“A veces, la vida en Unisalud se me asemeja al funcionamiento de los lager (campos de concentración) de los nazis y su manera de proceder para destruir la dignidad humana y reducir a sus miembros a la calidad de no hombres”, dice el autor de esta carta, profesor pensionado de la Universidad Nacional de Colombia, sobre los servicios de salud que le presta su entidad. Un ejemplo con nombre propio de un sistema en caos que padecen millones de colombianos.

Por: Luis Guillermo Vasco Uribe
Bogotá, 25 de junio de 2018
Gerencia Nacional
Unisalud
Bogotá
Yo, Luis Guillermo Vasco Uribe, profesor pensionado de la Universidad Nacional de Colombia, afiliado al Servicio de Salud de la misma Universidad desde 1970, informo que voy a dejar de utilizar los “servicios” de Unisalud, a no ser que un incidente grave me obligue a recurrir a la red de Urgencias de la misma.
La razón es muy clara: no quiero continuar sometido a la permanente indignidad y humillación que implica utilizar dichos servicios: esperas interminables para cualquier gestión, desatención, mala atención o atención insuficiente en diversos campos, carameleo de oficina en oficina en los intentos de resolver cualquier situación, en especial aquellas derivadas de los frecuentes errores del sistema (dios omnipresente y verdad revelada), mentiras o verdades a medias (como aquella del “nuevo” conmutador telefónico propio de Unisalud, el 3165240, que ya venía funcionando desde hace varios años), entregas parciales de medicamentos, dificultades para la obtención de citas y, desde hace algún tiempo, permanentes cuotas moderadoras o bonos para los distintos “servicios” (que sumadas me representan casi otro tanto que la cuota que se descuenta de mi pensión), prescripción de medicamentos probadamente ineficaces, negación de la atención, y un largo, largo, larguísimo etcétera.
Si pudiera cuantificarse la alteración anímica y física que me representa la comparecencia a las instalaciones de Unisalud para “usufructuar sus servicios” y resolver las dificultades asociadas con ello, y compararla con lo que ese usufructo representa en expectativas y calidad de vida, estoy convencido de que pierdo más vida que la que gano con cada visita. Aunado al hecho de que lo poco que gano en vida, lo invierto o, mejor, lo pierdo en Unisalud y sus instalaciones, que poco representan en términos de calidad de vida. No logro entender cómo una gran parte de mi tiempo de vida y mis preocupaciones se han reducido a Unisalud, que me ha ido envolviendo como una araña en su hilo. ¿Cómo fue que me dejé secuestrar por Unisalud?
Hay que “partir de romper con la atávica idea de que ser viejo es sinónimo de estar enfermo y que la cotidianidad del adulto mayor está regida por una agenda marcada por la toma de medicamentos. En otras palabras, desmedicalizar la vida se convierte en una tarea social de la mayor importancia” (Carlos Francisco Fernández, El Tiempo).
Francamente, estoy convencido que gano más tiempo y calidad de vida olvidándome de Unisalud, de sus controles bimensuales, de sus bolsadas de medicamentos cada dos meses (una verdadera adicción, que no se menciona ni se trata, al contrario, cada día se acentúa y amplía), de sus exámenes de laboratorio (en los que con frecuencia me tienen que chuzar varias veces para poder sacar la sangre), de rogar para que los especialistas presten atención a lo que digo (como aquel ortopedista del Hospital Universitario, que me usó abusivamente para demostrar su infinita sapiencia a sus practicantes en los escasos 5 minutos que me dedicó, para diagnosticar que yo no tenía nada en la rodilla ni en la pierna ni necesitaba más exámenes, a pesar de lo cual cada día estoy peor), de pedir que me prescriban los exámenes a los que, al menos en el papel, tengo derecho, de las colas de turnos que no se respetan para Autorizaciones, Citas Médicas, Laboratorio, Farmacia y Caja (en la que tengo que estar pagando una alta suma por un servicio por el que ya pago cada mes), del “turneo” que ha dado lugar al “simpático” procedimiento de aquellos pacientes que, al llegar, sacar turnos para varias colas y luego, en el curso del tiempo, los van cediendo o cambiando con los de otros para así lograr realizar los varios procedimientos que necesitan sin que se les lleve todo el día, de mi mesa que rebosa de papeles de Unisalud, de que los factores de riesgo se conviertan en los consultorios en enfermedades que hay que medicar……
Todo eso me ha convencido que salgo ganando si permanezco tranquilo en mi casa, sin el continuo desgaste físico, mental y moral que ustedes me representan.
