Esta generación de jóvenes eunucos mentales sólo                                                                                                            

tiene un camino para asumir su conciencia histórica:                                                                                                       

¡Ser la Generación Nadaísta! [1]

Gonzalo Arango, Primer Manifiesto Nadaísta, p. 31

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Gonzalo Arango, Jotamario Arbeláez, Raquel Jodorowski, Luis Fernando Mejía, Elmo Valencia y Pedro Alcántara en Calipuerto. Mediados de los sesenta.  Fuente: http://www.diatribasdeumbertocobo.com/mito_y_nadaismo.html

 
Por: Jaime Flórez Meza  

A cuarenta años de la muerte del controvertido poeta, escritor y periodista colombiano Gonzalo Arango, acontecida el 25 de septiembre de 1976 en un accidente de tránsito, resulta nuevamente propicio revisar un poco una vida que, al decir del filósofo colombiano Santiago Castro Gómez, fue una “estética de la existencia”.[2]Con un puñado de jóvenes rebeldes, inconformes, desorientados y provincianos como él, fundó en 1958 una corriente cultural y literaria a la que denominó nadaísmo, que llegaría a ser un movimiento contracultural y vanguardista en Colombia, liderado por una serie de artistas y con numerosos seguidores en todo el país, y que estaría emparentado con otros iconoclastas grupos literarios del continente: la generación beat latinoamericana. Los nadaístas, como fueron conocidos, le dieron a un país conservador, ultra católico, intolerante y desmembrado por sucesivos períodos de violencia –el último de los cuales era el que se conocía, justamente, como La Violencia-, más que una  literatura de vanguardia otra forma de existir que hacía de la vida individual y grupal vivida intensamente, la obra misma; y ello a partir de aquello que los movimientos contraculturales de ambos lados del Atlántico venían reivindicando desde comienzos del siglo XX a través de las vanguardias artísticas: la rebelión del cuerpo; rebelión que los hippies de los sesenta llevaron a un punto desconocido hasta entonces. Ese frenesí llevó a los nadaístas a tomarse plazas y espacios culturales canónicos para desacralizarlos e interpelar así al Establecimiento; se situaron, pues, en el momento exacto y coyuntural de la historia de Colombia y el mundo (la violencia política del país, las guerras internacionales de la Guerra Fría, la revolución cubana, la irrupción del rock and roll y las culturas juveniles, la revolución sexual de los sesenta…) para desplegar lo que podría denominarse, siguiendo también a Castro Gómez, una “dramaturgia de la verdad”[3] y la vida en un país desangrado por los cientos de miles de cuerpos masacrados de campesinos que la violencia liberal-conservadora, ese régimen del terror y la muerte, había dejado.

