“No es la pobreza la que empequeñece al hombre,

es el hombre quien empequeñece al hombre y crea la pobreza”. Anónimo

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Imagen tomada de: http://3.bp.blogspot.com

Por: Diego Firmiano

Los pobres y la misericordia

Pocas veces estuve tan en desacuerdo con la filosofía de Jean Paul Sartre y su literatura, como con una frase de su autoría que parece ser del todo burguesa: “Los pobres existen para ejercer nuestra misericordia”. Los sistemas políticos que criticaba cuando era marxista y los cruentos ataques conceptuales a la clase burguesa y aristocrática, terminaron por hacer de Sartre un filósofo más, con una clara retórica de conceptos finos, pero con un vaciamiento antropológico por cualquier tipo de sentimiento humano. Quizá –se intuye, y se valora por los hechos objetivos– la discordia entre Albert Camus, lleno de un proyecto de liberación real con su pueblo argelino, y Sartre, acérrimo defensor de la causa de la paz, por el deseo de ver al hombre con libertad civil y política, se dio por este principio de solidaridad. Sartre acusaba a Camus de ser un pietista, y Camus a Sartre de ser un pequeño burgués.

El extenso prefacio que escribió para su amigo Frantz Fanon en el libro “Los condenados de la tierra” siempre ha sido valorado como una apología del derecho humano, y una crítica a los poderes fácticos del colonialismo y sus consecuencias de injusticia y opresión a los pobres y desposeídos. Una propuesta genuina, rica en términos, llena de apasionada defensa por los sin voz. Una crítica humana y existencialista. En fin, una teoría sobre la verdadera libertad del hombre. Por eso lo ininteligible de esa frase burguesa sobre los pobres dicha por Sartre.

Frase –o filosofía– que deja ver la indolencia, la credulidad mostrenca y la superficialidad del verdadero sentimiento humano. Su actitud –y no se juzga una vida por una sola frase, sino por el resumen de la acción humana– ponía sobre la mesa la cuestión sobre la idea de amar a los hombres de una manera metafísica, o de una manera real. Problema de antaño de los intelectuales que amaban la humanité; palabra que usaban sin respeto, ni precaución, y sin quizá darse cuenta por un momento que, la esencia de la palabra era muy diferente al hombre real, físico, que camina, piensa, sufre, vive y que universal e irremediablemente un día dejará de ser: el hombre concreto.

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Imagen tomada de: http://www.jeanpaulsartre.org

 

Fisuras democráticas

Sobre este desvarío sartreano que parece ser incompatible con el hombre (de ver a los pobres como fines de solidaridad humana), lo que hay que dejar en claro es que en Latinoamérica los pobres no lo son por opción, sino por herencia. Desde Cabo de Hornos en el sur, hasta Ciudad Juárez en el norte y los países del Caribe, los pobres están condenados a interpretar su existencia desde esta transferencia hereditaria. Es una cruda realidad que delata las fisuras de la democracia. Porque como decía Jean Jacques Rousseau, sobre un sistema de gobierno humano, “nadie debe ser tan pobre como para ser esclavo de otro, ni nadie debe ser tan rico como para enseñorearse de otro”.

En los países latinoamericanos se oscila entre cualquiera de esos dos polos y las democracias y sus políticas avalan tener ricos muy ricos y pobres muy pobres, justificando el capital como primer motor social y forma de vida. Estas formas de existencias opuestas es lo que convierte la palabra democracia en plutocracia (gobiernos regidos solo por intereses económicos más que sociales).

