Al cadalso

—Recuerde, señor verdugo —dice el sacristán cuando nos acercamos a la plaza central—, su nombre ya ha sido apuntado en el libro de la vida; a usted le espera un buen lugar en el reino de los cielos.

Verdugo

Texto: Elbert Coes

Ilustraciones: Conrado  Barrera

Como buen verdugo, de seguro el mejor que ha tenido Italia en los últimos tiempos, estuve siempre al servicio del papa, a quien no tuve oportunidad de conocer. Mi trabajo durante el invierno de 1113, tiempo de gran demanda, se popularizó debido a la enorme cantidad de rebeldes creciente en los pueblos aledaños a las grandes ciudades.

Subversivos que después de capturados y juzgados por la ley divina en manos de nuestro sumo sacerdote, fueron puestos a merced de mi hacha en el patíbulo del centro de la aldea para que todo el pueblo pudiera presenciar el castigo a la insurrección; así los aldeanos temerían de mí, del rey y del papa. A pesar de las plegarias al cielo, cada vez era mayor el número de paganos que me entregaban para el matadero: varones por histéricos y sodomitas y mujeres por heladas y eróticas.

Todos rindieron cuentas a mi hacha, terror de pecadores, afilada y cristalina siempre, presta a atender clientes, a gusto o disgusto; sin diferenciar, sin absolver a nadie, sin ofrecer oídos a objeciones ni piedad alguna.  

Pese a la fría temporada solía despertarme un halo nimio de luz cegadora que se deslizaba entre los barrotes de la única ventanilla en la tenue y silenciosa habitación. Suficiente para las tinieblas a las que se habían adaptado mis ojos, mi alma, mi espíritu. Quien debiera llegar a nosotros debía recorrer el largo pasillo desde la cámara en el atrio exterior de la abadía.

Tan pronto el hilo luminoso invade el cuarto me incorporo, lavo mi cuerpo con el trapo humedecido en el cántaro de agua bendita, me visto de musleras y escarpines, guantes y máscara, y por último, tomo entre mis dedos el mango inflexible de mi hacha, que acariciada por el sol luce magnífica, pero brilla por sí misma.

La noche anterior un mensajero de la Catedral vino a vernos, anunció que ardua tarea tendríamos para ese día. Motivados con esta noticia, mi hacha y yo, siempre laboriosos, nos preparamos desde muy temprano. Y antes que se abra la puerta, una plegaria elevo al todopoderoso, enaltezco su nombre e invoco su gloria para que, como él manda, cada ejecución sea perfecta. Es su voluntad la que cuenta y no mis deseos. Todo hereje, apóstata o hechicero debe ser cortado de la tierra de la misma forma como se erradica la mala hierba.

Un soldado abre la puerta para que mi hacha y yo marchemos por el pasillo hasta el húmedo y arenoso patio donde nos espera la carroza tirada por dos caballos con un nuevo sacristán al interior. Se está cubriendo su cabeza con la capa de la cogulla, pese a que se pueden ver sus jóvenes ojos tornasol de mirada melancólica, negra como su atuendo, gris como el cielo obnubilado, y la cara poblada de vieja barba. Cuando abordamos el carro, da un golpecito al madero con los nudillos de sus dedos y el vehículo se mueve hacia adelante, entra en la calzada de las calles del pueblo, se dirige a la plaza central; a su paso todos lo ven, pero es tan rústico, vulgar y ordinario que a nadie importa quién es transportado en su interior.

Falta poco para llegar al cadalso. El joven sacristán, inquieto, con voz grave y cansina me dice:

—La legión encontró un campamento de insurgentes, ociosos, libertinos, hechiceros, conspiradores, perjuros, asesinos, traidores, ladrones… mujeres, ancianos y niños. Todos fueron puestos a merced del abad, que, para dar ejemplo al pueblo, para mostrar la mano del Señor, se los ha enviado a usted. Recuerde, es la voluntad del altísimo.

Lo intuyo en sus palabras: el acólito piensa que flaquearé. No sabe que temo a dios tanto como él teme al papa, como el rebelde teme a mi hacha, y que, aun cuando sea una tarea difícil la que me espera, yo debo obedecer el mandato divino. El temor del señor obra de tal manera en mí que, sea lo que sea, suceda lo que suceda, si yo me permitiera vacilar, y si acaso le ordenara a mi hacha detenerse, la llama del espíritu santo entraría en ella como un aliento de vida, y me ignoraría y obraría con su propia voluntad.

Hcha

—Recuerde, señor verdugo —dice el sacristán cuando nos acercamos a la plaza central—, su nombre ya ha sido apuntado en el libro de la vida; a usted le espera un buen lugar en el reino de los cielos.

Se persigna y luego me bendice en nombre de Cristo.

A espaldas de la tarima bajamos del carro. Ya hemos llegado al patíbulo, mi hacha y yo.

Dispuesta está la soga que amarra al reo. El trozo de madera de cedro sostiene su cabeza, le aprisiona el cuello, le enjaula las manos; el condenado subyace en su última cama, tosca y dura; bocabajo, ni siquiera ve el filo de la navaja que le degollará: arriba yo, arriba mi hacha, abajo el reo, más abajo el pueblo; más alto el rey, más lejos dios, abajo el sepulcro y mucho más abajo el infierno.

Lo sé, contrario a lo que dicen el abad y el sacristán, es allí donde iremos a parar. Y aunque somos como una sombra divina que aparece en plataforma, delante del pueblo castigamos la abominación; aquello que dios, el rey y la iglesia tanto aborrecen. De modo que golpe a golpe, en un conteo arábigo, vamos separando cabezas de cuerpos.

Exhausto me encuentro ya, frente a unos ojos negros de llanto que me alumbran como antorcha, en la noche descanso resignado y compasivo y en silencio me pregunto si espera éste ser un milagro de dios que a mis filos le envió. Ella no entiende, y no deja de buscar bajo mi máscara, en mis ojos, la misericordia. Solo soy un verdugo, mujer.

Un verdugo que hace años perdió su trabajo, porque vino la guillotina, y su hacha nunca más volvió a la tarima pública. La disposición cambió, la posición del reo y la tarea del verdugo; todo cambió. Mi hacha murió, al igual que su brillo y su filo; está opaca y turbia, ya no reluce a la luz del sol. Sólo soy un verdugo, mujer.

Un verdugo hallado culpable ante los ojos de dios, por beber y comer como hombre, por la atrocidad de su pasado, por saber más de lo debido. Soy un hombre a quien se debe acallar. Silencio. La mejor forma de silencio es la muerte, ha dicho el papa, a quien no he tenido oportunidad de conocer.

Ahora, allá, en la tarima, junto a un nuevo sacristán, está mi verdugo, oculto en su máscara negra. Ahora, después de muchos años de servirle a su majestad, soy un hombre que camina al cadalso, derecho a la guillotina, donde, antes de partir, imploraré la bondad del Todopoderoso para que me reciba en su gloria.