A veces, la vida en Unisalud se me asemeja al funcionamiento de los lager (campos de concentración) de los nazis y su manera de proceder para destruir la dignidad humana y reducir a sus miembros a la calidad de no hombres, situación de espanto que se consideraba ya desaparecida desde hace décadas. De pronto, descubro que en Unisalud ya no soy un ser humano con nombre, apellidos y ubicación en la vida, sino un número (el de la cédula) que solo me falta llevar tatuado en el brazo o en la frente, un pacientico que tiene boquita, bracitos, manitas, carita, cabecita, piernitas y del cual algunas personas al servicio de Unisalud hablan en mi presencia como si yo no estuviera.

Ejemplos ignominiosos
Menciono solamente algunos ejemplos de los últimos días.
El 7 de marzo elevé una queja a través de la página web de atención al usuario sobre el trato abusivo e indigno que recibí de uno de los odontólogos de Unisalud. Como el 13 de marzo no había recibido respuesta, presenté mi queja otra vez, ahora por escrito y personalmente. El 16 de marzo (¡¡ 9 días después!!), recibí por email un recibo de la queja del 7. El 4 de abril (¡¡¡casi un mes después!!!), también por email, recibí una respuesta en la que me “absolvían” de mi queja, diciendo que lo que yo había manifestado “era cierto”. ¿Debo manifestar mi agradecimiento porque no me hayan considerado mentiroso y calumniador?
Hace tal vez tres semanas, ya ni me acuerdo cuándo, al ir a solicitar una cita, recibí la “agradable” información de quien me atendió en la Oficina de Citas de que debía 14 multas por inasistencia, y me remitieron a una oficina al fondo del corredor del segundo piso, en donde una “amable” empleada me ratificó que debía esas multas y se ofreció a hacerme un papel para que las pagara. Cuando le manifesté que no las pagaba porque no las debía y que en mis 47 años de afiliado jamás había faltado a una cita, me dijo que sí había faltado porque el sistema (es decir, el dios de los burócratas de Unisalud) decía que sí. Después de un largo rato con un aparato milagroso (léase computador), me informó que efectivamente había un error del sistema, que solamente eran dos multas, ambas de odontología. Después de intentar explicarle lo que había pasado con el odontólogo, me manifestó que eso no era problema de ella y que no podía levantarme las multas y tenía que pagarlas.
De nuevo y “con gran gentileza” ofreció hacerme el papel correspondiente para el pago. Al negarme, se ofreció, también con “gran amabilidad”, a llamar a Atención al Usuario para ver si me levantaban las dos multas. La persona con quien habló por teléfono le dijo que esperara y, mientras tanto, me sugirió que fuera a la coordinación de odontología para averiguar allá lo que yo ya sabía.
La señora secretaria de la Coordinación de Odontología, ella sí interesada y verdaderamente amable, enterada desde mi primera queja del problema con el odontólogo, me acompañó de vuelta a la citada oficina para explicarle a la encargada que la cita en cuestión estaba cancelada, como la otra, a raíz de mi queja.
Allí recibí la noticia de que Atención al Usuario había accedido a levantarme la multa por la cita con el odontólogo, pero no la otra. Y no valió la intervención de la señora secretaria de Coordinación Odontológica explicando que era el mismo problema y que ambas citas estaban canceladas con mi queja.
Finalmente, decidí que casi hora y media de subir y bajar escaleras y de ir de una oficina a otra y vuelta a la primera y, luego, otra vez a la segunda, era suficiente y me vine a mi casa, sin saber si todavía insisten en cobrarme la fantasiosa cita incumplida (perdón, no es fantasiosa, es real porque el sistema lo dice; el fantasioso soy yo). Mi intención, en ese momento, fue escribir esta carta, pero finalmente me contuve y no lo hice. De lo cual tuve que arrepentirme el día 25 de junio.
Ese día tenía programada, desde casi dos semanas antes, una sesión de fisioterapia con la terapista Adriana Garzón, a las 7:20 am. Cuando me presenté al módulo de Enfermería para activar la cita, fui informado de que no tenía cita porque el sistema decía que no la tenía, pese a que figuraba en la relación de citas que me fue entregada en Citas Médicas cuando las solicité.
Agrego que cuando llegué a activar la primera cita de fisioterapia hace casi dos semanas, tuve que comprar bono porque el sistema dijo que tenía que hacerlo, pese a que en el papel de relación de las terapias no aparecía que tuviera que hacer ese pago. “Si el sistema dice que tiene que pagar, tiene que pagar” …y pagué.
