A modo de colofón, nos dicen entonces que la Historia terminó y con ella las grandes tensiones y utopías que le sirvieron de soporte a lo largo de los siglos, entre ellas aquella de igualdad, libertad y fraternidad…

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

“Ay utopía/ como te quiero/

                                                 Porque les alborotas / el gallinero.”

                                                                    Joan Manuel Serrat

Hace unas tres semanas hablé sobre causas perdidas.

O lo que es lo mismo: de utopías renovadas.

Causas perdidas, utopías: formas de nombrar el viejo mito del Paraíso Perdido.

Los evangelistas del mercado y la globalización, dos fenómenos que en últimas son la misma cosa, reencauchan cada vez que pueden la sentencia aquella del teórico Francis Fukuyama, basada en la idea de que admitir el fracaso del experimento comunista o del llamado “Socialismo real” equivale a aceptar que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

No importa si los pobres se multiplican, si las lógicas del capital y el consumo arrasan con los  recursos del planeta a una velocidad de vértigo, si la guerra sigue siendo el camino más expedito  para apoderarse de los bienes ajenos y, en fin, si las miserias sin cuento se disfrazan con  cifras y cuadros estadísticos que día  tras día nos hablan del aumento exponencial de los bienes y servicios, aunque no digan nada acerca de cuántas personas y en qué condiciones pueden acceder a ellos.

A modo de colofón, nos dicen entonces que la Historia terminó y con ella las grandes tensiones y utopías que le sirvieron de soporte a lo largo de los siglos, entre ellas aquella de igualdad, libertad y fraternidad que fue la esencia de la  Revolución Francesa y su expresión vital más perdurable: la declaración universal de los derechos del hombre que nos ha servido de brújula hasta el día de hoy.

Desde esa perspectiva proponen como única salida un modelo de sociedad basado en los principios darwinistas de la selección natural, que en términos prosaicos equivale al  “sálvese quien pueda” que se escucha en medio de los naufragios y otros desastres no siempre naturales.

Semejante determinismo niega de plano el papel que juega la cultura como territorio donde se forjan los criterios de valoración y se fundan los momentos supremos de la especie humana, que van desde el derecho, pasando por los arrobamientos de la poesía y la religión, hasta alcanzar las intuiciones y certezas de la ciencia.

Esos momentos han sido desde siempre expresiones de la   utopía, ese reino sin tiempo ni lugar amasado con las ilusiones, los temores y las expectativas de la  gente, que solo encuentran asidero en ese territorio de lo posible más allá de lo imposible.

Frente al pragmatismo sin remedio de  los ministros de economía, los nostálgicos se remiten invariablemente a la década de los sesentas del siglo XX, ese instante de fiesta y orgía en el que parecieron coincidir tres de las más importantes corrientes de pensamiento de las últimas centurias: el marxismo con su propuesta de liberación del reino de las necesidades, el sicoanálisis y su rebelión desde el vórtice mismo de la líbido y el pensamiento de Nietzche con su poética de la voluntad de poder.

Las revoluciones políticas en medio planeta, la explosión sexual que para algunos alcanzó su momento cumbre en el verano de 1967 y la llegada a la luna fueron para muchos la expresión material del momento de conjunción de esas corrientes.

Ante el tamaño de la amenaza, los poderes que controlan el mundo no tardaron en poner en marcha ese implacable mecanismo en el que los medios de comunicación reemplazan a los maestros, los políticos a las fuerzas sociales y los tiburones de las grandes corporaciones a los estadistas.

Fue ese el punto de inflexión que marcó el comienzo del reinado de la dupla  Reagan- Thatcher y sus epígonos en el mundo entero, encargados de conjurar los peligros y de confeccionar para los corredores de bolsa la imagen de un planeta uniforme, aséptico y despojado de cualquier sentido crítico.

Sin embargo, contra todo pronóstico, no todo el mundo está dispuesto a dejarse  conducir tan fácilmente al matadero disfrazado de paraíso por las agencias de publicidad.

De vez en cuando, como en el viejo mito del Ave  Fénix tantas veces reinventado, irrumpe la utopía, fresca y renovada, para recordarnos que todavía hay lugar para la herejía y que a pesar de los evangelistas del mercado y la globalización, mil caminos son posibles para escapar a ese “Fin de la  Historia” que pende como una soga sobre la cabeza de los hijos de la era digital.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada