El valle de los olvidados: el Aburrá ancestral

Aunque eran los pobladores originales del Valle, los aburraes fueron olvidados. De su lengua solo vive la palabra Aburrá y de la mayoría de tumbas solo quedan los signos de la guaquería. El cerro sagrado de Nutibara tiene el nombre del que era su enemigo, a la vez que su estatua, mientras que ellos solo figuran tímidamente en los libros de historia de Medellín. Su cultura desapareció con la Conquista española y, aunque eran carentes de oro, la fertilidad de sus tierras fue la riqueza que atrajo a los colonos españoles a asentarse y ejercer su señorío en el valle. Pero, aunque ahora resulte casi imposible pensar el valle que los aburraes habitaron, ¿qué pasaría si nos imagináramos una ciudad sin ladrillos y cemento, y en su lugar encontráramos bohíos de guayacán y guadua, con techos de palma?

 

Escribe / Felipe Osorio Vergara, Emmanuel Zapata Bedoya, Alejandro Jaramillo Londoño, José David Chalarca Suescum

Ilustra / Stella Maris

 

La industria en Antioquia fue liderada por las fábricas textiles de Medellín. La idea de progreso, presente desde la Colonización antioqueña al sur, había encontrado un nuevo norte en los telares fundados a finales del siglo XIX en la por entonces Villa de la Candelaria. Sin embargo, la vocación textil del Valle de Aburrá se remonta más de 2.000 años atrás.

Los aburraes empleaban volantes de huso de cerámica, hueso o madera para el proceso manual del hilado. Estos volantes servían como contrapesos para girar el trozo largo de madera (huso), en el que se hilaba el algodón.
Ilustración / Stella Maris

Los indígenas que habitaban lo que hoy es el Valle de Aburrá eran expertos tejedores de algodón, como escribió el antropólogo y doctor en arqueología e historia, Pablo Aristizábal, en su libro Los Aburraes: Tras los rastros de nuestros ancestros: “los aburraes fueron un pueblo de textileros, pero no producían su materia prima, sino que se especializaron en el hilado y la elaboración en telares de mantas de algodón tejidas y pintadas, las cuales luego eran comerciadas con otras poblaciones”.

El clima del Valle de Aburrá no es propicio para el crecimiento del algodón, por lo que se cree que lo obtenían por medio del intercambio con poblaciones de las zonas cálidas del río Cauca. Por ejemplo, en las crónicas de Juan Bautista Sardela de 1541 se destaca la “mucha cantidad de algodón” que había en las aldeas de los nativos del Sinifaná, actual Suroeste antioqueño.

Los habitantes prehispánicos del Valle eran comerciantes de bienes como mantas y sal, y tenían una red de caminos en piedra que los conectaba con otros grupos indígenas, como narró Pedro Cieza de León en sus crónicas de 1541: “Se vio un camino antiguo muy grande, y otros por donde contratan con las naciones que están al Oriente, que son muchas y grandes, las cuales sabemos que las hay más por fama que por haberlo visto”.

Cabe resaltar que los caminos indígenas no estaban diseñados para el tránsito de caballos y mulas, pues en América no había animales de carga; las mercancías se transportaban a pie.

En algunos casos, había bohíos al lado del camino cada cierta distancia que, presumiblemente, podrían servir para reabastecer a los mercaderes y cargueros, como se lee en las crónicas de Sardela de 1541: “había ciertos bohíos como a manera de ventas, y estaba un bohío, y a dos leguas el otro, y en cada uno había sembrado su comida de maíz y yuca”.

Estos puntos de reabastecimiento o intercambio al lado de los caminos son un antecedente de las fondas del siglo XIX y principios del XX.

El origen de Aburrá

El Valle de Aburrá tiene registros de ocupación humana desde hace aproximadamente 10.000 años, cuando grupos de cazadores recolectores vagaban por el Valle buscando alimento.

Para el 5.000 antes del presente ya estaban asentados y se dieron los primeros desarrollos agrícolas y alfareros, período denominado como Cancana. Luego llegó la época Ferrería hasta el 400 de nuestra era, y después el Marrón inciso más o menos hasta el 800, nombre inspirado en el diseño de las vasijas.

