En Quinchía, talleres de cuentos

Tras la cola de la rata presenta a continuación una serie de cuentos producto del “Taller de escrituras creativas: Aurora en los Cerros Altos”  llevado a cabo en la Casa de la Cultura de Quinchía para niños y adolescentes y conducido por  la poeta Carolina Hidalgo.

Fotografía de Héctor Tapasco
Fotografía de Héctor Tapasco

Un ciego yendo a la biblioteca

Por: Santiago Arango Flórez

¿Veo oscuro, claro u otros colores? No, pero lo que sí veo es un fin de aventuras que hacía cuando podía ver y mi ceguera no existía. La lectura no era mi hobbie, ¡era como mi más grande amor! pero desde que perdí mi visión he estado cerca de seis meses sin ver un texto, párrafo o una insignificante oración, ahora sólo pienso en los libros de aventura, comedia, amor, tragedia y  todas las novelas que leía y leía hasta que me dormía con ellas en mi pecho. Bueno, a lo que quiero llegar es que, a lo mejor, me pienso ir para la biblioteca para poder sentir un libro  antes de irme de este mundo.

-Marta, Marta ¡ven ya!

-Ya voy, ya voy

-No, ven ahora mismo, quiero ir a la biblioteca

-¿Cómo?¿ a la biblioteca? Cómo se te ocurre, no te dejaré ir de ninguna manera.

-Marta sólo quiero que me cumplas este deseo, yo nunca te he pedido nada.

-No, me comprometo a cuidarte y no te puedo llevar  ya que tengo mucho trabajo, pero si quieres te puedo traer algunos libros.

-No, yo quiero ir a la biblioteca

– No, sabe qué, usted verá si se va pero conmigo no cuente.

-Ah, bueno entonces ya me voy…

Al salir me saludo Don Alberto, un reconocido abogado del pueblo, me dijo que hacia donde me dirigía. –Me dirijo hacia la biblioteca- le respondí.

-¡Ah qué bueno!, ¿a visitar a alguien?

-No, yo voy  para volver a sentir  un libro y para que me lean uno de esos poemas que tanto me gustan.

-bueno, que le vaya bien,

-Espere don Alberto, usted me puede decir dónde queda la biblioteca.

-Lo que yo tengo entendido es que queda a dos cuadras más arriba.

-Ah, bueno que le vaya bien, muchas gracias.

Al despedirme caminé dos cuadras con una amable señora que se ofreció a acompañarme. Al llegar le pedí que me indicara en qué dirección quedaba la biblioteca pero me respondió que no había ninguna. Pero me indicó que quedaba cinco cuadras más adelante, pero que no me podía acompañar ya que estaba retrasada para una reunión, pero me dijo que esta zona era tranquila y que no me pasaría nada.

Caminé cinco cuadras más y me encontré con una señora que resultó siendo la bibliotecaria y me dijo que si quería me leía todo lo que yo quisiera.

“Jaru”, el búho sabio

Por: Sebastian Espinosa

Cuenta la leyenda que en la Sierra Nevada de Santa Marta, existió alguna vez un pueblo llamado los kuntarios. Un pueblo pacífico, de fértiles tierras pero con un remordimiento en su historia.

Se dice que el fundador de su tribu llamado Cacikanio fue engañado por los españoles, en cuanto lo encontraron, lo obligaron a que su tribu trabajase para ellos en la extracción de oro asegurando que eran seres místicos.

El fundador fue sometido bajo el poder español, pero mucho tiempo después cuando éste era ya viejo, se dio cuenta del terrible error que había cometido al haberse entregado sin pelear, pues descubrió que el oro que se extraía no era con fin de adornar los altares de los dioses, ni de ofrendárselos, sino de llevárselos a la corona española en unas aves que iban sobre el agua, como él lo aseguró.

El jefe y fundador de la tribu molesto con los españoles, ordenó que su descendiente, su hijo Balnio vengara la trágica verdad descubierta y el engaño. Antes de morir, le entregó un antiguo amuleto y le dijo en su lengua indígena “cuídalo, esta es la clave de nuestro poder, magia, riqueza y es lo que nos llevó a ser lo que somos, ésta es la llave de la ciudad de los dioses”

El joven de 17 años no estaba seguro de lo que se supone era la clave de su liberación, pero jamás supo qué hacer con el amuleto, solo lo supo hasta el momento de su muerte.

Años más tarde, después de una feroz batalla, Balnio perdió el amuleto en el momento en que uno de los españoles le perforó el corazón con su arma,  así, pues, el amuleto quedó en manos de los españoles quienes se lo presentaron al virrey de la Nueva Granada en señal de su conquista. Éste no le puso mayor atención y ordenó que fuese llevado al “salón de trofeos” como él lo llamaba sin siquiera molestarse en tocarlo. Fue llevado al salón donde permaneció durante años hasta la huida de los españoles cuando el Grito de Independencia.

