer, su amigo:

A quien no le entra en la cabeza que espíritu y materia, alma y cuerpo, pensamiento y extensión… eran, son y serán el doble ingrediente del universo que exige el derecho de ser tomado en su conjunto como el representante de Dios, debería haber abandonado el pensamiento desde hace ya tiempo para dedicarse el resto de sus días al vulgar y mundano parloteo.

La erudición o las disputas entre especialistas puede esperar; la libertad de pensamiento, no.

@DFirmiano