Este cuento ocupó el segundo lugar en el CONCURSO DE CUENTO JOVEN TRAS LA COLA DE LA RATA 2015.
Por: Juan Sebastián García Sierra*
Imagen: Eartheld
Antes de que dieran las cinco, Raúl entró diciendo que lo había resuelto. Era increíble que tan solo en dos días ya lo tuviera descifrado. La primera en levantarse y dudarlo fue Andrea, que no tardó en someterlo a un sinfín de preguntas.
Me levanté de mi escritorio como temiéndole a la inevitable respuesta, fui a la cocina para tomar un vaso de agua y cerré la puerta pensando que todo ese ruido se callaría poniendo madera de por medio, pero solo se opacaron las exclamaciones. La cocina tomó un silencio inconcluso, un silencio que era necesario arruinar. Abrí el grifo, esperé a que el vaso estuviera lleno y bebí sin prisa, a sabiendas de que esa pequeña prórroga iba desapareciendo a medida que el vaso pesaba menos.
Miré el reloj cuando puse vacío el vaso dentro del platero. Eran apenas las cinco, ¿por qué Raúl no pudo llegar a eso de las seis cuando yo ya me hubiese ido? o mejor, ¿por qué no lo descifré yo? Me sentí destronado. Nunca durante mi turno una duda había atormentado tanto a todos los que trabajábamos en el segundo piso. Tampoco una duda había sido tan perversa conmigo: cada vez que la intentaba resolver sentía que iba dirigida a mí, como si fuese incapaz de resolverla, pero tal parece que a Raúl solo le llevó dos días. ¡Imposible! Esa era la mejor duda que había visto, compleja y simétrica, una duda que entró por la puerta una tarde calurosa arruinando una pequeña comida que todos habían preparado para mí. Recuerdo verla atravesar la puerta de la oficina mientras desnudaba de crema mi pedazo de pastel. Todos abrieron un camino ante mí, sonreí mientras me llevaba una cucharada llena de pastel a la boca, dejé a un lado el plato y dije:
—Atrás, esta se ve que está bien envuelta.
Ramiro vino hacia mí y dijo que era urgente, que carecía de remitente. Llené rápidamente el formulario y me entregó el paquete del que colgaba un sutil moño rosado. Sentía que alrededor de mi cuello se reunían los alientos de mis compañeros. Tras dejar caer moño y tapa, nos quedamos perplejos ante la duda.
***
Llenándome de falso valor atravesé la puerta y regresé a mi escritorio. Raúl no había tenido tiempo de explicarnos los detalles, pues estaba peleando con las dudas de mis compañeros. De repente, me agradeció con un gran abrazo.
—Nunca lo habría hecho sin usted— dijo.
Sonreí mordiéndome los labios.
— Desde este momento todo lo harás bien solo— dije.
Gutiérrez aplaudió con un ruidito que alcanzó para romper el silencio que habían dejado mis palabras, se acercó a Raúl y lo invitó a explicarnos su magnífica respuesta. Yo me di la vuelta y fui por mi silla, la arrastré de sus dos patas de atrás, y la puse junto a la que Andrea dispuso justo frente a Raúl. Lentamente el pobre palideció, agravándose las arrugas de su frente, se soltó un poco la estúpida corbata. Me sorprendió su inseguridad, los novatos que resuelven una duda no suelen ser modestos, pero Raúl solo se llevó la mano a la cara y dijo:
—Esto va sonar grosero, pero no les puedo contar.
Gutiérrez, Ana, Manuel y yo nos quedamos mudos mientras Andrea madreaba al muchacho que se excusaba pobremente, intentando no irritarse.
—Ya envié el documento y allí consta que está resuelto.
—Así no se hacen las cosas. Para eso existe este equipo, cada uno recoge cualidades que ninguno otro aquí tiene—dijo Manuel.
—Lo siento, pero debes saber que algunas dudas tienen condiciones. Es como el caso de la duda del hombre de La Perseverancia, ¿te acuerdas? Esa era de todos, esta solo mía. Me gustaría decirles más pero vengo a despedirme. Me está esperando un carro del Ministerio, me dijeron que viniera por mis cosas, y que nos les dijera nada, pero…
— ¿Cuál ministerio? ¿Era duda política?
—No sé, solo venía a decirles que lo había logrado— bajó lentamente la cabeza y miró al piso con un silencio cargado de pánico— es mi primera duda y espero no sea la última.
Solo vimos su espalda al salir. Caminé rápidamente hacia la ventana y vi un rostro pegado a la ventana de un Volkswagen mientras Raúl entraba al carro. No pensé ni en tomar la placa, me alejé de la ventana y dije:
—Este muchacho se metió en algo feo, pero sea lo que sea, la clave está en la duda. Acordémonos qué sabemos de ella. Gutiérrez—, dije — busca atrás si aún está, yo voy a hacer café.
Andrea se levantó e intentó ver por la ventana justo cuando yo iba entrar a la cocina; ella y Ana iniciaron una discusión sobre la esencia de aquella duda, pero terminaron hablando de lo extraño de las botas de Raúl.
—Ya busqué en todo lado y no está—dijo Gutierrez.
—Es claro que caducó —dije saliendo de la cocina y dirigiéndome a mi silla — ¿alguno recuerda la forma?
Ese martes habíamos resuelto seis dudas simples y Andrea estaba algo distraída. Gutiérrez recordó un laberinto Borgiano, pero nada. Ana no fue ese día al trabajo por los exámenes de su bebita, no paraban de excusarse. Era inútil.
—Pero esta duda no era nada extraña como para que ser de importancia política— dijo Andrea.
—Dejen así, ningún político en Colombia le haría daño a un resultor, eso es absurdo. Lo mejor es esperar a que aparezca.
Ana recogió unos papeles de su escritorio y salió con Andrea. Gutiérrez y yo hablamos estupideces hasta eso de las 6:30 solo para evadir el tema de la duda. Sin aviso me dijo que su mujer llegaría a casa en una hora y cuando me iba a despedir me cayó el portazo. Como todos los días, organicé las sillas, apagué la luz y cerré la puerta con doble llave. Bajé hacia la cafetería de doña Claudia, pues desde que nos mudamos al segundo piso me cuida el carro.
*Se presentó con el seudónimo de Federico Fatúa