Estos períodos fueron llamados así desde la arqueología basados en la tecnología alfarera alcanzada por los grupos humanos en un lapso de tiempo determinado, pero también porque hay ciertos patrones de comportamiento y de enterramiento que coinciden con el estilo cerámico. No obstante, “para la arqueología no es posible, estrictamente, definir cuándo inicia un período o cuándo termina”, afirmó Juan Pablo Díez, antropólogo y arqueólogo de la Universidad de Antioquia.

Explora el museo interactivo a continuación para hacer un recorrido por los diferentes períodos cerámicos y etapas de poblamiento en el Valle de Aburrá.  

 

Los aburraes se identifican con los grupos humanos tardíos que vivieron en lo que actualmente es Medellín y su Área Metropolitana, es decir, desde el 800 de nuestra era, aproximadamente, hasta el contacto con los españoles en 1541. Cabe la salvedad que se desconoce cómo se autodenominaban. “La mayoría de arqueólogos no nos atrevemos a hablar de los aburraes, sino de grupos humanos tardíos para no nombrarlos así porque no tenemos certeza”, señaló Díez.

Este nombre llegó a nosotros debido a las crónicas españolas, puesto que no hay registros de cómo se llamaban en su lengua. Hay dos teorías para este nombre:

1- El término Aburrá hace referencia al río que atraviesa al Valle. El arqueólogo Aristizábal consignó esta hipótesis en su libro: “es posible que el sufijo ‘á’ esté asociado a ‘río’ o ‘lugar de’ o ‘pueblo de’ en la lengua nativa de los pobladores del Valle en la época precolombina”.

2- Aburrá significaba rodillo para pintar. Como explicó el historiador de la Universidad de Antioquia, Carlos Gaviria Ríos, sustentado en la hipótesis del historiador Roberto Luis Jaramillo: “Los españoles los nombraron aburraes porque vieron que utilizaban una herramienta que es un pequeño sello con el que hacían estampaciones en sus cuerpos y en las telas que ellos fabricaban, y que se llama aburrá en lengua catía”.

En la primera expedición al actual Valle de Aburrá, los españoles, comandados por Jorge Robledo, lo llamaron Valle de San Bartolomé, pero afirmaron que los indígenas lo denominaban Aburrá. “Esta provincia se llama, en nombre de indios, Aburra y le pusimos por nombre el valle de San Bartolomé. Aquí estuvimos quince días”, como se lee en las crónicas de Juan Bautista Sardela de 1541. Por tanto, a los habitantes del Valle los llamaron aburraes. Pero, ¿quiénes eran?

 

Belicosos, labradores y tejedores: radiografía de los aburraes

Los aburraes eran grandes agricultores que supieron aprovechar la fertilidad del Valle. “Son grandes labradores, tienen mucha ropa, mucho de comer, así de carne como de frutas, porque tienen grandes arboledas y están en aquel valle que es muy ancho y vicioso”, narró Jorge Robledo en sus crónicas de 1541.

Impresión semejante se llevó el cronista Sardela, quien describió las abundantes cosechas de los indígenas: “Había comida de maíz para más de dos meses (…), y en los bohíos, sin contar lo que en el campo estaba, se halló mucha infinidad de comida, así de maíz como de frísoles, que son como alverjas, y muchos curies que son como conejos, salvo que son más chiquitos, que tienen muy lindo comer, y muchos perros medianos como los de Castilla salvo que son mudos”.

Sobre lo anterior, la antropóloga y magíster en arqueología, Sofía Botero, propuso en su libro Huellas de antiguos pobladores del valle del río Aburrá que, en el pasado, en las zonas planas del valle, había abundantes humedales y zonas inundables que pudieron servir como fuentes de alimento y materias primas para los indígenas. Allí encontraron plantas, peces, aves y anfibios, pero también arcillas, arena, juncos y sedimento para fertilizar el suelo.

Si bien la tierra era colectiva y no había propiedad privada, existía jerarquización social, como se evidencia en las tumbas. “Algunas tumbas tienen elementos complejos en los que podría suponerse que, a mayor *ajuar y mayor decoración, mayor importancia del individuo, aunque eso no deja de ser muy especulativo”, explicó el arqueólogo Juan Pablo Díez.

Una de las teorías sobre la organización de los aburraes se propone en el informe de las corporaciones Gaia y Corantioquia, Territorios culturales, contextualización y ubicación de los asentamientos aburraes. Allí se señala que tenían jefes que lideraban varios grupos y que se unían para confrontar militarmente a sus enemigos comunes, como lo describió Sardela en sus crónicas:

“Antes que al valle llegase [avanzada de Gerónimo Luis Tejelo] salió el sol y los indios lo divisaron y tocaron sus tambores y bocinas y juntáronse hasta mil, y los españoles serían hasta veinte de a pie y doce de a caballo, y como ellos nunca habían visto cristianos, le salieron al camino y sin dar lugar a que se les hiciese parlamento alguno, tuvieron con ellos su escaramuza, que les duraría tres horas. Fue bien reñida de ambas partes, e hirieron seis o siete españoles y mataron e hirieron caballos, donde los españoles se vieron en gran riesgo de perder”.

Los españoles tenían la costumbre de nombrar los sitios en honor al santo del día. Se presume que este fue el caso del Valle de Aburrá, avistado el 24 de agosto de 1541 y denominado por los conquistadores valle de San Bartolomé por ser el día de este santo católico.
Ilustración / Stella Maris

Lo que se narra en las crónicas españolas rompe el paradigma que por varias generaciones identificó a los aburraes como una comunidad fácil de someter. Incluso, Jorge Robledo los tachó de “belicosos en la guerra” y temió algunas de sus armas, como las macanas, las hondas para lanzar piedras, y las estólicas, que arrojaban dardos largos de madera tostada de palma.

Cuando los españoles subyugaron a los aburraes, muchos de ellos prefirieron el suicidio antes que quedar bajo su servicio. El cronista Pedro Cieza de León lo relató así: “Cuando entramos en este valle de Aburrá, fue tanto el aborrecimiento que nos tomaron los naturales de él, que ellos y sus mujeres se ahorcaban de sus cabellos o de los maures de los árboles, y aullando con gemidos lastimeros dejaban allí los cuerpos”.

En la misma línea, el cronista Sardela contó un relato semejante:

“Aconteció en esta provincia a algunos españoles yendo por fruta y caza de aves, ir donde algunos indios estaban y así como los veían se quitaban una manta de vara y media de largo y de una de ancho con que traen tapadas sus vergüenzas, se la quitaban y se daban una vuelta al pescuezo y se ahorcaban (…) Y el capitán les mandó a llamar y les preguntó con la *lengua que por qué se ahorcaban, dijeron que porque se espantaban de ver a los españoles y de las barbas y que por esto se habían ahorcado muchos”.

Conoce un poco acerca de los hombres que integraron la expedición española que llegó al Valle de Aburrá en 1541.

 El final de los aburraes

Después de estar quince días en el Valle, la expedición de Robledo se marchó, pero las secuelas quedaron.

Aparte de los indígenas que se habían ahorcado y los que habían muerto en las escaramuzas contra los españoles, la principal causa de muerte se debió a las enfermedades, como explicó el historiador Carlos Gaviria Ríos: “los indígenas se vieron sometidos a una presión epidemiológica que hizo que sus familias desaparecieran. Eran agricultores y tejedores que terminaron cediendo ante la presión de las epidemias, enfermedades, y el trato del conquistador”. Además, como narró el arqueólogo Juan Pablo Díez en el Plan de Manejo Arqueológico de Metroplús Envigado 2014, este gran número de muertes causó una ruptura cultural, social y económica en las comunidades del Valle.

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Por más de 30 años no hubo mayor presencia española en el Valle de Aburrá. Sin embargo, desde 1574 Gaspar de Rodas adquirió terrenos allí, mientras que para 1581 el gobernador de Popayán, Sancho García, le otorgó tierras a su criado Juan Daza en la jurisdicción del Valle. Estos fueron los puntos de partida para el asentamiento de españoles en el Aburrá, quienes aprovecharon la fertilidad del suelo para convertirlo en la despensa de alimentos de Santa Fe de Antioquia y las minas de Cáceres y Zaragoza.

