Mis deseos pierden su pureza cuando se arrojan a la laguna de la común-unidad. Pero esta verdad de perogrullo es de connotación más profunda que su obviedad. ¿Mis deseos son realmente mis deseos? 

 

Por / Sebastián Castañeda Palacios*

Ahí estaba yo, parado, frente a mis estudiantes, justo el día de decirles adiós mientras me preguntaba con cierta melancolía: ¿Cómo seré recordado? Quizá esta sea una pregunta recurrente en las despedidas; más recurrente aún en las vísperas de la muerte. Me preguntaba ¿por qué ha de importarme cómo me recuerden? “Al fin y al cabo, yo estoy seguro de lo que soy”, podría haberme respondido en un intento más de autoengaño, pero ¿qué es este tipo de recuerdo, sino la versión de mi ser que el otro tiene?

En un texto pasado (ver) terminé preguntando: ¿eres y has sido como has querido ser o como otros han querido que seas? Es inevitable que de esta incógnita derive la siguiente, que interroga por el papel del otro en mi identidad, en cómo soy. ¿Acaso existe la tan pretendida y anhelada autonomía? ¿Realmente soy como se me da la gana? ¿Soy la versión que tengo de mí mismo o el recuerdo que los otros tienen de mí?

La presencia del otro es condicionante, su mirada, su voz, su olor, incluso, su ausencia física modifica mi voluntad. Al menos eso dice cierto alemán.[1] El otro y su invasión son inevitables; incluso el ermitaño del bosque, el leproso confinado, tiene en su consciencia la presencia de otros, siempre conminándolo, siempre recortándolo.

Mis deseos pierden su pureza cuando se arrojan a la laguna de la común-unidad. Pero esta verdad de perogrullo es de connotación más profunda que su obviedad. ¿Mis deseos son realmente mis deseos?

Justo ahora son bien valiosas las palabras de aquel pasaje de El ser y la nada cuando Sartre advierte que “en una cualquiera de mis conductas siempre me es posible hacer converger dos miradas, la mía y la del prójimo”, porque justo en la voluntad individual, la que considero mía y convierto en acciones, está presente el otro como coaccionante y como juez de mi conducta.

Es un hecho concreto, no una especulación, que no hemos sido arrojados al mundo en solitario: con-vivimos, ya sea en sociedades modernas, en tribus, en manadas, en una pequeña familia o en presencia de esos grandes Otro que nunca dejan de mirarnos: la madre y el Soberano (en ambas acepciones de la palabra). ¿Dónde quedo yo con mi voluntad, con mis deseos, con mi identidad?

Evidentemente, soy yo; y yo, ya somos muchos. No es posible una acción pura, toda acción es co-acción, actúo de una forma porque he sido influenciado a ello de manera más o menos directa; de ahí que todo lo que yo haga sea una acción hecha por muchos, no necesariamente porque ellos realicen la obra sino porque están en mí para impulsarme y para juzgarme. Mi madre, el Otro, siempre me mira y me juzga, así no esté aquí.

Del mismo modo, yo soy tanto lo que creo que soy como la imagen de mi ser que los otros tienen. Mi existencia es com-partida: mi ser se parte con los otros: soy mi recuerdo propio, lo que mi memoria posee de mí, pero también soy lo que las otras memorias tienen de mí. Mi forma de ser es una formación mutua de recuerdos y exigencias. El otro me con-forma: me juzga, me limita, me observa, me acompaña. Qué tanto tanta importancia le dé a tal cosa es algo por definir.

Todo esto es contrastable por parte de cada quien con un leve análisis de sus propios deseos; de hecho, dicho examen propio debe ser una tarea existencial constante. Permíteme, lector, contestar a la subsecuente pregunta: no, no es posible desatar por completo el nudo que nos une a los otros. Así, pues, ¿dónde queda la autonomía y la libertad?

Si entendemos que la libertad[2] es que nadie interfiera en mis deseos, decisiones y acciones, lo que podríamos llamar una libertad total, entonces la libertad no existe y es un error grave pretenderla: no hay forma de romper el nexo de influencia que los otros y el Otro ejercen sobre mí.

Vale la pena traer a colación a Pedro Baños cuando afirma que “si no nos damos cuenta de que nos están lavando el cerebro, probablemente es que ya lo han hecho”, y esto aplica para todo tipo de relaciones sociales: la cadena de influencias que me lleva a ser como soy hoy es tan basta que se invisibiliza, se pierde su rastro y parece que no existiera. ¿Eso me convierte en esclavo del destino como cuando se dice que todo está escrito?

No necesariamente, si bien no es posible romper el nudo que nos ata a los otros, sí nos está permitido aflojarlo. En efecto, la libertad también puede ser entendida como la posibilidad de decidir por mí mismo una posibilidad de las muchas que se me planteen en un asunto.

Si bien la diferencia con la anterior mirada no es radicalmente distinta, las implicaciones sí que lo son. La noción anterior de libertad parte de una ingenuidad de que nadie me influye, muy propia de la adolescencia de carácter; mientras esta nueva noción parte de la aceptación de que la voluntad y el deseo no son ni puros ni realizables de manera absoluta.

He aquí una libertad posible: yo quiero decidir mi propio destino, así sea consciente de que otros me influyen. Por ello podría tener razón esa frase atribuida a Sartre que dice que un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él, ya que nacimos sin haberlo elegido, nos criaron al antojo de otros, nos dijeron qué opciones había en la vida, pero aun así podemos aflojar el nudo y tomar otros rumbos, otras decisiones marcadas por otras influencias elegidas por nosotros mismos. En este caso es obligación personal una inacabable inspección de todo aquello que nos influye: siempre hay que revisar la red que nos mueve a hacer esto y no aquello.

Con todo esto, el recuerdo del otro me constituye en dos sentidos. Es la narración de mi influencia en él y es la versión de mi ser que el otro se ha hecho para sí mismo. Le influyo y me influye. ¿Suena obvio? Eso parece. ¿Lo es? Quizá la libertad de elegir mi vida sea solo la posibilidad de ser algo mientras me miran. ¿Quién seré yo para esas personas? ¿Quiénes serán ellos para mí? ¿Quién serás tú, lector, para quienes te miran? ¿Por qué unas miradas te importan y te influyen más que las otras?

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[1] “El coestar determina existencialmente al Dasein [así le dice  Heidegger al ser humano] incluso cuando no hay otro que esté fácticamente ahí y que sea percibido. También el estar solo del Dasein es un coestar en el mundo” (Heidegger, Ser y tiempo, §26 )

[2] Recomiendo al lector una relación cuidadosa con el libro Dos concepciones de libertad de Isaiah Berlín.

 

Referencias

Baños, P (2017) Así se domina el mundo. Bogotá: Ariel.

Berlín, I (2001) Dos concepciones de libertad. Madrid: Alianza.

Heidegger, M (2003) Ser y tiempo. Trad. Jorge Eduardo Rivera. Madrid: Trotta.

Sartre, J. P. (1993) El ser y la nada. Trad. Juan Valmar. Barcelona: Altaya.