Sería interesante, a futuro inmediato, ver a autores que se desliguen de la promoción de su figura –como estrella del espectáculo– anteponiendo a ella la calidad de su obra, la temática que tratan.

Por: Rafael Patrocinio Alarcón Velandia*                                                                          

“Lo peor que le puede pasar a un escritor es que su vanidad sea superior a su ambición literaria”

 José Ovejero

 

Asistiendo a las diversas ferias de libros en Colombia en los dos últimos años (Manizales, Pereira, Bucaramanga, Cali, Medellín, Cartagena y Bogotá), examinando con juicio los programas que se han ofrecido, como el de Pereira 2017 que acabo de revisar, me queda una sensación de tristeza y un sabor amargo por la ausencia del “espíritu del libro”, el culto al mismo como eje central de dichas reuniones feriales. Hasta su nombre feria suena disonante para lo que se esperaría de un espacio cultural, nutrido con debate de ideas, de apuestas por temas literarios, de crítica literaria como género y de creación de lectores que dialoguen con los textos.

 

Feria nos transporta más a un significado de comercialización y venta de golosinas, con beneficios económicos para unos pocos y de ambición para muchos –no con el significado original de ceremonia sagrada–. Las ferias del libro establecidas por años han caído, y las nuevas están cayendo, en un circuito del espectáculo donde la imagen y el esnobismo de escritores, entrevistadores e industria editorial reemplazan el papel del protagonista principal que es el libro. Mucho ruido, mucha imagen sobre el escritor (buenos, regulares y, los más, de dudosa calidad escritural). Demasiados diálogos, demasiadas entrevistas sobre la figura de autores y casi nada sobre el texto.

Mucho escritor de pasarela. Alberto Fuguet, al referirse al tema, ha exclamado: «El mundillo literario es una hoguera de vanidades». Tal vez un guiño a la novela de Tom Wolfe escrita en 1987.

Julian Barnes no existe

Permítanme contarles una experiencia personal y origen de mis observaciones feriales, de donde han partido mis reflexiones sobre el juego publicitario que se presenta como máscara carnavalesca en cada uno de las mencionadas ferias del libro. Desde esa iniciática experiencia me he dedicado a desarrollar un trabajo silencioso para sustentar las ideas que estoy exponiendo en este artículo.

En una de esas ferias del libro se promovió con bombos y platillos la presencia del escritor y crítico inglés Julian Barnes, un experto, como Vargas Llosa, en la obra de Flaubert, especialmente de Madame Bovary; como no había leído nada de su obra y ante la avalancha promocional de la editorial me dediqué a buscar sus libros y llegar a su presentación con alguna idea de su apuesta literaria.

Estand por estand de la feria, preguntas a vendedores de libros (generalmente en la feria no hay libreros sino vendedores de libros) y no pude encontrar ningún libro del mencionado escritor, no lo tenían ni en los catálogos. Al final, entré al oráculo moderno y dudoso, con recelo, pero era mi única oportunidad, a Google. Bajé en pdf algunos de sus artículos.

Me pregunté qué hago aquí si no puedo tener la obra, leerle, criticarle, dialogar… en el recinto encontré que el entrevistador daba la apariencia de haber investigado más la figura y las anécdotas del entrevistado, casi en forma voyerista, y nada de nada sobre su obra.

Desde ese momento continué la experiencia de buscar las obras de los promovidos escritores nacionales y extranjeros; preguntando entre los compañeros asistentes a los paneles, entrevistas y demás actividades promocionales, si conocían al menos una de las obras, la habían leído, criticado. Sin sorpresa he encontrado que la mayoría de dichos asistentes no han leído las obras del escritor estrella promocionado, unos pocos han leído su obra más como divertimento y no han ejercido una crítica razonable sobre ella, y muchísimo menos la conocen medianamente.                                       

Lo anterior me llevó a pensar que en las mencionadas ferias del libro hay un hilo común: la promoción de la figura del escritor como imagen comercial de ventas editoriales y no de su obra, al parecer esta no importa en sí, por eso los libros de ellos son escasos y algunos no están en los estands (“llegará la próxima semana”, es una de las respuestas frecuentes de los vendedores).

Poca promoción sobre la obra en sí, pocos lectores. No he visto imágenes ni promoción sobre el texto, sobre sus contenidos, sobre lo que nos quiere trasmitir y hacer pensar.

Arturo Pérez Reverte, escritor español.

Arturo Pérez Reverte al hablar sobre este mismo tema, de ferias y escritores, decía que en la actualidad se ha construido un “escritor personaje” y el libro ha perdido protagonismo. Leamos algunos de sus pensamientos al respecto:

Convierte su obra en parte de ese personaje, adapta su obra a ese personaje.

Eso es muy peligroso, porque el escritor interesante es el que mantiene esa lucidez, esa especie de mirada crítica sobre sí mismo y sobre su obra, que es capaz de decir “me estoy anquilosando”, “me estoy esclerotizando”, “me estoy repitiendo a mí mismo, envejeciendo sin evolucionar”.

Cuando ganas dinero y la gente te aplaude, es muy difícil escapar. La crítica no te sirve, porque el que te quiere te elogia y el que no te ataca. No tienes ningún elemento exterior que te ayude a vigilarte; el único elemento es la propia lucidez.

Las ferias del libro tienen un sabor agrio de “reality show” –excúseme el extranjerismo–, mucha gente de pasarela: escritores, entrevistadores, organizadores, editores, todos en juego de vanidades. La soberbia y la necedad  invaden. Escritores presuntuosos de sí mismos y no de su obra, como Narciso tratan de construir un mito sobre su figura y no le deja espacio para la obra.