Regreso al 25 de junio. Después de un tiempo de alegato y de que mi ánimo comenzara a alterarse, la señora que me atendía en el módulo llamó a algún lugar para plantear la situación, a lo que le respondieron que, efectivamente, no tenía cita. Ella dijo: “el problema es que el profesor está aquí frente a mí y tiene la relación de citas en la que figura programada fisioterapia a las 7:20 am”. Entiendo que el problema era grave para Unisalud: ¿cómo era que yo estaba parado allí reclamando una cita que el sistema decía que no tenía programada? Me supongo que era como si yo fuera un fantasma, que estaba donde el sistema decía que no debía estar. (Excúseme que no escriba sistema con mayúsculas, como tal vez tendría que hacer, pero no me sale así).
Agrego que quien me atendía comentó que con frecuencia pasaba ese problema. No entiendo con qué criterios Unisalud sigue manteniendo ese tipo de sistema o esos proveedores o esos manejadores del mismo, cuando las dificultades son permanentes (yo tuve dos en una semana) y “se cae” con frecuencia”.
Ante la explicación de que se iba a resolver el problema, me dirigí al lugar de las fisioterapias (ya ven a lo que lo reduce a uno Unisalud, cuando en realidad es el lugar de trabajo de las terapistas). Por supuesto, yo no aparecía en la planilla impresa de la terapista Adriana Garzón, ni tampoco en su computador.
Mientras esperaba de pie junto al escritorio, llegó una funcionaria a preguntar por don Jorge Luis Vasco, personaje que resulté ser yo, Luis Guillermo Vasco. Me solicitó la relación de citas, que yo accedí a entregarle después de muchas vacilaciones, pues era la única evidencia de que en ese momento yo era una persona real y no un fantasma. Me dijo que estuviera tranquilo, que después me la devolvía. Y se fue. Mientras tanto, la terapista no quiso realizarme la fisioterapia, pues no figuraba en el sistema ni en su planilla. Al rato, llegó otra funcionaria, quien me dijo que el problema estaba resuelto, que ya me habían programado la cita, y me devolvió el papel.

Kafka se toma el sistema
Pero no se crea si se piensa que el problema estaba resuelto; no sería entonces Unisalud, la Unisalud que ustedes han construido en los últimos años. Resulta que ahora debía ir a activar la cita para que pudieran atenderme. Precisamente a lo que había llegado y tratado de hacer desde alrededor de tres cuartos de hora antes (entre otras cosas, ¿para qué sirve, entonces, la activación de citas?).
Y tuve la alegría de comprobar que el ser humano que Unisalud había tratado de destruir y borrar después de un trabajo meticuloso de varios años, todavía estaba vivo y se negaba a continuar con ese camino de indignidad y humillación que querían que siguiera recorriendo, por eso me negué a ir otra vez al módulo de enfermería, como cuando entré al lager, perdón a Unisalud, a pedir la activación de la cita, ante lo cual la terapista ratificó que no me atendía si no activaba la cita, en lo que constituyó una clara negación de la atención en salud a la que tengo derecho constitucional.
Desde comienzos del año ha venido teniendo problemas crecientes en mi pierna derecha. En estos seis meses he realizado, en relación con ese problema, 4 consultas con dos médicos generales, 1 consulta prioritaria, 2 consultas con dos ortopedistas diferentes, una ecografía, 6 sesiones de fisioterapia, y tomado alrededor de 100 pastillas de acetaminofén, varias cajas de Naproxeno, más de 60 tabletas de Diclofenaco.
Mis dolores y dificultad para caminar han aumentado en lugar de disminuir. Y, lo peor, todavía no tengo un diagnóstico cierto de las causas del problema. En cambio, he pagado a Unisalud alrededor de 7 millones de pesos. No soy economista, pero me parece que es un magnífico negocio para ustedes. ¿No será esta la clave de todo lo que pasa?
De ahí que haya decidido escapar de la prisión en donde estaba secuestrado y salir de esa vida de indignidad y humillación por lo que me pueda quedar de existencia, que seguramente será mayor y de mejor calidad que si continúo por el camino al que lo somete a uno Unisalud. Tengo la seguridad de que hay vida después de Unisalud, por fuera de Unisalud.
c.c. Consejo Superior Universitario U.N.
Rectoría Universidad Nacional de Colombia
Superintendencia Nacional de Salud
Dirección Seccional Unisalud, Bogotá
Jefatura Médica, Bogotá
Asociación Sindical de Profesores Universitarios, ASPU
Representante de los profesores pensionados en Unisalud
Periodista Carlos Francisco Hernández, El Tiempo


