Son los consejeros y oradores que después de tres o cuatro siglos todavía hablan al oído; Montaigne sobre todo asunto y de todas las horas, Commynes sobre el Estado…

 

Por / Charles-Augustin Sainte-Beuve*

Memorias de Philippe de Commynes

(Nueva edición publicada por Mlle. Dupont)

7 de enero de 1850

Philippe de Commynes es, en fecha, el primer escritor verdaderamente moderno. Aquellos lectores que no quieran ir muy atrás, ni entrar en consideraciones eruditas, para quienes no piensan sino una moderna, pequeña biblioteca francesa, deberían, al menos, disponer de Montaigne y Commynes. Son poseedores de nuestras ideas, las mantienen con un sentido óptimo, comprenden el mundo, la sociedad, el arte particular de saber vivir y saber conducirse, como quisiéramos ser hoy; cabezas sanas, juiciosas, dotados de un sentido fino y seguro, plenos de una experiencia no amarga, sino disfrutable, consolante, y diríamos, placentera. Son los consejeros y oradores que después de tres o cuatro siglos todavía hablan al oído; Montaigne sobre todo asunto y de todas las horas, Commynes sobre el Estado, la fuerza y el secreto de las grandes cosas, lo que llamaremos desde ahora los intereses políticos modernos, tantas maniobras que ejecutaron los hombres de su tiempo, y que no dejan de fluir hacia nosotros. Lo que parece ingenuo en ellos no es sino una gracia, floritura que ornamenta la madurez, y de ahí que sus experiencias, consumidas, tengan a nuestros ojos no sé qué aire de precoz novedad, agradables e incisivas, insinuadas. Nos figuramos que los cómplices del conocimiento tienen cabellos blancos, y grises los prudentes; pero aquí solo escuchamos risas. Como la juventud hablan con frescura.

La edición que anuncio es toda una ocasión para releer a Commynes. Publicada bajo los auspicios de la Societé de l’Historie de France no sólo es mejor que la anterior, sino la única verdaderamente buena, digna de ser reputada un clásico. Y por el texto que la editora restituyó siguiendo una comparación exhaustiva de los manuscritos, y por la mención de nombres propios, muchos de los cuales habían sido desfigurados, y por las notas sobrias y precisas que esclarecen los lugares esenciales, en fin, por la biografía misma de Commynes, completa y esclarecedora de los puntos más importantes. El reconocimiento aumenta si pensamos que tantos buenos oficios, donde el eminente historiador es objeto, son de una mujer. L’Académie des Inscriptions reconoció el sólido y modesto mérito otorgando la primera medalla a Mlle. Dupont de la serie de trabajos sobre las antigüedades francesas. Los lectores, que conocerán a Commynes con mayor placer y facilidad, elevamos un sentimiento de estima a la excelente editora.

Al salir de la infancia, dice Commynes, en la edad posible para cabalgar, fui conducido a Lille para ver al duque Charles de Bourgogne”. Con diecisiete años se acomodó los estribos y entró pleno a la escuela del mundo. Hasta ese momento había sido mal educado por su tutor, no sabía griego ni latín, como se arrepintió más tarde; pero no lo lamentemos por él ni por nosotros: tuvo menos problemas evitando la pedante retórica de su tiempo. Las Memorias escritas durante el retiro fueron dedicadas al amigo Arzobispo de Viena, con la esperanza de que él, antiguo capellán de Louis XI, y, además, sabio médico y astrólogo, las convirtiera al latín como nueva obra de importancia. Parece una disculpa, un pequeño acto de educación. Como sea, su escrito, menos ambicioso, donado como material útil para otros, es la historia definitiva de aquellos tiempos; un monumento de ingenuidad, verdad y finura. La historia política de Francia proviene de tal acontecimiento.

Louis XI (1423-1483) durante el sitio de París. Miniatura de un manuscrito del siglo xv. Fotografía / Getty Images

