Lo confieso, estos son mis trompetas finales, tanto el pasado como el presente se vuelven sonidos apocalípticos emitidos desde la trompeta de Louis Armstrong. Sueño con que esas siete trompetas finales sean entonadas por él,  en algún lugar.

Por: Diego Firmiano

Quizás sea el fin, no lo sé. Los dolores son las trompetas que anuncian el génesis del apocalipsis. Aunque una extraña sensación excita mi voluntad a experimentar cosas nuevas: subir montañas, investigar misterios, componer canciones, bromear, hacer ecuaciones etc. Estas vivencias son génesis apocalípticas. ¿Y por qué? Porque primero no sé si haré estas cosas dos veces, y segundo no sé si tendré siempre esa experiencia virgen de sentirme vivo haciendo siempre lo mismo.

Sé que la vida no son estos hechos, pero tampoco lo es no hacerlos. No miro adelante, y no sé por qué razón tampoco miro hacia atrás, quizás tengo poca fe en los extremos, ayer ya pasó, mañana aun no llega. Cosas que dejamos atrás como ropa vieja, recuerdos familiares, errores, aciertos, amores, amistades, todo esto muere en cada uno de nosotros.

Somos cada pedazo de esas realidades canceladas,  tenemos de todo un poco,  y sería inútil entrar en detalles. No sé si me estoy  poniendo cada día más existencial. Esta enfermedad es la única que puede avanzar a voluntad propia, las demás nos dejan inmóviles, inertes y sin decisión frente al fin.

Veo esas cuatro águilas que componen esta pileta que tengo frente a mi campo visual; veo algo de mí en ellas. Esas águilas que observo solo son decoración, porque aun su brillo dorado, es un barniz barato que con el tiempo se corroerá. Son águilas imperiales muertas, que solo son instrumentos para hacer brotar agua, como parte de la decoración.

Los seres humanos somos agua, hasta podría decir que tenemos una existencia líquida.  Nada podemos retener,  ni siquiera el amor, la fe o la verdad. Todo es arena entre las manos.

Qué somos, me pregunto hoy mientras estaba en la cima de esa  montaña en el poblado de San Jerónimo; por un momento el cosmos y el sentido se resumía en una sola pregunta sin respuesta; cerré los ojos, lloré, recordé que la vida es un consumirse en preguntas. Bajé la montaña con ayuda de mi cayado, seguí sonriendo y retome mi papel con dignidad en este teatro. Tarareé una canción y di vueltas en el cuarto de mi alma, con una sombrilla roja.

Cada día morimos un poco; pero no niego que hay existencias que cada minuto mueren enteramente. Por ejemplo cuando traigo a memoria mi Edén personal; aquellos recuerdos dulzones de infancia, jugando con aquel balón rojo, viendo llover por mi ventana y a la vez desear bailar bajo la lluvia. Ver a mi abuela coser con su vieja máquina y darle vueltas a la perilla del viejo televisor a blanco y negro marca Philips.

Minutos muertos como divisar aquellas noches de invierno donde en ropa íntima pintaba cuadros surrealistas, maldiciendo a Dalí a cuatro voces desde la azotea.

Lo confieso, estos son mis trompetas finales, tanto el pasado como el presente se vuelven sonidos apocalípticos emitidos desde la trompeta de Louis Armstrong. Sueño con que esas siete trompetas finales sean entonadas por él,  en algún lugar. Aunque en momento creo que todos los sonidos son iguales,  tengo dificultad en identificar un “Cantus Firmus” en todo esto. Ora la escala musical es existencialista, ora mi oído se rebela contra mi corazón, ese viejo catador de sentido.

Frente a este parque, con estas cuatro águilas imperiales muertas, el agua rociando mi cara, muero un poco. Me vacío en estas letras que configuran mi sentir. Qué puedo hacer, no lo sé. Quizás solo sonreír y asumir mi papel con dignidad en este teatro.