CHARLAS DEL LUNES / EL POETA FERDOUSÍ (II)

El poeta tuvo razón cuando dijo, al principio del libro, comparándolo con un alto ciprés: “Aquel que se queda bajo un imponente árbol, se garantiza el mal a su sombra”.

 

Por /Charles Augustin  Sainte-Beuve

Durante los primeros años el poeta asiste a la realización del sueño. Su vida simulaba la eterna ebriedad de poesía. “Tuvo un apartamento contiguo al palacio, con una puerta que lo comunicaba al jardín privado del rey. Los muros de su estancia estaban cubiertos de pinturas sobre armas de toda especie, de caballos, elefantes, dromedarios y tigres, retratos de reyes y héroes de Irán; era el encargado de celebrarlos. Mahmoud ordena que nadie interrumpa su trabajo, defendiéndole la puerta, excepto de un amigo y de un esclavo encargado del servicio doméstico. El sultán le profesó ardorosa admiración, y le gustaba decir que usualmente escuchaba las mismas historias que decía Ferdousí, pero que solo con él parecían siempre nuevas, y además porque inspiraba en los auditores la elocuencia, la valentía y la piedad”. Cada vez que componía un episodio lo recitaba a su rey, quien se sentaba delante sobre una almohada; atrás aparecían los músicos y los danzantes, acompañándole cadenciosos.

 

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Pero el favor de los príncipes es tramposo. El mencionado Tasso, en medio de las delicias de Ferrara, nota el abismo: Ferdousí, en la corte de Gazni, ya lo presiente. Mahmoud empieza insensiblemente a enfriarse; sus ministros, percibiéndolo así, ejecutan negligentes órdenes; pagan mal al poeta, miserable ahora en medio del oro. Los poetas de la Corte, sus enemigos literarios, juzgaron su éxito por el interés que ocasionaba en los auditores, y no por su talento. En fin, alguna vez fue acusado de herético, el peor señalamiento en cualquier país. Después de doce años residiendo en Gazni, cuando su poema de aproximadamente sesenta mil dísticos (¡ciento veinte mil versos!) estaba acabado, Ferdousí sabe que el sueño de su fortuna se desmorona. La suma final que se le había prometido en oro llega en monedas de plata. Esa cantidad de oro que tanto había esperado y por la que nunca retrasó el avance del trabajo sería destinada a un asunto sensible. Cuando hablé de su ciudad natal pensé en la imagen habitual del niño sentado al borde del canal que pasa cerca de la casa de su padre el jardinero, donde se alimentaron los primeros sueños. Pero ese canal, vencido por las aguas, frecuentemente produce estragos. Por eso Ferdousí siempre contempló el proyecto de construir un dique con el dinero devengado. Quería convertirse en el benefactor de su región. Fue un noble poeta con el alma real.

Estaba bañándose cuando le dieron la irrisoria suma de plata. La dividió en tres partes: un tercio para el bañista, otro para el amigo que hizo llegar el recado, y con el último pagó una sola copa de fouka, especie de cerveza. No pudo guardarse nada. Antes bien, se apresuró a dejar la corte del sultán y en secreto, llevando un bastón, con hábito de derviche. Tenía alrededor de setenta años. Deja en manos de un amigo un papel sellado; le pide enviárselo al sultán al término de veinte días de la desaparición.

Una violenta sátira encuentra el sultán. Era la venganza del poeta, la fleche de Parthe que todavía existe. Leemos ahí:

Oh Rey, este es el homenaje que será recuerdo tuyo en el mundo. Los edificios levantados han caído en ruinas por el efecto de la lluvia y el ardor del sol; pero yo construí, en mi poema, un inmenso edificio donde la lluvia y el viento no pueden entrar.  

