CHARLAS DEL LUNES / CURSO DE LITERATURA DRAMÁTICA

Voltaire

Curso de literatura dramática y Ensayos de literatura y moral por M. Saint-Marc Girardin

Si me muestra menos puedo respirar para el mayor placer: si me atrapa desde el principio, la lectura de sus versos se convierte en estudio.

 

Charles Augustin Sainte-Beuve*

M. Saint-Marc Girardin. Fotografía / Cortesía

El objeto de su curso es la poesía francesa. Sin asumirla como los seguidores de los modernos. De la poesía lírica, esa rama que hace tantos honores a muchos talentos de nuestra época, se ocupó muy poco. Diría como un personaje de Montesquieu de Lettres persanes: “Según mi entendimiento los dramáticos son los poetas por excelencia, son maestros de las pasiones. Y los líricos, a quienes desprecio tanto como estimo a los anteriores, hacen de su arte una armónica extravagancia”. Hay aquí, ciertamente, un abismo en el cómo entiende y enseña Girardin la poesía. Con su espíritu habilidoso disimula como mejor puede este vacío. Pero la ausencia amorosa se hizo evidente a pesar de las maniobras. No le gusta la poesía pura, la de los estados del sueño y la fantasía. Joven la odió aún más, si eso es posible. Cuando dije que no había en él pasión o excesos me adelanté mucho: en un momento fue exceso de razón; la poesía lírica, joven y rebosante, fue negada, la despreció, y cuando aparece la ataca con ironía.

Hoy, ya establecida, la tolera y por eso desiste de combatirla. La fuerza de su crítica espiritualidad se concentra en lo dramático, donde resiste a los modernos. Confrontado a sí mismo a través de su negación lírica dirigió la victoria hacia la otra forma expresiva. Tuvo regularmente razón en sus críticas y por eso debe excusarnos si decimos que no fue siempre así. Sería muy humillante para todos que haya un crítico en estos tiempos que no se equivoque. El campesino ateniense no se lo perdonó a Arístides, y yo no dejaría de decírselo a Saint-Marc Girardin.

Sé bien lo que podría decirme un hombre de espíritu; sé ya lo que respondió. Tomando las palabras de Fénelon, al que tanto ama citar, dirá que no se trata de la poesía lírica en sí misma sino de los directos abusos y del lujo de imágenes donde se pierde. “Un autor con excesivo espíritu reduce y vacía el mío. No quiero tanto. Si me muestra menos puedo respirar para el mayor placer: si me atrapa desde el principio, la lectura de sus versos se convierte en estudio. Ciega la frenética claridad; busco, en cambio, una dulce luz que ilumine mis ojos cansados. Quiero poetas amistosos, semejantes de los demás, que hagan todo por ellos y poco para sí. Espero la sublimidad familiar, sutil y sencilla, que todos los hombres creen poseer y está reservada para unos cuantos. Sobre lo maravilloso y lo sorprendente elijo la honestidad amable”. Así hubiera dicho con Fénelon, y después con Voltaire −quiero citar excelentes espíritus; toda la verdadera retórica francesa, la retórica natural, está esparcida en sus escritos y es menester recogerla−, excusándose por no admirar la lírica moderna, respondería además con esas palabas tan bien adaptadas: “El gran arte, me parece, es el que prescinde de lo familiar por lo heroico, disminuyendo los delicados matices. ¡Mala suerte para ese género de obras grandes y serias! Aburren: no son más que declamación. Falta, en cambio, la pintura ingenua; falta la variedad de lo simple, elevada, agradable. No digo que la posea y bien me gustaría; por eso aquel que esté en ese camino es un amigo y es un maestro”. Por estas últimas palabras sentimos muy bien que es Voltaire quien habla, es decir, un devoto poeta del arte que, en un momento de admiración, es capaz incluso de querer a su rival con un salto de reconocimiento para abrazarlo. ¿Qué digo? Es ese movimiento propio del poeta que nunca percibo en el espíritu crítico. Anacreonte menciona que existe un pequeño signo, un no sé qué en el cual reconocemos a los amantes: el mismo que no podemos encontrar en el vacío que tiene la poesía lírica, la poesía pura, para Girardin.

[…]

 

La influencia de Girardin sobre la juventud fue real, y merece ser observada. Enemigo de la vanidad y el fuego de artificio, desbarató opiniones de moda desinflándolas como balones. Pero, sobre todo, es uno de los que más contribuyó a evitar la enfermedad de René en las generaciones jóvenes. ¿De qué se trata? Para combatirla de todas las formas posibles ha lanzado muchas definiciones. Descrita como la expresión clarividente de un joven poseído por el demonio aconsejado del santo Juan Crisóstomo. Es el joven Estagiro, el primer ejemplar reconocible de la familia de los Renés y los Werthers. De algún modo, Girardin expone al Estagiro dirigiéndole muchas verdades que las buenas maneras le impiden declarar en la cara al mismo René. El demonio del Estagiro, o su dolencia, el mal de René, es disgusto por la vida, es inacción y abuso del sueño, es el sentimiento orgulloso de soledad, la creencia del incomprendido, es el desprecio del mundo y sus destinos trazados, los cuales juzga indignos de sí, pues se estima el más solitario de los hombres, amante de su tristeza: el último fin será el suicidio. Pocas personas de nuestra época se han matado, si consideramos a quienes lo han intentado. Pero todos, en algún momento, hemos sufrido más o menos el problema de René. Saint-Marc, que hace excepciones de todo, explicó los efectos desastrosos y ridículos; obtuvo éxito disgustando a la juventud de tales experiencias. Bajo distintos tonos, como el de la burla y el afecto, aconsejó “no creerse superior a los demás; acepten la vida común. No enseñen desagrado contra la vulgar moralidad, ya que es la única buena. El demonio del Estagiro es la tristeza, la ausencia de energía, el desplome de la voluntad. Es la negación del alma”.

[Fragmentos]

 

*Cours de littérature dramatique par M. Saint-Mare Girardin (2 vol) –Essais de littérature et de morale, par le meme”, Causeries du lundi, tome 1, Libraire Garnier Fréres. Versión de Kevin Marín Pimienta. @_Sobreeldolmen_