Justo cuando el país iniciaba el período del Frente Nacional en 1958, pactando una alternancia entre liberales y conservadores en el poder como una manera de poner fin a sus sangrientas diferencias y al gobierno de transición del general Rojas Pinilla que pretendía, mediante una asamblea nacional constituyente, mantenerse en el poder, Arango lanzó el Primer Manifiesto Nadaísta, diez años después del magnicidio del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, ese acontecimiento sin el cual nunca habría existido el nadaísmo. Después de que Rojas Pinilla asumió la presidencia en 1953 tras un golpe militar, en un momento de violencia e ingobernabilidad insostenibles, Arango abandonó la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia, aunque en realidad ni se había graduado de bachiller por haber quedado debiendo una materia (tenía por ello matrícula condicional en la universidad), ni asistía a clases (al parecer sólo lo hizo en un comienzo); se la pasaba leyendo en la biblioteca, y fue durante los tres años que pasó ahí que adquirió una cultura bibliográfica que marcaría su vida: Nietzsche, Sartre, los surrealistas, Albert Camus, cuya muerte se parece a la que él mismo tendría, Fernando González, el filósofo antioqueño que sería un poco su guía espiritual, en fin. Ya por entonces era amigo del abogado, juez y académico (y luego además periodista, editor y librero) Alberto Aguirre, quien en 1953 fue nombrado director en Medellín de la agencia de prensa France Presse. Probablemente más que nadie en aquellos años, Aguirre conoció al futuro padre del nadaísmo. Fue su confidente, su benefactor, su incondicional compañero de tertulias literarias y políticas. Bajo su tutela Arango se inició en las lides del periodismo cuando aquél lo nombró redactor nocturno de la agencia, más por asistirlo en su precaria situación económica que porque tuviera las condiciones para el puesto. Pero no duró mucho como tal y se dedicó enteramente al oficio literario. Pese a su renuncia la amistad no se rompió, como tampoco el hecho de que Arango adhiriera al MAN (Movimiento Amplio Nacional), el partido que el general Rojas Pinilla había creado como una tercera fuerza política en un país gobernado históricamente por liberales y conservadores. Su militancia era más bien ingenua y desinteresada y no oportunista y calculadora, pero le valió, de todos modos, ser nombrado corresponsal en Medellín del Diario Oficial, órgano informativo gubernamental que el régimen había puesto arbitrariamente al servicio de sus intereses.

En 1957, cuando Rojas Pinilla es derrocado, Arango se ve forzado a huir de Medellín por su conocido apoyo al régimen; se dice, además, que era miembro suplente de la asamblea constituyente y que, como tal, su vida corría peligro: “Se pide, entre otras cosas, que la cabeza de Gonzalo Arango cuelgue de las rejas de la Avenida Junín, en Medellín”.[4] Se refugia en Cali y allí su azarosa vida sufre un nuevo y definitivo viraje: concibe el proyecto nadaísta, cuyo primer manifiesto redactará durante unos meses febriles y luego leerá en un local de la Avenida Sexta, y que finalmente verá la luz al año siguiente, en Medellín, cuando el novel literato regresa decidido a barrer con la hipocresía, el moralismo, la intolerancia y el rezago cultural de un país, mediante sus libelos –en los que fue un maestro- y sus acciones. Ese primero de varios manifiestos tuvo tal repercusión que hasta el renombrado escritor y humanista Germán Arciniegas anotó, entre otras cosas, que “el nadaísmo es un producto natural dirigido por analfabetas. Entre nosotros, es la consecuencia inmediata de las dictaduras”.[5] Y el pensador Estanislao Zuleta, por su parte, consideraba que “para creer ser el mal de la sociedad burguesa es necesario creer que ésta es el bien […]. En resumen: uno cree descalificar al juez cuando en realidad le concede todo. El nadaísmo pretende oponerse a la sociedad burguesa […]. La sociedad burguesa no lo considera su antinomia. Ella tiene razón: su antinomia no es ese hijo descarriado”.[6]

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Alberto Escobar Ángel y su jefe nadaísta Gonzalo Arango Medellín, 1960. Archivo A.E.A.  Fuente: http://www.gonzaloarango.com/imagen/nadaistas-11.html

 

El propio Gonzalo Arango sería a través de los años desacreditado como poeta, ensayista, narrador y dramaturgo. No obstante, su obra periodística ha merecido elogios, como este de Juan José Hoyos: “Los reportajes de Gonzalo Arango marcaron una época en el periodismo colombiano del decenio del sesenta. Su estilo insolente, lírico y mordaz, y los temas de los que se ocupó durante sus años de reportero convirtieron a su autor en una leyenda viva en una época convulsa. […] De paso, nos recuerdan un momento de nuestra historia en el que Colombia dejó de ser un país rural y pasó a ser un país urbano”.[7] Compañeros de lucha, literatura y aventuras nadaístas, como el poeta Jotamario Arbeláez, reclamaban para Arango su estatuto de poeta: “Al hombre que puso la poesía en estado de alerta, la regó por todo el País y la insufló de manera indeleble en el alma de la juventud, ahora se le quiere desconocer el título de poeta. Por fortuna para su prosa, se dice, la dedicó al periodismo. Pero creo que fue para pagar su plato de frijoles, única comida que se permitía ya avanzada la noche, que tuvo que alquilar su pluma a la prensa”.[8] Como ya lo señalé de paso, Gonzalo fue también un maestro del panfleto, que es, a mi modo de ver, lo más interesante de su obra literaria.