Después de la independencia, diferentes grupos de criollos e indígenas revisaron el palacio del virrey, donde también encontraron el salón de los trofeos. Cada tribu y cada pueblo tomaba el trofeo que la corona había arrebatado como señal de la conquista y lo llevaron a sus respectivos pueblos, pero nadie se preocupó del amuleto y quedó tirado en una esquina del salón.

Diferentes personas – incluyendo niños- visitaron el palacio del virrey derrocado como atracción y forma de burlarse de la corona española. “Jaru” un hijo de un criollo casado con una indígena, vio en una esquina un antiguo, viejo y feo amuleto, que no tenía nada de especial aparte de ser de madera tallada y en forma de búho,  con ojos de cristal, unas flechas en sus garras y  unas inscripciones en lenguas indígenas que él no entendía, pero le atrajo finalmente.

El niño Jaru se llevó el amuleto por diversión, sólo para mostrárselo a sus amigos porque le gustó el dibujo. Al llegar a casa, se lo mostró a su padre quien no le puso mayor atención, creyendo que era sólo una cosa de niños que le había gustado porque sí, pero su madre en cambio, que conocía la historia de ese amuleto -pues durante varias generaciones su familia había pasado una antigua canción en la que se mencionaba un búho con tres flechas- sí le puso atención.

Su madre observando ese anhelo de su hijo, esperando que le dijese algo sobre él, no estaba más que asustada pues este amuleto tenía una historia muy sangrienta. Ella miró a su hijo que tenía tan sólo nueve años y le contó la historia a éste.

El niño no tenía mucho criterio y sólo pensaba en la parte de la historia cuando contaba sobre La ciudad de los dioses y jamás puso atención a la parte de la muerte provocada por el objeto. Durante años lo mantuvo siempre consigo hasta cumplir los 22 años, edad en la que su padre decidió que ya había llegado el momento en que su hijo debía aventurarse al mundo para que supiera lo que era la vida y regresará convertido en un hombre.

El joven Jaru había esperado esto por muchos años, ya quería ir a buscar lo que su madre había llamado La ciudad de los dioses, tomó sus cosas, se despidió de su madre y se fue por todo el país buscando la procedencia de este amuleto.

Viajó días, semanas, meses, años. Conoció diferentes departamentos como Nariño, Antioquia, incluso pasó tiempo en el Amazonas donde se convirtió prácticamente en un hombre, pues allí luchó contra la naturaleza, la adversidad; animales y cosas horribles inimaginables; dolores interminables, hambres y sed que ya lo tenían agotado y sin embargo no podía encontrar alguien que supiera sobre el amuleto. Hasta sus 32 años de edad no supo lo que había qué hacer con el amuleto; ya estaba harto y cansado de lo que había vivido, ya era un hombre formado tanto en cuerpo como en mente y creyó  más que suficiente su sacrificio y su hombría para regresar a casa.

Ya con sus cosas en la mano estaba listo para regresar pensando en su madre, en su padre y en las cosas que extrañaba desde su partida y entre tanto pensar recordó algo, la ilusión con que había tomado ese amuleto por primera vez, la emoción con que su madre lo había criado a causa del amuleto y recordó que su padre quería que volviera convertido en un hombre y se dijo a sí mismo: “un hombre no se rinde,  un verdadero hombre no deja su camino empezado, aún no estoy listo porque  pienso como un niño en rendirme”.

Tomó sus cosas y siguió su camino buscando el lugar de procedencia del amuleto hasta llegar a la Sierra. A lo lejos, Jaru vio la Sierra y la belleza de la misma, esperaba con ansias encontrar el lugar de donde procedía este amuleto.

Buscó por todas partes un indicio, un dibujo, una palabra, algo que lo guiase pero no lo encontró; se sentó en una piedra a ver el amuleto y a pensar que ya había pasado tres meses en la Sierra y no encontraba nada; creyó que ya era hora de irse.

Lo miró una vez más y en él vio algo especial, eran los ojos del búho los que lo miraban directamente y le decían: ¡fracasado!, ¡tonto!, te vas a rendir sin haber demostrado tu hombría. El joven con ánimos se levantó de la piedra, tomó el búho en sus manos y lo levantó ante su mirada y dijo: ¡no me rindo porque los ojos del búho ven en la oscuridad, así como el búho yo veré en la oscuridad del camino!

Después de tomar esa determinante decisión, a lo lejos vio un búho que rodeaba un área de la montaña. El joven fue a ver qué era, lo que ocurría y al llegar vio frente a él un tótem en forma de búho  con un cadáver encima de él. Se asustó y retrocedió aterrorizado y al verlo vio algo en él, un escudo español junto con una armadura con la pistola apuntando hacia el frente de él, se dirigió hacia el lugar donde apuntaba la pistola y encontró otro cadáver momificado, era Balnio.

