Desde el baño, dejo charcos sobre el piso trapeado, mamá me persigue con la toalla. Me atrapa. Seca el piso, acomoda mi ropa, me ayuda a vestir y me da de comer, carga la lavadora con toneladas de ropa, hacemos tareas y me ayuda a leer, cose un poco y cuando la mueca visita su rostro, acabamos viendo novelas.

  

Por: Yonathan Jesús Marín Gómez

No importa cuántos moquitos salen por mi nariz, mamá los limpia con delicadeza, agarra un pañuelo de tela que lleva puesto la inicial de papá. Una D gigante.

Mamá barre la sala, trapea los cuartos, tiende las camas, limpia paredes, me baña y lava el baño, hace de comer y limpia mi nariz. Cuando es hora de cenar llega papá. Tira los zapatos lejos en la sala, entra a la cocina y pide la cena, mamá la sirve en un enorme plato, él come. Tiende su saco, se quita los pantalones y se esparce como mantequilla sobre las sábanas.

El esfuerzo de mi madre se desliza por su rostro convirtiéndolo en una larga mueca, su cabello se alborota y su espalda se curva, cuando está a centímetros de la almohada; yo lloro. Mamá se levanta, acomoda su mueca y la vuelve sonrisa, me toma en sus brazos y me limpia los moquitos con el pañuelo de papá.  La D gigante ahora es mucho más grande que la casa, cubre los cuartos, ensordece mis oídos y llena de temblores a mamá.

Mi camisa tiene barro y mis pantalones se han roto, mamá con ternura baña mi cuerpo y cose aquellos huecos en los pantalones que ahora ella llama “de juego”.

Desde el baño, dejo charcos sobre el piso trapeado, mamá me persigue con la toalla. Me atrapa. Seca el piso, acomoda mi ropa, me ayuda a vestir y me da de comer, carga la lavadora con toneladas de ropa, hacemos tareas y me ayuda a leer, cose un poco y cuando la mueca visita su rostro, acabamos viendo novelas.

Papá no llega a dormir, pero mamá lo espera desde mi cuarto. Inteligentemente crea el pretexto de hacerme compañía, la noche avanza y mamá cuida mi sueño y yo el de ella.

Aún no nos llegaba el sol a la cara cuando un estrepitoso grito sacudió la cama, era papá. Mamá corrió como loca, buscó entre el armario una plancha y comenzó su así su rutina. Plancha la camisa de papá, prepara el desayuno, alista mi lonchera, me ayuda en la ducha, me despacha con un beso y a papá con un cuchillo entre los ojos. Él, en vez de un “te amo” le lanza un “qué” que termina estrellado en la puerta.

Ahora hemos crecido un poco más. Ella dice que papá le roba los años, pero que yo se los regreso.

Hace mucho que la mueca la acompaña. Su gesto ya no se convierte en sonrisa y su espalda mantiene curvada. Su rutina es su cárcel y a veces siento que no nos conoce.

Carga consigo un pastillero, lo carga como su amuleto, es lo único que la deja tranquila o por lo menos hasta la hora de la cena. El reloj marca las seis. Mamá comienza a temblar. La casa está calurosa, las luces parecen más tenues y nos invade un silencio sepulcral.

Mamá tira unas tajadas a un aceite hirviendo y su sonido se asemeja a un estadio lleno de personas gritando al unísono la letra de una canción; cuando se callan, la perilla de la puerta se gira. Es papá. Tira sus zapatos a la sala, entra su cuarto, tiende su saco y se esparce, como mantequilla, en la cama. Grita por comida y mamá se la lleva, yo espero en la cocina.

En una mano su amuleto, en la otra la cena. Papá la recibe y no dice gracias. Arranca de un mordisco la carne y la tajada

– Está fría – dice

Y deja a un lado el plato de comida.

Mamá se endereza. Mamá cambia su mueca. Mamá hace volar su amuleto. Mamá se enfurece. Mamá se llena de fuerza. Mamá cierra sus puños. Mamá recuerda. Mamá apaga su silencio. Papá tiembla y mamá dice ¡no más!