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Ejemplar del Primer Manifiesto Nadaísta Fuente: http://www.elprofetagonzaloarango.com/Primer.html

 

Sin embargo, ¿qué hay de esa poesía otra, la de la acción, la que los nadaístas le mostraron a todo un país como una forma de ejercer el oficio poético, elevando su voz contra una de las sociedades más excluyentes, conservadoras y pacatas de América? Fue a través de sus acciones públicas irreverentes y transgresoras que los nadaístas serían más conocidos, repudiados y recordados en su propio país. Porque fue en ellas que su proyecto alcanzó una coherencia ética, estética y política que, quiérase reconocer o no, contribuyó a crear en Colombia un clima cultural favorable al advenimiento de la modernidad en todas las artes e incluso en otros campos, como el político, el educativo y el social: algo habrá quedado del espíritu nadaísta de provocación, anarquismo, humor, teatralidad, resistencia, alternatividad y renovación en las generaciones posteriores y en figuras y medios que se cultivaron en el país como la canción protesta, el arte de vanguardia, la prensa alternativa, el humor político o la protesta ciudadana; y también, por qué no, en las diatribas y los libros de Fernando Vallejo, en el humorismo crítico de Jaime Garzón o en los actos simbólicos del académico y político Antanas Mockus, por nombrar sólo tres posibles personajes que, consciente o inconscientemente, bebieron de fuentes nadaístas en décadas posteriores.

La primera de esas acciones virulentas tuvo lugar en el parque Berrío de Medellín, en 1958: “Luego de leer un discurso en papel toilette, discurso en que elogiaba a Pablo Alquinta, jinete del popular concurso hípico del 5 y 6, en detrimento de Miguel de Cervantes, procede a quemar los libros de su biblioteca”.[9] Arango sería por el resto de su vida un maestro de la ironía. Y de la paradoja, como se verá más adelante. A ese acto inaugural de la poesía activa nadaísta le sucederían otros más: en julio de 1958 en la plazoleta de San Ignacio, ante el atrio de la Universidad de Antioquia, su ex lugar de trabajo (había trabajado en la secretaría de la biblioteca antes de adherirse al MAN “rojaspinillista”), Arango y sus primeros discípulos realizaron una quema de libros, entre los cuales estaba un manuscrito de su primera novela, Después del hombre, y de muchos de la literatura colombiana, además de otros como la Crítica de la razón pura, de Kant, y el Catecismo del padre Astete. Mientras el fuego consumía el montículo de libros, los nadaístas gritaban: “¡El fuego purifica, viva el fuego!”. Una vez que el fuego se extinguió, Arango y sus compañeros orinaron sobre las pavesas. En su Primer Manifiesto había escrito:

No dejar una fe intacta, ni un ídolo en su sitio. Todo lo que está consagrado como adorable por el orden imperante en Colombia será examinado y revisado. Se conservará solamente lo que esté orientado hacia la revolución y que fundamente, por su consistencia indestructible, los cimientos de la sociedad nueva.

Lo demás será removido y destruido.