En las manos de Balnio había un manuscrito. El joven aterrorizado tomó el manuscrito y lo leyó. Extrañamente estaba escrito en español y decía “Aun cuando caigo en este lugar, mi alma vuela con el búho de mi pueblo que es el símbolo de nuestra sabiduría y astucia, cuando vi al español tomar su arma y dar en el blanco con su tiro no tuve miedo porque mi descendencia será eterna y porque mi pueblo vivirá mientras el amuleto esté en manos de un kuntario”.

El joven se preguntaba cómo si era un indígena la carta estaba en español, fue algo que jamás entendió pero después de leerla estaba más feliz que nunca, había encontrado al fin el lugar de donde procedía su amuleto pero aún no sabía qué hacer con él.

Pasó días antes de darse cuenta, pero lo descubrió cuando vio a un búho tomar una pequeña rata que iba en el camino, “así como un búho toma a su presa para su alimentación puede ser tomado como un tributo”.

Entonces, entendió: no era una pregunta de cómo usar el amuleto era una pregunta de qué hacer con él.

Se internó en el monte y siguió al búho hasta su guarida; allí lo encontró destrozando a la rata pero minutos después se fue, el joven aprovechó y se acercó al nido pero no vio nada que le sirviera, otra vez frustrado se sentó en el árbol a pensar qué hacer con el amuleto, mirando a la rata muerta veía los rasguños del búho. Tomó el amuleto y pensó en la ironía de los que idolatran a un asesino silencioso que a pesar de aparentar ser muy calmado tenía en su interior el instinto de un águila.

El joven miraba el amuleto cuando vio algo que lo impactó, los ojos del búho eran ojos huecos, ojos sin nada, sólo un simple cristal en un trozo de madera sin algo adentro que revelara algo de misericordia. Jaru reflexionó sobre esto: “se supone que los ojos son la ventana al alma pero este búho no tiene nada en los ojos por ende no tiene alma” descubrió al fin la verdad sobre su amuleto, un cuerpo sin alma, un asesino sin piedad que promete la serenidad y la forma tranquila de un sabio pero capaz de convertirse en un asesino sin piedad si la situación lo merece; eran las características propias de un demonio en la religión de los españoles.

El joven comprendió que la verdad es que la ciudad de los dioses que buscaba era nada más que el infierno custodiado por el búho mentiroso que aparenta mucho y demuestra la naturaleza de un asesino. Reflexionó acerca de la muerte de Balnio y se dio cuenta de que más que una toma de riqueza y muestra de poder de los españoles era más un intento religioso de acabar con el adversario de su Dios, el diablo.

El búho era un asesino y no un ave de sabiduría en el significado de esta búsqueda. Era el guardián del averno indígena, era el presagio de la muerte, y los indígenas  hacían alarde y adoraban a un dios de guerra y muerte.

La ciudad de los dioses no era el nombre real, sino que se llamaba “La ciudad de los inmortales” y se tomó el nombre de Ciudad de los dioses como una reflexión a la inmortalidad, todo lo que creían los indígenas no era nada más que una mala interpretación del fundador de los kuntarios que encontró el amuleto junto a las garras de un búho muerto y lo tomó como una señal divina de bondad cuando era un presagio de muerte.

Jaru ya consciente de la naturaleza del amuleto, comprendió que las flechas además de referirse al guardián de la puerta se refería al cómo abrirla. Las flechas se usan para matar y en este caso eran para eso, para darle un castigo a un asesino. Entonces, el joven Jaru con una roca esperó a la llegada del búho y cuando llegó, le pegó en la cabeza con la roca y lo mató. Llevó el cuerpo del búho al tótem. Sacó el cadáver de su camino y se puso a desangrarlo como una ofrenda al dios diabólico de la muerte de los indígenas, viendo el tótem se percató de las mismas marcas de garras que tenía la rata que el búho mató y en ellas unos agujeros, vio que había que quitarle las patas al búho y colocarlas en los agujeros.

Al colocarlas, el tótem se rompió y cayó al piso. Jaru tomó el tótem y al moverlo vio una roca debajo de él con una especie de cerrojo que sólo se abría con una llave, el amuleto era la llave. Antes de entrar decidió que lo mejor era no entrar solo, bajó de la Sierra y les dijo a todos los hombres que vinieran que esto podría ser un hallazgo increíble, además de la posibilidad de encontrar oro. Los hombres accedieron y al subir a la Sierra, vieron la piedra con la cerradura.

