Anacrónicas/ Novela corta por entregas

Ex-libris Martín-ChocoloCapítulo II. El bautizo 

El papel deambulante

Por: Martín Rodas

“Allí, sentado en una de las sillas del parque Los Fundadores, se dio cuenta que hacía mucho tiempo había perdido su nombre original, el cual fue reemplazado en una noche bohemia, por alguien de quien no se acuerda, con un apodo empapado en alcohol y nostalgia. De una manera sencilla y sin bombos fue bautizado en el mundo de los olvidados. Empezó a formar parte de la ciudad invisible cuando fue nombrado como El Deambulante.

Su metamorfosis empezó como la de muchas personas, por penas de amor. La mujer lo abandonó por otro, porque no aguantó la rutina que él le brindaba como aburrido empleado de un periódico, en donde se dedicaba a corregir textos que solo él leía, larguísimos y monótonos edictos emplazatorios en letras absurdamente minúsculas. El horario era terriblemente agotador y debía trabajar también los fines de semana. En estas, cansada, la esposa buscó otras alternativas sentimentales y se marchó con el primero que le hizo un guiño, dejándolo en la soledad más aterradora.

Empezó a frecuentar hasta altas horas de la noche, después de salir del trabajo, los parques de la ciudad, buscando compañía en esos otros seres que los habitan, al calor de un ‘chirrinchi’ que compraban después de esculcar sus bolsillos para hacer las vaquitas. Así entró de lleno en la vida pública de los que, como él, deambulan por el mundo excluidos de la sociedad formalmente constituida.

En estas, por sus borracheras, fue despedido del trabajo, lo cual agradeció, porque ya no soportaba ese ambiente opresivo, hipócrita y mentiroso. Aprendió en todos esos años que le dedicó a su humilde oficio de corrector de pruebas en el periódico regional, que los poderosos siempre manipulan la información y que la disfrazan para posar de transparentes, pero que en el fondo hay intereses de por medio y que un diario es una herramienta maquiavélica  de tergiversación.

Deambulando por los parques sintió atracción por el de Los Fundadores. Era un lugar sencillo, sin muchos adornos. Una pila maciza de bronce, traída de Francia, con angelitos en pelota, constituía el punto de atracción. En el centro había diez columnas de mármol negro traído de Italia que estaban sobre una plataforma circular de granito también negro. Las columnas enormes formaban un semicírculo, y cada una de ellas tenía en la parte superior una inscripción en bronce con los nombres de los supuestos fundadores de la ciudad.

El Deambulante se instalaba, cuando no estaba ocupada, en la silla frente al monumento a Los Fundadores. El efecto de la visión que se le aparecía lo ponía a pensar muchas cosas. El mármol negro se interponía entre él y las montañas agrestes del fondo, coronadas por la enorme mole blanca del nevado de El Ruiz. De en medio de este surgía un cono volcánico gigantesco que desde las entrañas más profundas de la tierra se elevaba ceniciento, bello y monstruoso como otra columna que desafiaba a las del parque.”