¿Hasta dónde llegaremos? El fin no importa, desde el punto de vista de la lucha. Porque no llegar es también el cumplimiento de un Destino.[10]

Y ciertamente algunos propósitos nadaístas no llegaron nunca o tardaron en llegar, como el caso de la prometida revista Nada, que sólo pudo ver la luz doce años después del Primer Manifiesto y bajo el nombre de Nadaísmo 70, publicándose ocho números, entre 1970 y 1971. Otro aparte del texto dice lo siguiente:

La lucha será desigual, considerando el poder concentrado de que disponen nuestros enemigos: la economía del país, las universidades, la religión, la prensa y demás vehículos de expresión del pensamiento. Y además, la deprimente ignorancia del pueblo colombiano y su reverente credulidad a los mitos que lo sumen en un lastimoso oscurantismo regresivo a épocas medievales.

Ante empresa de tan grandes proporciones, renunciamos a destruir el orden establecido. Somos impotentes. La aspiración fundamental del Nadaísmo es desacreditar ese orden.[11]

Los nadaístas elaboraban carteles y pasquines llamativos que fijaban en las paredes, como este en el que invitan a un funeral de la poesía colombiana. Gonzalo Arango (der.) al lado de uno de sus discípulos, Amílcar Osorio.  Fuente: https://literariedad.co/2015/07/26/bienvenidos-los-que-se-fueron-jotamario-arbelaez/ 

Los nadaístas elaboraban carteles y pasquines llamativos que fijaban en las paredes, como este en el que invitan a un funeral de la poesía colombiana. Gonzalo Arango (der.) al lado de uno de sus discípulos, Amílcar Osorio. 
Fuente: https://literariedad.co/2015/07/26/bienvenidos-los-que-se-fueron-jotamario-arbelaez/

 

De ese modo, las instituciones sociales que los nadaístas estaban dispuestos a cuestionar y desacreditar hasta las últimas consecuencias (fundamentalmente la cultura, la familia, la educación, la política y la religión) fueron blanco de sus palabras y sus actos. Dos acciones más ilustran ese propósito: en 1959 se organizó en Medellín, la ciudad donde Arango había conformado uno de los dos bastiones nadaístas (el otro era Cali), el Primer Congreso de Intelectuales Católicos. La ocasión resultó propicia para que el grupo medellinense planeara y ejecutara un sabotaje al evento que tenía lugar en el paraninfo de la Universidad de Antioquia. Un ácido fétido elaborado para la ocasión fue esparcido por los nadaístas en el recinto cuando el gobernador de Antioquia leía su discurso, provocando el caos y la indignación en los asistentes que empezaron a retirarse atropelladamente mientras los jóvenes nadaístas dejaban caer sobre ellos, desde el balconcillo del paraninfo, copias de su manifiesto contra los que Arango denominaba “escribanos católicos”. Entre los intelectuales participantes estaba el poeta Eduardo Carranza, que había inaugurado el congreso. El susodicho manifiesto contenía apartes como estos:   

Ustedes ya atentaron bastante contra la libertad y la razón. Ahora les decimos: ¡ BASTA !
basta de inquisiciones, basta de intrigas teológicas, basta de sofismas, basta de verdades reveladas, basta de morales basadas en el terror de Satanás. Basta de comerciar con la vida eterna, basta de aliarse con dictaduras militares y burguesas, basta de asistir al banquete de la Andi, basta de viajar en “Cadillacs” último modelo, basta de catolicismo.
¡ BASTA! ……¡¡¡ EL DIABLO NO EXISTE !!!! 

Ustedes fracasaron. ¿Qué nos dejan después de cincuenta años de “pensamiento católico”? Esto: un pueblo miserable, ignorante, hambriento, servil, explotado, fetichista, criminal, bruto. Ése es el producto de sus sermones sobre moral, de su metafísica bastarda, de su fe de carboneros. Ustedes son los responsables de esta crisis ue nos envilece y nos cubre de ignominia.

Ustedes no son dignos de venir a representar intereses del espíritu. Consideramos, por simples razones de ética nadaísta, que en Colombia no se puede ser escritor y católico al mismo tiempo. Porque lo uno repugna lo otro. Ustedes son católicos porque no piensan o no piensan porque son católicos. En los dos casos indica que ustedes son unos vejetes caducos y conformistas.[12]

La respuesta de las autoridades no se hizo esperar: la policía arrestó a Arango y lo encerró en la cárcel La Ladera. Esa experiencia, junto con muchas otras más, sería novelada y mitificada por el propio escritor en su obra Memorias de un presidiario nadaísta. Y en el reportaje que le hiciera a su amigo Alberto Aguirre en 1966 comenta lo siguiente: “Él me pagaba el bus y me rescataba de la cárcel cuando me metían por turbar el orden moral y laborioso de la Villa de la Candelaria.[13] […] Él fue un tiempo el defensor de oficio de los nadaístas, a quienes metían al cepo por irrespeto al sentimiento religioso de los antioqueños, o por vagancia, o por marihuana, o por ‘cantinazo’”.[14] En el mismo reportaje, Aguirre apunta, por cierto, lo siguiente: “Los primeros pesos para publicar el manifiesto nadaísta, hace ocho años, los puse yo. Por eso y otras cositas, soy el padre putativo del nadaísmo. […] Hay que reconocer que el nadaísmo le pegó una sacudida a esta sociedad chapada, gris y colonial. Al arremeter contra el mito de la cultura cumplió, radicalmente, una tarea política revolucionaria, aunque no se lo hubiera propuesto en forma deliberada. Ese es su valor histórico positivo”.[15]

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Gonzalo Arango y Alberto Aguirre. Medellín, alrededor de 1953  Fuente: http://www.gonzaloarango.com/imagen/gonzalo-arango-23.html

 

El tercer acto nadaísta que quiero traer a colación es el más polémico y confuso de todos debido a las diferentes versiones que se elaboraron del mismo, lo que ha hecho que se convirtiera en una leyenda urbana. Fue en 1961, cuando la curia colombiana recibió a la Gran Misión Católica, una suerte de peregrinación de curas españoles que llegó al país y, por supuesto, pasó por Medellín durante una semana. Para cerrar sus actividades en la ciudad hubo una misa de clausura dirigida a los jóvenes en la Catedral Metropolitana de Medellín. Una de las crónicas, recogida por Santiago Castro Gómez, cuenta que el poeta nadaísta Darío Lemos fue deliberadamente a comulgar en la Catedral un domingo a la mañana en una misa muy concurrida, y que al recibir la hostia la tomó en sus manos, la metió entre las páginas de un libro (La peste, de Camus), encendió un cigarrillo y salió por la nave central. Muchos feligreses lo increparon a gritos con la palabra sacrilegio. A la salida lo esperaban sus compañeros nadaístas. Llenas de ira, muchas personas salieron tras ellos decididas a lincharlos. Lemos y sus amigos echaron a correr, la policía se sumó a la persecución de la turba enfurecida y sólo el excéntrico comulgante fue alcanzado, arrestado y posteriormente acusado de sacrilegio en un juicio público con falsos testimonios, como el de una señora que afirmaba que el joven poeta había arrojado y pisoteado la hostia con el pie izquierdo.[16] Otra versión sostiene que no sólo Lemos comulgó sino que sus acompañantes también lo hicieron y guardaron las hostias en un libro.[17] Una tercera versión añade que los nadaístas realizaron una misa negra en el Parque de Bolívar, ubicado al frente de la Catedral, con las hostias que acababan de recibir.[18] 