Los aburraes formaron parte de las *encomiendas españolas y trabajaron para las haciendas. Pero como su número disminuía, las autoridades españolas tuvieron que traer indígenas de otras áreas de Antioquia para suplir la demanda de mano de obra.

Gracias a las leyes del Nuevo Reino de Granada se autorizó la creación de resguardos. En el caso de Antioquia se crearon después de la visita del Oidor Francisco Herrera Campuzano, que organizó, entre otros, el resguardo de San Lorenzo de Aburrá en marzo de 1616, en el actual barrio El Poblado, suroriente de Medellín. Allí, además de los aburraes que quedaban, fueron trasladados indígenas yamecíes, peques y ebejicos, que habitaban la zona del Occidente antioqueño.

Los últimos aburraes se mezclaron con los demás indígenas del resguardo y con los españoles, perdiendo su identidad propia y siendo asimilados por la cultura dominante de blancos y mestizos.

Aunque por siglos fueron eclipsados por la herencia hispánica y su población fue llevada al borde del exterminio, su legado aún existe. Quizá, el ejemplo más fehaciente de su presencia está en el nombre del Valle. Aburrá, una palabra que, pese a desconocer cuál era su sonoridad en el lenguaje de los indígenas del Valle, fue apropiada por el idioma español que, sin saberlo, ha mantenido vivo el legado de la cultura que destruyó.

Si resulta cierta la tesis que sostiene que las cosas existen cuando son nombradas, entonces los aburraes están más vivos que nunca. Aburrá, una de las palabras de su lengua, se menciona miles de veces, diariamente, por los casi 4 millones de personas que, hoy día, habitan el Valle que ellos llamaron hogar hace más de 500 años.

Conoce en esta infografía interactiva la creencia que tenían los aburraes en torno a la muerte.

* Glosario
*Lengua: los lenguas o lenguaraz eran aquellos indígenas que habían aprendido el castellano y servían de intérpretes para los conquistadores. En muchos casos, eran cautivos o nativos cristianizados que habían sido puestos al servicio de los españoles desde muy jóvenes, por lo que aprendían fácilmente su idioma. Por ejemplo, la célebre India Catalina de Cartagena era una indígena lengua o intérprete.
*Ajuar funerario: hace referencia a los objetos depositados en las tumbas para acompañar al difunto. En muchas culturas se creía que, en el más allá, las personas continuaban ejerciendo las labores que realizaron en vida, por lo que eran enterradas con sus artículos personales.
*Encomienda: fue una institución española vigente durante la Conquista y gran parte de la Colonia. Consistía en repartir indígenas o grupos de ellos a un español (conocido como encomendero), quien tenía el deber de evangelizarlos y educarlos. A cambio, los nativos debían pagar con metales preciosos, algodón, o con su fuerza laboral los “favores” dados por el encomendero. A la larga, fue una forma de explotación indígena al servicio de la Corona, pues fueron recurrentes los abusos y maltratos a los que estuvieron sometidos los aborígenes.

Para saber más

Escultura en honor al cacique Nutibara, en la cima del Cerro Nutibara de Medellín.
Fotografía / Felipe Osorio V.

El Cerro Nutibara fue bautizado así en honor al cacique Nutibara, un líder nutabe oriundo del Occidente de Antioquia que combatió a los españoles. Si bien en Medellín se le ha rendido tributo, este guerrero no era del Valle de Aburrá. Incluso, se cree que era enemigo de los aburraes.

El antropólogo y doctor en arqueología e historia, Pablo Aristizábal, expuso esta teoría en su libro Los Aburraes: Tras los rastros de nuestros ancestros: “La provincia de Aburrá y el territorio de los nutabes eran lugares diferentes, pero que posiblemente se dio una invasión y conquista, por lo cual los aburraes quedaron bajo el dominio de los nutabes”.


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