Puente que cruzo: Irmgard Emmelhainz

Irmgard Emmelhainz es una traductora y ensayista independiente radicada en México. Obtuvo su Ph.D en la Universidad de Toronto con la tesis Jean-Luc Godard y la cuestión palestina (2009). Ha publicado extensamente sobre arte y cine, así como análisis relacionados con estética y geopolítica. Aquí pueden escuchar una intervención de Emmelhainz en el MoMA alrededor de la fuerza política del arte y los intelectuales (oir).

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La fragmentación neoliberal del tejido social

En la década de los ochentas, Margaret Thatcher proclamó que ya no había más sociedad, y resaltó al “individuo” y la “familia” como los átomos de la nueva sociedad neoliberal junto con nuevas formas de establecer lazos sociales regidos por la racionalidad del mercado. Si históricamente los mercados estaban alojados en las relaciones sociales y eran limitados por costumbres y por una ética de responsabilidad social, ahora las relaciones sociales estarían alojadas en la lógica del sistema económico, haciendo que la subjetividad individual y colectiva sean dominadas por el sentido común neoliberal. Si la revolución neoliberal se enfocó, en un principio, en la privatización y corporativización de la esfera pública, rápidamente se trasladó a explotar nuestras formas de vida, relaciones sociales, formas de subjetivación, estableciendo nuevas formas de control y de sujeción invisibles.

La película Deux jours, une nuit (2014) de los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne, cuenta la historia de Sandra, una mujer que trabaja en una fábrica de paneles solares en Liège, en Bélgica. Sandra tiene que ausentarse de su trabajo por unos meses por cuestiones de salud, y al regresar se encuentra con que su puesto de trabajo se ha hecho redundante y que el jefe les ha planteado a sus compañeros de trabajo un dilema imposible: decidir por medio de un referendo si recontratarán a Sandra, a costa de perder un bono anual de mil euros. Durante la película, que cubre el periodo de dos días y una noche, Sandra visita a cada uno de sus 16 compañeros de trabajo para pedirles que voten para que ella pueda conservar su plaza de trabajo. Además de un retrato actual de la clase trabajadora europea —que vive con ciertas comodidades, aspirando a más, y trabajando en condiciones precarias— dos de los signos de esta nueva era que aparecen en la película son: 1) Sandra comprando botellas de agua, que siempre trae en la mano cuando va a visitar a sus compañeros, quienes al abrirle la puerta de sus casas no le ofrecen un vaso del líquido; y 2) Sandra ingiriendo repetidamente antidepresivos. Una y otra vez la vemos confrontar a sus compañeros de trabajo con el mismo dilema: o solidarizarse con ella (para algunos no es cuestión ni de pensárselo) o votar por ganar el dinero extra (uno la acusa de ladrona y reacciona en forma violenta a su petición). La película resume el dilema de nuestros tiempos, que rige la sensibilidad neoliberal: ¿es innecesario, moral, anticuado e impensable actuar por interés de alguien más? Sandra expresa constantemente culpa al hacer la petición a sus compañeros, y así la película muestra la fragmentación del colectivo, de los lazos de solidaridad entre los trabajadores traídos por la lógica de la precariedad laboral, pero también la irracionalidad de la lógica de acumulación. Al final, la mayoría de los empleados votan por su bono, sin embargo, el patrón le dice a Sandra que no la despedirá: solamente no renovará el contrato de 3 meses de uno de sus compañeros de trabajo, lo cual Sandra no acepta. Al final de la película, la escuchamos hablar con su marido por teléfono y decirle que no se siente desanimada, que comenzará de inmediato a buscar un nuevo trabajo.

Deux jours, une nuit aborda la fragmentación de la misma fuerza de trabajo que el siglo pasado tuvo logros inéditos ante la violencia del capitalismo contra los más vulnerables. Esta fragmentación fue un programa que inició en los setentas con la introducción de políticas avocadas a liberalizar los mercados de producción y de trabajo, privatizar al estado de bienestar y una buena parte de los servicios gubernamentales (educación, salud, energía, infraestructura, etcétera), además de subcontratar al sector privado servicios y bienes públicos y forjar cambios en las leyes laborales y en los derechos de los trabajadores, al igual que promover una división trasnacional del trabajo. Al conjunto de reformas que engloban estos procesos se les conoce como neoliberalismo.

Y, sin embargo, como veremos, a más de cuarenta años de que se ha puesto a trabajar como una lógica que rige la economía-política y las relaciones sociales, el neoliberalismo es más que un sistema regido por la economía del libre mercado. El neoliberalismo es también la forma concreta de funcionamiento del sistema: un conjunto de prácticas e instituciones que proporciona la medida para juzgar acciones humanas y un mecanismo para dirigir dichas acciones. Es decir, la racionalidad económica como modelo de gobernanza a partir del cálculo de las desesidades de la gente, ha sustituido a la ideología política como forma de gobierno convirtiéndose en una forma de sentido común para reorganizar a la sociedad y al Estado basándose en el libre mercado. Bajo la premisa que la lógica de los negocios es lo que mejor determina la felicidad humana, cada elección particular debe estar sujeta a la lógica del mercado. El yo es tan sólo un proyecto de emprendimiento, ejemplificado por el novio que deja a su prometida pues se da cuenta que ya ha aprendido de ella todo lo que podía aprender (español, política y cultura latinoamericanas), además de haber conocido a todos los contactos que le podía presentar y por eso ya no le interesó seguir con ella.

Con el neoliberalismo, la lucha de clases fue sustituida por la competitividad darwinista/darvinista en el campo de trabajo. Al individualizar lo social, todos los problemas sociales y sus efectos se codifican como defectos individuales de carácter, falta de responsabilidad individual, hasta hacerlas patologías. La desmovilización de los ciudadanos se lleva a cabo por medio del control de la atención con los medios y la industria de la cultura, motivando la distracción y la apatía. Al mismo tiempo, la inseguridad laboral lleva a que los ciudadanos se concentren en los intereses privados, como en la narrativa de otra película de los hermanos Dardenne, Rosetta (1999), en la que una adolescente de clase trabajadora denuncia ante su patrón a uno de sus amigos para que lo corran y quedarse con su trabajo. La ciudadanía está ceñida de miedo, propagado por la impotencia individual y la precariedad laboral, haciendo que se ejerza desde la preocupación.

Sheldon S. Wolin calificó al neoliberalismo de “totalitarismo invertido”, por ser un sistema en el cual el poder, en vez de basarse en la figura política del líder, se basa en poderes totalizantes abstractos. En lugar de tender a movilizar masivamente a los ciudadanos, promueve la falta de solidaridad y la despolitización por medio de los medios privados, incluyendo a la industria de la cultura, para difundir propaganda y reforzar la visión oficial del estado de las cosas, que es tolerante e incluye puntos de vista antagonistas. Si el totalitarismo clásico se caracteriza por crear un todo organizado en el que las partes están coordinadas premeditadamente para sostener al régimen de la clase dominante, el totalitarismo invertido refleja la creencia de que el mundo puede cambiar de acuerdo a un número limitado de objetivos. Por ejemplo, el makeover del yo, o por medio de la supremacía militar, misma que es justificada con supuestas amenazas de seguridad pero que en realidad encubren intereses económicos. Mientras que el totalitarismo aspira a controlar por completo todos los aspectos de la sociedad eliminando al otro y neutralizando la oposición, el totalitarismo invertido se caracteriza por la dominación económica de la política, desplazando a la participación ciudadana al sector de los intereses privados, en un régimen que se sostiene en la tolerancia multicultural y la libertad de expresión (de la oposición). Aunado a la despolitización del ciudadano y a su transformación en consumidor, la hegemonía neoliberal se debe también en parte a la marginalización del pensamiento crítico. Este último fue sustituido por los productores de ideas, expertos u opinionistas que operan dentro de la industria de la cultura y los medios masivos de comunicación.

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Este es un fragmento del libro La tiranía del sentido común: La reconversión neoliberal de México, publicado por Paradiso Editores, que está en librerías a partir de este fin de semana.

En este libro, Irmgard Emmelhainz piensa en los distintos mecanismos mediante los cuales el neoliberalismo se ha convertido en una nueva forma de totalitarismo, segregando espacios, homogeneizando poblaciones, determinando al arte y la producción cultural. El neoliberalismo transforma a la lógica de vida, el trabajo y la subjetivación en formas de control social. Las colectividades sufren, los movimientos sociales se desvanecen sin poder concretarse en instancias de organzación política edectivas y los cuerpos son administrados sin dudarlo.

Franco Berardi (Bifo), autor de The Soul at Work: From Alienation to Autonomy(Semiotexte, 2009) prologa el libro. Dice que la atención a la guerra contra el narco en México ha crecido notablemente, sobre todo a raíz de los eventos de Ayotzinapa, pero que una apreciación de la subjetividad involucrada en esta terrible situación aún era necesaria. El libro de Emmelhainz ofrece “por fin una visión del paisaje cultural e imaginario que le sirve de trasfondo a la violencia, proponiendo un acercamiento al problema de la necro-política basado en una consideración de la distribución sensible de la realidad”. Se revela la relación entre subjetividad y gobernancia neoliberal y sus efectos en la sensibilidad y en el sentido común que le dan forma a las vidas de los mexicanos. La lectura de este libro, dice Berardi, nos acerca a la respuesta sobre el origen de nuestra demencia feroz.

*Tomado de la revista mexicana Nexos: Cultura y vida cotidiana.