Muy distinta a estas versiones, sin embargo, es la del citado Alberto Aguirre quien en el prólogo al libro Cartas a Aguirre (1953 – 1965) -la correspondencia que durante ese período Arango mantuviera con él- asegura que las cosas sucedieron de otra manera. Cuenta Aguirre que aquel sábado a la noche en que se celebraba la misa a la juventud medellinense, como clausura de la Gran Misión en la ciudad, un grupo de nadaístas, entre los que se estaban Darío Lemos, Eduardo Escobar, Alberto Escobar y Jaime Espinel (excepto Gonzalo Arango que por esos días, al parecer, ya vivía en Bogotá), se encontraban bebiendo licor en el café Metropol, que era su guarida favorita, ubicado a pocas cuadras de la Catedral. Hasta su mesa habrá llegado seguramente el rumor de los cánticos de una misa que se celebraba ante unos dos mil jóvenes, muy cerca de donde se encontraban, así que uno de los nadaístas, sin premeditar el hecho, sugirió que fueran todos a comulgar. “Al fin, el nadaísmo vivía del escándalo, y hacía días que no practicaban ninguno”,[19] dice Aguirre. Se dirigieron, ebrios, a la Catedral, entraron abriéndose paso entre aquella multitud de comulgantes que acusaron su extraña, alucinada y perturbadora presencia; no podían pasar desapercibidos. Sin embargo, no gritaron nada, no hubo ninguna arenga, estaban cabizbajos e incluso temerosos en medio de una muchedumbre hostil. Cuando recibieron finalmente la comunión un grito resonó en la catedral: “Mancillaron la Sagrada Eucaristía”.[20] Y ahí fue Troya. Mientras unos se abalanzaban enardecidos sobre los nadaístas, otros buscaban en el suelo las hostias arrojadas y pisoteadas: “Y fue un grito unánime la acusación, sin respaldo en testimonio directo, brotada sólo del fanatismo: que al recibir la hostia, los nadaístas se la habían sacado de la boca, arrojándola al suelo y pisoteándola. […] Algunos nadaístas lograron escapar entre el tumulto. Otros estuvieron a punto de ser linchados, pero apareció pronto la policía, que los aprehendió”.[21]

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Darío Lemos  Fuente: http://elgranpoetanadaista.blogspot.com/

 

¿Qué sucedió con Lemos, que en más de una versión aparece como el protagonista de este acto performático sin intenciones, por cierto, de performance art? Según Aguirre, que asumiría la defensa de los nadaístas arrestados, Lemos fue alcanzado por un grupo de jóvenes que lo llevaron ante el Arzobispo de Medellín, que se disponía a dirigirse a sus aposentos en un automóvil de la curia. Los jóvenes metieron a Lemos en el interior del vehículo, pero ante la pregunta de su secretario privado el prelado se negó a entregarlo a la policía y, por el contario, le preguntó al joven que dónde quería que lo dejaran. Lemos respondió que por el barrio Buenos Aires. “Así hicieron. Este gesto de nobleza del Arzobispo lo contó el propio padre Vega [su secretario privado], en declaración bajo juramento ante el Inspector que llevó luego el caso penal”.[22] Mientras tanto, un millar de jóvenes fanáticos agraviados se dio a la tarea de buscar minuciosamente durante horas, en el interior de la Catedral y, cuando ésta se cerró, en sus alrededores, los restos de las hostias mancilladas. Al amanecer un joven encontró lo que creía era una de ellas y la guardó en una pequeña libreta. Días después testificó en la Inspección que llevaba el caso que en realidad no había sido una hostia lo descubierto por él con tanta paciencia y tesón, sino una papa frita.[23]