Está bien que hay programas para la ciudadanía y que las instituciones gubernamentales cada vez se humanizan, pero a qué costo humano. ¿El del reporte?, ¿la burocracia?, ¿la larga penuria de licitar un poco de honra humana, por el interés de una vivienda de interés social o un bono solidario? ¿Una beca estudiantil? ¿Una oportunidad laboral digna? ¿Sistema de salud subsidiado por sorteo? Cuando todo esto, y otras cosas más, deberían ser un derecho universal que garantice la dignidad de todo ser humano. Esto no es del todo justo. Por eso es que los gobiernos socialistas, y los gobiernos de corte neoliberal, discrepan en cuanto a la función interina de responsabilizarse por los intereses del pueblo (demos), versus la adquisición de dinero que sostiene los intereses del gobierno o estado (cratein). El socialismo es una especia de solidaridad política; el neoliberalismo, una libertad económica para ser solidarios. Comprar y vender es ahora tan usual como el arte de leer y escribir. El problema es que no todos saben escribir, aunque todos quieran comprar irremediablemente.

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Imagen tomada de: http://mexico.cnn.com/media/2011/05/17/pobreza.jpg

He visto la problemática

Personalmente he estado en casi todos los sitios pobres de América del sur, desde Chile hasta Colombia, y he observado que la mirada de los pobres es igual en todo lugar. Es una mirada como si algo les hubiese sido arrebatado, como si comer fuera su único bien preciado cada día. Niños que crecen creyendo que ser pobres es una herencia cultural, que comer lo justo es la porción que Dios les da y que los golpes de sus padres son merecidas correcciones por ser lo que son.

Esa gente pobre, cuando mira a otras personas, parece hacer preguntas. Es claro que están dominados por una miseria inconcebible, que viven en lugares anacrónicos, que parecen escenas sacadas de una película trsite. La felicidad para esta gente significa algo diferente que para el que se ha erguido con una posición económica o se ha alineado a un sistema laboral. Dios, vida, éxito, dinero, sueños y muchos tópicos más no tienen jurisdicción entre estos desposeídos de la tierra.

No –le diría a Sartre y a los que siguen creyendo lo mismo– los pobres no existen para ejercer la misericordia de nadie. Con los pobres no ejercitamos ninguna virtud social adquirida, llámese solidaridad, piedad, ayuda, etc. Con los pobres se descubre que la sociedad siempre está en deuda; que el déficit no es económico, sino humano; que los miserables son las heridas no sanadas de una nación cualquiera.

El amor al prójimo, como idea política, es una frase vacía; como idea religiosa, un malentendido; y como idea ética, un delirio. Produce horror el embrutecimiento de la vida y la ausencia de toda moral objetivamente vinculante. Por eso es que las preguntas constantes son: cómo puede América vivir entre idealismo y realismo. Cómo logran conciliar la idea de pobreza extrema y riqueza extrema y así disfrutar el triunfo del capitalismo. ¿No es esto ambivalente? Cómo mirar con ojos extraños a sus mismos compatriotas y además emplear balanzas para llamar a uno bueno, malo, rico, pobre, sin sentirse avergonzados.

La erradicación de la pobreza, propuesta por la Organización de las Naciones Unidas a los 189 países miembros, -entre ellos Colombia– dista mucho de ser una realidad tangible. Entra en juego palabras como microeconomía y macroeconomía. Y también realidades como el hambre, la desigualdad social, la violación de los derechos humanos, la vivienda digna, el trabajo honroso, etcétera.

Y no es de desconfiar de los ODM (Objetivos del Milenio -programa mundial para sanar los déficits mundiales en el 2015- ) pero a simple vista, ni un 10 por ciento de los países ha cumplido con las metas propuestas, ni con los acuerdos concretos y medibles, a pesar de que hay 48 indicadores concretos sobre como poder cumplir tales objetivos. ¿Es el hambre y la pobreza una institución? Una frase del alemán Arthur Schnitzler puede incitar a la seria reflexión: “Se acabó el hambre, empiezan los problemas”.

Quien pretende amar al hombre en palabras, frases, imágenes, o a partir de un principio, deja ver el comportamiento propio del que quiere construir una filosofía del hombre y nada más. La política se erige sobre tales presupuestos. Por eso la constante presión social hacia el gobierno para el cumplimiento efectivo de su responsabilidad con la comunidad y la solución de sus problemas reales. Lo contrario, es el riego de que el Estado promueva intereses colectivos que al final no tocan a nadie en particular. Las generalidades, así, se vuelven abstractas y carentes