Jaru tomó su amuleto y lo introdujo en la roca que se abrió por la mitad y se contrajo a los lados dejando a la vista unas escaleras. Jaru iba entusiasmado por el descubrimiento y las verdades que podría descubrir en este lugar, ya que no le interesaban los tesoros sino el conocimiento, mientras los otros hombres buscaban el oro por codicia, además cada uno para sus nefastos fines,  la mayoría quería el oro para destruir a sus enemigos, otros lo querían por vanidad y por lujo y no pensaban más allá de sus egoístas propósitos, mientras Jaru veía la posibilidad de aprender nuevas técnicas, cosas excepcionales como historia y medicina, llenarse de los conocimientos de los indígenas para darlos a conocer y compartirlos con el mundo.

A lo largo del camino los hombres empezaron a encontrar pequeñas pepitas de oro que al tomarlas encendían una antorcha como con una especie de magia vudú, cada hombre fue encontrando una pepita hasta llegar a una inmensa puerta de oro, los hombres enloquecieron por la fiebre del oro y pedían a Jaru que la abriera.

Jaru abrió la puerta y detrás de ella encontraron una pequeña parte del tesoro, todos estaban enloquecidos por el oro pero Jaru se palideció y cayó al piso, cuando los hombres fueron a socorrerlo vieron el motivo por el que él estaba así. En una esquina del cuarto cubierto de oro y joyas estaba el cadáver de una mujer de unos 28 años totalmente momificada.

Jaru la miró y veía la atrocidad ocurrida con ella pues tenía marcas de puñaladas en su vientre y al ver su vientre subió a su pecho y vio en él un collar que tenía la cruz de Jesucristo en madera. Comprendió que era católica pero.. ¿­qué hacía allí?. De repente, la carta escrita por Balnio en perfecto español tomó sentido. Él estaba enamorado de una española pero su amor estaba prohibido, pero ellos se veían en secreto y un día los españoles se dieron cuenta de la traición y destruyeron la aldea y Balnio corrió a esconder a su amada (que le había enseñado español) y la escondió en este lugar, el cual sólo pudo encontrar hasta el momento de su muerte. Usó el amuleto para abrir y esconder a su amada pero uno de los españoles lo vio y después de que la escondiera el español se lanzó sobre él y le dio un golpe con su arma. Balnio cayó inconsciente y el español entró a buscar a la mujer y al encontrarla tomó su cuchillo y la apuñaló ferozmente. Cuando terminó su acto barbárico vio la puerta y la abrió con el amuleto y al ver todo ese oro, decidió que lo mejor era esconder el cadáver allí pues sus órdenes no eran matar a la doncella y podría ser castigado. La tomó y la escondió y resolvió que si daba a conocer todo ese oro se lo llevarían a la corona, así que mejor volvería por él luego.

Cerró la puerta y la roca por la que entró y salió de allí. Pero no esperaba que Balnio estuviera ya consciente, éste lo golpeó con una roca en el pie y le pegó una puñalada en el corazón y le quitó el amuleto, pero el español con sus últimos momentos de vida y grandes descargas de adrenalina disparó su arma perforando el pecho de Balnio.

Luego otros españoles subieron y vieron los cadáveres que ya empezaban a oler mal; el coronel de los españoles tomó el amuleto en señal de victoria y dejaron los dos cadáveres allí pues no podían darse el lujo de perder el paso y no podían llevar a cuestas un cadáver que por su olor podría delatar sus campamentos y hacerse acreedores de un ataque sorpresa.

Jaru lo entendió todo y cómo por la codicia del oro habían muerto tantas personas. Al final del cuarto había dos puertas más, una de oro sólido con inscripciones de tesoros y otra de madera con el símbolo de un búho con dos libros en sus patas. Los hombres tomaron la de oro y la cruzaron y encontraron mucho más oro, pero cuando trataron de salir no pudieron. Uno de ellos piso un interruptor en el piso y del techo salieron unas estacas inmensas que les atravesaron los cuerpos.

Jaru por otro lado tomó la de madera, y esta vez comprendió que el búho si era astuto y que utilizaba la debilidad de sus presas para cazarlos. En su caso, el poder volar, en el caso de los hombres su codicia. Jaru encontró al otro lado de la puerta un salón con muchísimos manuscritos de medicina, arquitectura y otras ciencias y lo más importante: una salida. Tomó sus textos y los llevó al pueblo donde los dio a conocer. Volvió a su hogar donde fue un hombre junto con su padre y su madre, el tesoro lo dejó encerrado pues comprendió que era demasiado para que alguien lo tuviera y que finalmente éste sólo trae miseria. La codicia es la debilidad de los hombres y la carnada del diablo pero el conocimiento es el verdadero poder, es la verdadera riqueza y nunca es demasiado, es un regalo de Dios.

 Jaru abrió una escuela donde les enseñaba a los niños lo que había aprendido de los manuscritos y fue conocido como Jaru, el búho sabio.