Los nadaístas encarcelados eran Eduardo Escobar, Jaime Espinel y Alberto Escobar, que fueron denunciados por el líder de la Misión Católica, un cura español apellidado Huelin. “Acudí en su defensa […]. No propiamente por amor al nadaísmo, sino por amor a la justicia. También aquí los acusaban del delito de ‘ofensa al sentimiento religioso’, y en realidad eran, de nuevo, víctimas del fanatismo ultramontano  de la sociedad. Pero ahí estaban los acusados, como réprobos malditos”.[24] Diez días le tomó a Aguirre conseguir la libertad de los tres jóvenes contra quienes no había prueba alguna que pudiera inculparlos de algo, pero ya el mito del nadaísmo y sus sacrilegios se había creado y con el correr de los años fue alimentando la imaginación, provocando variantes como la que contara una vez el ex nadaísta Jotamario Arbeláez: que Darío Lemos había dejado caer involuntariamente la hostia de su boca porque la tenía muy seca y la había pisoteado para que no se notara el hecho, sin poder lograrlo, y que a partir de ahí se armó la trifulca en contra suya y de sus amigos.[25] También se habla de un acto de sacrilegio con hostias realizado por los nadaístas un jueves santo.[26] En fin, uno ya no sabe si todas estas fueron distintas acciones o si se trata del mismo hecho contado de diferentes maneras. Aguirre -que en principio sería la fuente principal del hecho como quiera que fue el abogado defensor del grupo tanto esta vez como en el encarcelamiento de Gonzalo por el sabotaje al Congreso de Intelectuales Católicos- sigue diciendo:

Ahí no había ningún delito, puesto que no se había impedido el ejercicio del culto a nadie, ni nadie se había visto forzado a practicar un culto. Que no se habían confesado, alegaba el padre Huelin, autor directo del denuncio penal. Comulgar sin confesarse no es delito ante la ley ordinaria; y ante la ley canónica, ni siquiera es grave: es sólo pecado venial. Que habían recibido la hostia y la habían arrojado al suelo, pisoteándola. Eso fue una alucinación producida por el fanatismo y el dolor de la multitud, pues no apareció testigo alguno del hecho.[27]

 

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Algunos nadaístas en compañía del poeta Juan Manuel Roca (centro) y Eduardo Zalamea (segundo de izq. a der.): Eduardo Escobar, Jotamario Arbeláez y Darío Lemos  Fuente: http://www.ciudadviva.gov.co/septiembre06/magazine/1/4big.jpg

A comienzos de los años sesenta, los nadaístas ya eran famosos en Colombia no propiamente por la obra literaria vanguardista que pudieran estar construyendo, sino debido a estos hechos que la gente y los medios de comunicación juzgaban como escandalosos, y máxime si se tiene en cuenta que el país era, por un lado, muy poco letrado y, por otro, cerrado, intolerante y excluyente ante nuevas expresiones culturales. Además, era impensable en aquellos años que sus acciones literarias, anarquistas y contraculturales fueran vistas por alguien como una dramaturgia de lo real y políticamente incorrecto o como parte de un proyecto vanguardista. El propio Aguirre era un escéptico frente a ello y así se lo hizo saber a Arango en el citado reportaje de 1966: “El nadaísmo, como ya dije, tuvo el valor de un emoliente. Pero se ha quedado en eso, en purgante. Y sus actitudes de desafío y negación, al estereotiparse, se han tornado caricatura. El nadaísmo está en peligro hoy de convertirse en una simple excrecencia de la burguesía, haciendo, no frente a ella sino como su apéndice, el papel del bufón. Con lo cual el nadaísmo resultaría hijo de la burguesía”.[28] Yo creo que los nadaístas eran, al menos en sus primeros años, unos maestros de la provocación que recurrían a distintos medios y acciones para sacudir a un país que necesitaba un remezón en sus costumbres e instituciones. Lo que hacían era provocar a una sociedad adormecida por dogmas, sotanas, fusiles, despojos, leguleyos, patriarcas y prebendas. Muchos de sus militantes pasaron por colegios católicos y seminarios. Otros, como el mismo Arango, apoyaron la dictadura de Rojas Pinilla. Pero la abjuración vino así con el Primer Manifiesto:

Porque la juventud ha sido testigo del oprobio de tiranías políticas, familiares y educativas, limitada por una moral uniforme que sacrifica sus jerarquías intelectuales y revolucionarias.

Un día se sacudió —el 10 de mayo—, incapaz de resistir más abominaciones, y demostró su pasión por ciertos ideales para tener conciencia de su dignidad de seres libres y de su gran poder de decisión histórica.

Ese día aportó su sangre y el sentido heroico del sacrificio para derrumbar una tiranía castrense que al fin de cuentas fue una vergüenza que defraudó la fe de los colombianos y cubrió de ignominia la libertad y la cultura.[29]           

Todos eran hijos de un acontecimiento que torció brutalmente la historia de Colombia: el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Sin embargo, también podría hacerse otra lectura del trágico episodio, como lo hace Santiago Castro Gómez: una “lectura jovial”[30] que ve en El Bogotazo de 1948 la raíz de una generación de colombianos que transformarían las prácticas artísticas, culturales, políticas y sociales del país; es la generación de los nadaístas, del cura rebelde Camilo Torres, del Movimiento Revolucionario Liberal, de artistas como Fernando Botero, Alejandro Obregón, Enrique Buenaventura, Santiago García, Beatriz González, David Manzur, de escritores como García Márquez y Germán Espinosa, del Festival de Arte de Cali, de pioneros del rock en Colombia como los Yetis (ligados al nadaísmo), del Festival de Teatro de Manizales… En fin: una amalgama de personajes y procesos que le dieron a Colombia otras posibilidades de existencia y disidencia más allá del conservadurismo que había colonizado los cuerpos y las vidas de su gente.

En 1961 Gonzalo deja Medellín y se instala en Bogotá; de ese modo el nadaísmo contará con un tercer núcleo de acción. Sus acólitos de Medellín y Cali lo llamaban profeta. Habían visitado varias ciudades del país promoviendo el Manifiesto y las ideas nadaístas, y reclutando adolescentes y jóvenes para su causa contracultural. El escritor y crítico literario Juan Gustavo Cobo Borda comenta al respecto:

Jóvenes que desertarían de empleos y seminarios para solicitar su ingreso en la nueva religión. Jóvenes que en muchos casos habrían de conocer reformatorios y clínicas psiquiátricas en aras de su nueva fe. Pero también algunos esporádicos hampones y derelictos se acercaron a ellos, con gran complacencia del grupo, buscando, más que cambiar el tono de las letras nacionales, un clima permisivo para sus hazañas: las drogas y los tímidos intentos de amor libre figuraban en el decálogo de estos rebeldes ahora con causa.[31]

 

Además de los comportamientos cotidianos y públicos de los nadaístas, las vestimentas que solían usar también resultaban escandalosas en una de las ciudades más tradicionalistas de Colombia. Eso hizo que, por ejemplo, se les conociera también como los “camisas rojas”, por lucir prendas de este color, lo cual hacía que en la calle fueran insultados y tratados como afeminados. Igualmente hacían cosas que para las estrechas mentes de muchos ciudadanos no eran dignas de hombres y mujeres, como que las mujeres del grupo entraran al mencionado café Metropol, que era un enorme café de billares en la calle Junín de Medellín, en compañía de algunos de los miembros varones; o que estos fueran a tomar té en una conocida heladería de la ciudad, otro motivo para que los tildaran de afeminados porque no era bien visto en la Medellín de aquellos años que los hombres tomaran una bebida que se consideraba de señoras, según recuerda Eduardo Escobar, uno de los sobrevivientes del grupo.[32] Muchos transeúntes, pues, contemplaban espantados a aquellos jóvenes de ropas vistosas que transgredían los usos sociales de la época sin importarles el qué dirán. Al valorar sus actitudes y comportamientos en conjunto, el historiador colombiano Álvaro Tirado Mejía dice:

Fueron preludio de la agitación y de las profundas transformaciones que se iban a presentar en el ámbito de la cultura en los años sesenta y, como sucede en la naturaleza durante el choque que producen los cambios telúricos, se manifestaron por el ruido. Tal vez por todo ello, por su forma sociocultural de ruptura, más que por su creación literaria, el nadaísmo perdura como referencia para jóvenes y sectores rebeldes frente a la sociedad actual.[33]

Continuará