Antes de servir a Louis XI, Commynes estuvo atado al heredero de Borgoña, el príncipe que sería Charles le Téméraire. Apenas llegó Louis XI al trono se desvelaron todas las suspicacias de la nobleza contra un príncipe no caballeresco. Se armaron para defender ambiciones feudales; fueron La Ligue du bien public. Todos sus grandes vasallos combatieron al rey en algunos lugares de la capital, como en la parte baja de la colina de Montlhéry (1465). Es la primera batalla que presencia Commynes y nada es tan incisivo como el relato que le compone. Nunca un hombre estuvo tan desencantado de la apariencia militar y aun así emprende su descripción. Del lado del ejército de Borgoña advierte cómo se presenta con fasto un contingente de hombres mal armados, andrajosos, con uniformes roídos por una larga paz de treinta años. Se presiente el avance de la decadencia; el primer choque violento será la ruina. Hace alrededor de un siglo que Froissart, el último de los más brillantes historiadores de la Edad Media, describió la épica, grandiosa Batalla de Poitiers (1356). Después no se conoció nada con esa claridad, con la destreza para aventurarse en nimios episodios como en intricadas relaciones, culminando con una heroica escena, además. Se distingue el plan general como una relación moderna, y cada duelo particular son combates de la Ilíada. Si el relato de Montlhéry fue una parodia de la batalla de Poitiers, el lugar y las circunstancias ayudó que así fuera. La batalla ocurre al revés del plan y no hay sentido común. Charles, queriendo combatir en Longjumeau, posicionó al condestable de Saint-Pol en Montlhéry, y cuando Louis XI quiso eludir el combate ocurrió lo contrario. En ambos bandos hay traiciones o, al menos, dobles fines: del lado de Borgoña, Saint-Pol, y del rey, Pierre de Brézé, falsos caballeros que figuraron en las primeras líneas del plan. En el momento que el combate empieza los borgoñeses invierten la decisión del Consejo. Los hombres del rey resistían replegados detrás de una enramada y un pozo; necesario fue atacarlos con arqueros. Ellos, según Commynes (la infantería de nuestros días podría ser su equivalente) son “los más importantes en las batallas”, pero deben ser miles: pequeñas cantidades son nada. Dice que es mejor si no se sirven de caballos, y no van muy equipados, para no sentir remordimiento de las pérdidas. Commynes, en fin, esclarece las verdaderas razones, y como lo hace sobre el heroísmo, dirá que los mejores arqueros se mantienen a retaguardia porque el hierro del enemigo (nosotros diríamos el fuego) no debe imaginarse pronto. Hay que evitar el peligro hasta el momento justo. Los mejores arqueros son los que no lanzan ingenuamente contra el enemigo. Pero a los caballeros borgoñeses no les alcanzó la paciencia para disfrutar los efectos de tal maniobra, pues enardecidos pasan sobre los arqueros que los preceden (“la flor y la esperanza del ejército”) sin dejarlos disparar una sola flecha. Resultó cierto “que las cosas no ocurren sobre el campo como se imaginan en la cama”. ¡Las ideas de un solo hombre no ordenan multitudes! En este punto se interrumpe argumentando que un hombre de razón natural no ofende a Dios intentando descifrar el destino: “las batallas están en su mano, dispone victorias a su parecer”. Dios y el Cielo frecuentemente son consideraciones de peso. Podemos preguntarnos si es franqueza o si, en cambio, es para cubrir sus atrevimientos y malicias. Pero el pensamiento se eleva, naturalmente, y la misma reflexión sirve para sabias y enormes batallas. Como regularmente sucede, las idioteces permitieron el triunfo de los borgoñeses del siglo XV. El ala derecha, comandada por Charles, victoriosa. Commynes estuvo todo el día a su lado, “con menos temor del que pudo tener en cualquier otro lugar desde entonces”; y ofreció la razón: era joven y sin conocimiento del peligro. Así se muestra en Montlhéry, así será más tarde en Fornoue y sus alrededores, sin concesiones a su vanidad. Palpitando sangre fría no alardeó heroísmo militar. Y es de la opinión, como su futuro maestro, que “la guerra es latrocinio”.

La ironía de Commynes aparece en este primer relato. Contamos el acontecimiento como pretexto de ella. Un ala, decíamos, resultó victoriosa, abatida la otra. En algún momento todas las partes se creyeron perdidas. De lado del rey hubo un gran personaje que galopó hasta Lusignan, en Poitou, sin descanso. Y del lado de Borgoña igualmente otro gran hombre no llegó menos rápido a Quesnoi, en Hainaut. Claro está que estos dos, dijo Commynes, no esperaban morderse mutuamente.

Conquistado por Charles cae la noche sobre el campo de batalla. Commynes enseña su geografía, tal como son todas [1]: la comida del duque, sobre un paco de paja, en medio de muertos y agonizantes; en algún momento alguien grita fuerte, levantándose, pidiendo un poco de bebida. La noche fue de éxtasis, y se dieron por perdidos si el enemigo aparecía en la mañana. Frecuentemente dice el Te Deum del historiador: apenas nos salvamos. Y concluye diciendo que, después de todo, en asuntos de guerra los comportamientos son de hombres, jamás de ángeles.

Uno de los eventos curiosos de esta placentera victoria en Montlhéry fue el inflamiento del corazón de Charles que desde ese día se creyó un Alejandro. No soñaba más que en guerra y conquista; rehusó, asimismo, el consejo de cualquiera. Nunca, durante siete años que Commynes hizo la guerra a su lado, lo vio expresando fatiga, ni confesar incertidumbres. Así fue el príncipe con el que compartió esta expedición, en calidad de chambelán y consejero. Trató en vano de moderarlo y de insinuar su prudente juventud. Sin duda más de una vez se apiadó de él. Se cuenta la historia donde el duque lanza una bota provista de espuelas contra su rostro, sin duda como agradecimiento por algún buen consejo. Brutalidades como esas no se olvidan. En muchas ocasiones Commynes se levanta contra la bestialidad de los príncipes; sin cesar opuso sabios de insensatos. Sintió repulsión hacia los reyes brutos, sordos al consejo, “que no han tenido nunca temor ni dudas ante el enemigo, y los tendrán en la humillación”. Vemos bien en quién pensaba al escribir así. ¿Si esto sucedió con Charles, cómo serían aquellos con el sentido común devastado? En todo caso, cuando lo nombra es con discreción y conveniencia. Y lo juzga: “Muy poderoso de personas y dinero, pero incapaz de audacia y sentido para sus asuntos”. Tal palabra, audacia, suele aparecer en sus escritos y siempre como cualidad. “Fue un hombre sabio y audaz”, dice sobre uno de sus personajes. Así en la lengua, y con Commynes, desaparece el reinado de la caballería ante el surgimiento de la burguesía.

[Fragmento]

[1] Ver la carta del marqués de Argenson a Voltaire, escrita en el campo de batalla de Fontenoy (Commentaire historique…Tomo I de las Obras de Voltaire).

* “Mémoires de Phillipe de Commynes”, Causeries du lundi, tome 1, Libraire Garnier Fréres. Versión de Kevin Marín Pimienta (@_Sobreeldolmen_).