Ferdousí no tuvo necesidad de haber leído a Horacio u Ovidio para decir las mismas cosas, pues con la elevada conciencia de la fuerza y con un sentimiento más penetrante continúa tomando venganza, buscando justicia contra el rey ingrato:

Muchos siglos pasarán sobre este libro y quien posea inteligencia lo leerá. Viví treinta y cinco años en la pobreza, con miseria y fatigas; tú me hiciste aguardar otra recompensa; ¡y yo no esperaba más del maestro del mundo!.. pero el hijo de un esclavo no puede valer gran cosa, así su padre haya sido alguna vez un rey… cuando vayas a plantar en el jardín del Paraíso un árbol cuya especie es amarga, cuando riegues las raíces en el justo momento con el agua pura de miel extraída del arroyo del Paraíso, enseñará al final siempre su naturaleza y cargará frutos amargos.

No es un deseo egoísta de venganza el motivo de esta sátira. Hay una idea más elevada:

Observa aquí porque escribo estos enérgicos versos: para que el rey atienda al consejo, porque él mismo conoce el poder de la palabra, para que pueda así reflexionar con la intención que le ofrece un viejo, y que no siga lastimando otros poetas, y porque necesito el honor devuelta. Y además un poeta herido compone una sátira que dura hasta el día de la Resurrección.

Una exaltada predicción que resultó cierta tanto para Ferdousí como para Dante.

Después de ese impávido momento, erra durante años, buscando el refugio de una nueva corte donde no se admita la furia del sultán. Pero, en fin, creyendo que las cosas estaban apacibles y olvidadas, regresa a la ciudad natal. Un día de camino por el bazar entendió la voz de un niño que recitaba un verso cruel de la sátira que ya recorría el mundo. El viejo poeta sale bruscamente, se evapora; lo encontraremos en su casa, muerto, con ochenta años. Lo entierran en el jardín. Durante los primeros instantes el jefe religioso de la ciudad se rehúsa a leer las oraciones habituales delante de la tumba, bajo el pretexto de la antigua sentencia de herejía y, claro, para evitarse disgustos con el sultán. Pero se arrepiente, y advertido por la voz pública, pretende haber visto en un sueño al poeta en el cielo, llevando un vestido verde y sobre la frente una corona de esmeraldas; así pudo finalmente sentirse autorizado a hacer el tributo acordado con los fieles.

Mientras tanto, el sultán Mahmoud reconoce que cometió una injusticia, enviándole al poeta las cien mil monedas de oro que le debía, junto a una honorífica túnica y un mensaje: se excusaba. Pero como a Tasso,  el homenaje es tardío: encuentra una tumba. En el momento que los camellos cargados de oro llegan a una de las puertas de Thous, el fúnebre convoy sale por otra cualquiera. Los presentes del sultán se hacen llegar a la hija del poeta que los rechaza con palabras dignas del padre: “Sé cuáles son mis necesidades, y la riqueza no es una de ellas”. Pero el poeta tenía una hermana que recordaba el deseo infantil de construir un día un dique de piedra para contener el río de Thous; para que su recuerdo fuera de la comunidad. Aceptó la suma y el tan deseado dique fue elevado: cuatro siglos después se podían encontrar las ruinas.

Resumiendo, así fue la vida de Ferdousí, como la encontré en el trabajo de monsieur Mohl.

Podemos adivinar entonces que un poema nacido de ese corazón no hizo una obra vulgar. Tengo espacio para ofrecer una idea un poco general. El libro se compone de una serie de capítulos sin continuidad lineal. Recuenta toda la historia de los primeros reyes de Persia, de los fundadores dinásticos. Lo hace recurriendo a las transmisiones de la memoria; es desbordante su imaginación sobre la mágica belleza de los pueblos orientales. Abundan las fábulas, cubiertas de símbolos que no hay necesidad ahora de comentar. La verdadera poesía épica, porque está viva, tiene la necesidad de ahondar en las raíces populares, y sacar la savia, sin la cual no se producen más que obras de gabinete, bellas quizá, pero frías siempre.

Virgilio solo tuvo éxito creando una epopeya de esta última especie; Homero nos ofrece el modelo resuelto de la primera. Al leerlo sinceramente podemos capturar el fondo de las cosas transmitidas por generaciones, y el genio individual que las hace suyas. Pero, pasando al mundo oriental donde todo nos es extraño, es difícil darse a estas historias de tradiciones maravillosas, gigantescas, que no nos conciernen en ningún grado y, por eso aquí tengo la vergüenza, pensando en ese flujo de colores nuevos, que convendría retomar propiamente lo concerniente al talento poético.

Este genio, tal como se expresa en las partes ordinarias y como recitativas del poema, es moral y solemne. Viendo sucederse tantas dinastías y tantos siglos que de lejos son apenas un día, el poeta logra encontrar la fuente de la inestabilidad humana, de la vital fugacidad y los años resplandecientes, sobre la nada que es todo (excepto el renombre: porque creía en la gloria de la poesía).

Fuera de eso, se consintió al desapego tranquilo, universal, a esa especie de epicureísmo trascendental, el mismo que encontramos en las exhalaciones de la Sabiduría salomónica. Ese tema perpetuo se reúne gracias a una imaginación desbordada. Ferdousí le agrega un sabor particular, una disposición de clemencia y compasión que palpita la cercanía de la India.

Por ejemplo, uno de los mejores reyes de las primeras dinastías, Fereydun, tuvo tres hijos. Estos hermanos, a diferencia del último que tiene otra madre, fueron personalidades muy diferentes. Devorados por la ambición los dos primeros, celosos a causa de la preferencia evidente del padre hacia su último hijo, decidieron vengarse. Es la conjuración de los hijos de Jacob contra su hermano José. El joven, el virtuoso Iredji, es advertido por el mismo progenitor del infortunado destino que le planean, y contra ellos no empleará otras armas sino las de la persuasión. Observando con cariño a su padre le dice las bellas palabras que siguen:

¡Oh Rey! Piensa en la inestabilidad de la vida que pasa sobre nosotros como el viento. ¿Por qué el hombre que la siente se aflige? El tiempo marchitará la alegría de la rosa y obscurecerá el ojo del alma. El comienzo de la vida es un tesoro, en el fin solo hay penas, y después nos vamos de este viaje pasajero. Porque nuestra cama es la tierra y nuestro dormitorio una baldosa, ¿para qué plantar hoy un árbol cuyas raíces se alimentarán de sangre, cuyos frutos serán de la venganza? Trono, corona y diadema: no me importan. Iré sin armas hasta donde mis hermanos y les diré: ¡Mis ilustres que me son queridos como mi cuerpo y mi alma, no me causen más dolor, no me piensen para el odio! El mal no conviene a los creyentes.

Iredji finalmente ejecuta el itinerario imaginado. Llegará hasta ellos con su espíritu pacífico. Aunque en un ataque de furia un hermano lo golpea brutalmente buscándole la muerte atina a decirle:

No tienes tú ningún temor de Dios, ¿no hay piedad hacia tu padre? ¿Es esta tu voluntad? No me mates, porque, al final, Dios te someterá a la tortura que paga el precio de mi sangre. Desde el día en que te hagas asesino no verás más mis rastros. ¿Cómo puedes conciliar estas dos cosas, que has recibido la vida y quieras quitársela a otro? No le hagas mal a la hormiga que carga un grano de maíz, porque es una vida y la vida, un bien….

Espíritu de sabiduría, justicia, dulzura y elevación atraviesan el inmenso poema, y con él respiramos en los momentos de luz. El poeta tuvo razón cuando dijo, al principio del libro, comparándolo con un alto ciprés: “Aquel que se queda bajo un imponente árbol, se garantiza el mal a su sombra”. Ese sentimiento de moralidad profunda es animado, en el camino recorrido, por partes brillantes y ligeras, como conviene al poeta del país del duraznero y la rosa.

*Le livre des rois, par le poete persan Firdousi publié et traduit par M. Jules Mohl, Causeries de lundi, París, Garnier frères, 1857 (3e éd.), tome premier. Versión de Kevin Marín Pimienta (@_sobreeldolmen_).