Un escritor a la medida

El escritor promovido por su figura, no por su obra, está corriendo el peligro de convertirse en  vanidoso, fatuo sin esencia temática, vacío. Aquí me expongo a caracterizarlo:   

  • Se esfuerza por su imagen y deja su obra en segundo plano.
  • Cae en el mundo de la imagen.
  • Actúa en torno a sí mismo y no de su obra.
  • Poco esfuerzo escritural.
  • Temas tratados superficialmente y con palabras comunes.
  • Permite ser manipulado por la industria editorial y el mercadeo.
  • Se vuelve personaje de farándula.
  • Se recicla en sus escritos.
  • Permite los escritores fantasmas.
  • Se le reconoce más por sus posturas que por la calidad de su obra.

Los invito para que estudien los programas de las diferentes ferias y evidenciarán la recurrencia de escritores, todos promocionados por la industria editorial, con seguidores que no los leen, rindiendo culto a su imagen. Autores de libro que se repiten de recinto en recinto ferial, con el mismo discurso prefabricado, con posturas ausentes de autocrítica y de reflexión sobre sus escritos. ¿Y los libros… y su obra…? Ausentes.

María Zambrano, al enfrentar el tema de la vanidad de los escritores feriales decía:

No es cuestión de negar la vanidad… Lo que intento es saber dónde ponerle un límite, puesto que hay espacios en los que no  puede entrar sin contaminarlos, empobrecerlos, enfermar lo que  habita en ellos.

A estas alturas, sé que no es lo mismo escribir para la galería  (cosa necesaria, quizás, para algunos que han hecho de escritura su modo de subsistencia) que escribir haciendo de este hecho una forma de conocimiento. 

La vanidad es una droga social. La vanidad se precipita hacia fuera, necesita de espejos, de la adulación externa. Busca y se alimenta de la comparación.

Temo que los escritores están cayendo o ya han caído en el mundo del mercado, engolosinados con las cámaras y un público que no los lee a pesar de colmar las salas donde se exhiben como figuritas del espectáculo. 

Sería interesante realizar un estudio bien diseñado sobre qué han leído del escritor promovido, qué conocen en sí de su obra, qué crítica le hacen, cuál es la recepción de la obra.

Lo que uno observa en los programas feriales del libro son más autores buscando un lugar en la farándula literaria de las vanidades, en donde su escrito queda en el patio de atrás, aniquilado, opacado, desconocido, ausente de crítica, solamente con reseñas superficiales de promoción de dudosa calidad. El mundo del espectáculo.

Una propuesta

En dichos encuentros feriales, a mi modo de ver –estoy seguro que otras personas las mirarán de otra forma de acuerdo con sus intereses como autores, lectores, críticos, profesores, vendedores o editorialistas– y es mi propuesta, deben ser más organizadas en los siguientes aspectos:

  • Sugiero no utilizar el término de Feria, por lo expuesto anteriormente, y darle un título que le apueste a un concepto de cultura, de intelectualidad, de debate, de diálogo. Hay muchos en nuestra lengua española.
  • Que el libro se convierta en protagonista. La obra debe ser el centro del encuentro.
  • Como consecuencia la obra se debe defender por sí sola, reclamando un espacio literario, y que los encuentros entre escritor y lectores sean la conversación con el texto, con lo que dice y sugiere.
  • La figura del escritor puede ser ignorada, oculta –deberían imitar a Maurice Blanchlot, que ocultaba su figura para que su obra fuera estudiada–.
  • La obra debe preceder y prescindir del escritor, debe constituirse en la razón del encuentro literario.
  • Se deben apropiar espacios para estimular la formación de críticos literarios, estudiando los maestros del género, comentando las obras expuestas en los estands, liberándolos del espectáculo y los intereses comerciales.
  • Estimular encuentros de reseñistas de obras de los diversos medios de comunicación.
  • Promover la cultura del librero, no la del vendedor de libros. De ese librero que orienta sobre los temas, las obras, las ediciones serias, que conoce algo del escritor, que “huele a libro”. En cada una de las ferias visitadas la ausencia del librero fue una marca constante.
  • Otros grandes ausentes de las ferias son los Bibliotecarios, parecen fantasmas. No existen, son los olvidados, estoy seguro que muchos de ellos podrían colaborar en la formación de lectores. Por qué no abrirles espacios para conversar con el público sobre sus experiencias, sobre las obras, sobre la conservación del libro.
  • En dichas reuniones feriales los pregrados y postgrados de literatura no existen como tales, no aportan nada, no muestran sus trabajos pretendidamente serios y académicos, de meses y años de trabajo (siempre y cuando no hayan sido realizados por escritores fantasmas que abundan en las universidades). Por qué no aprovechar y exponer los temas tratados en los cursos de la academia formal, de someterlos a la crítica y al análisis de lectores, de personas interesadas en el tema, de otros académicos. Su silencio es impresionante.

Sería interesante, a futuro inmediato, ver a autores que se desliguen de la promoción de su figura –como estrella del espectáculo– anteponiendo a ella la calidad de su obra, la temática que tratan. Algo de lo que enseñaron Fernando Pessoa, Antonio Machado y Miguel de Unamuno.

* Médico Psiquiatra, Magister en Salud Pública, Máster en Psicogeriatría y Demencias, Magister en Literatura, Candidato a Doctor en Literatura, Codirector del Grupo Cultural Literatura y Psique