Crónicas tras las rejas (V): Ovidio Londoño, falso positivo de la Sijín

Aunque la Fiscalía mostró que no tenía antecedentes y numerosos vecinos firmaron un memorial resaltando su buen comportamiento, el veredicto final quedó para el 30 de enero de 2012, lo que pensaba que era una inocente y poco divertida broma, se tornó ese día en su cruda y dolorosa realidad, la realidad de un preso inocente más.

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Por: Wilmar Vera  Zapata

Ilustraciones: Chucho

Ahí está Ovidio Londoño, si necesita quien declame una poesía a la bandera. Ahí está Ovidio Londoño, si necesita un improvisado cantante para la fiesta de las Mercedes. Ahí está Ovidio Londoño, si requiere la personificación de la cultura antioqueña en una comparsa. Ahí está Ovidio Londoño. Amable, sencillo, servicial. En el patio 4 de la cárcel de San Bernardo, según él, gracias a un montaje de la Sijín, la desidia de la abogada y el facilismo a la hora de aplicar justicia del juez. Ahí está Ovidio Londoño.

Ovidio Londoño construye con sus manos el presente, en la esperanza de poner tener un mejor futuro por fuera de la prisión, luego de pagar una pena por un delito que, según él, no cometió.
Ovidio Londoño construye con sus manos el presente, en la esperanza de poner tener un mejor futuro por fuera de la prisión, luego de pagar una pena por un delito que, según comenta, no cometió.

A sus 62 años, Luis Ovidio Londoño Abello ha desarrollado tantos oficios o trabajos como es de esperarse en un hombre hecho con el recio material que abunda en nuestros campesinos: desyerbador de potreros a los 10 años; recolector de café antes de los 20; sustento y apoyo para su madre, Carmelina Abello desde los 30; Ovidio nunca pensó que estaría realizando el más amargo de los “oficios” en nuestra sociedad: ser preso por un falso positivo.

“A mí no me dan libertad porque les da miedo que los demande”, dice sentado junto a una columna, con su infaltable buso de lana beige, de cuello tortuga. Su mirada es sincera y su rostro, arrugado y tostado por mil soles y vientos de largas jornadas de trabajo honesto, le dan contundencia a sus palabras: “Que Dios los perdone”.

 

Comerciante y todero

Nacido en la Tebaida, menor de 6 hijos de un hogar campesino, Ovidio no se resigna a quedarse como el nombre de la finca que lo vio nacer, un 20 de junio de 1951: El silencio.

“Mi papá murió pocos meses después de yo nacer, por lo que a mi mamá le tocó levantar la familia”, recuerda. A su alrededor, una constelación de cachivaches lo rodean, como improvisado puesto de cambalache en pleno patio de esta cárcel de Armenia. Desde que fue creciendo supo que la vida le depararía una tarea que lo marcaría para siempre -con la salida de la casa materna comprendió de cada uno de sus hermanos y hermanas- heredó la enorme responsabilidad de cuidar a su madre.

“A mi mamá le daban unas enfermedades que le descontrolaban la mente. Una vez intentó enterrar a un hijo que creía muerto. Un vecino la vio que cargaba al bebé moviéndose todavía y evitó que lo enterrara. Un yerbatero  la curó con paico y romero”, añade. Su padre, Juan Antonio, no tuvo tanta suerte y murió de cáncer de estómago poco después de su nacimiento.

 

Pegado a la mamá

La nobleza y el buen corazón de Ovidio lo aprendió del ejemplo estoico y resignado de doña Carmelina, quien a punta de rezos y novenas superó los golpes más duros, como el viaje que hizo un hermano a los llanos, hace ya casi medio siglo.” Volvió a los 5 años con mercancía, blusas, ropa, baticas y ya no trabajaba. Vivió con nosotros de gorra 5 meses”. Cansado de su desinterés le pidió a la madre que hablara con él para aportar algo a la magra comida de la familia. “A mí no me humillan por un bocado de comida, dijo él, y mandó a comprar carne, papas, yucas, leche e hizo una ollada de sudado y no nos dio nada. Y nosotros comiendo fríjoles y arroz pelados. ‘No se preocupe mijo, vamos a rezar’, decía mi mamá”.

Hastiado, decía que había sobrado mucho sudado para los perros. En la noche, Ovidio lo acompañó hasta los cafetales. Pues el festín le produjo un fuerte daño de estómago. Inquieto como es, quiso entrar a la policía y cuando tuvo el listado de los elementos que necesitaba, su madre con voz trémula y viva preocupación le inquiría: “¿Y quién me va a cuidar? Igual pasó cuando le ofrecieron hacerse tecnólogo en el Sena y cuando, mayor de 30 años, lo halló ligero de ropas en la cama de una “amistad” que por esos días se hospedaban en su casa.

“Iba a ‘ajuntar candela’ y yo aproveché porque yo quería estar con una mujer y ella me dijo que sí. Cuando mi mamá salió yo me metí a la cama de ella, pero se devolvió y nos encontró en la cama. Me pegó y no pude hacer nada”, ríe rememorando esos episodios frustrados en el amor. Si encontraba una mujer sentada en la camita de Ovidio, doña Carmelina la despachaba con regaños: “Usted si es confianzuda, sentada en la cama del niño”.

“Hasta hace pocos años (ella murió hace cinco) me dijo que por qué no conseguía una mujer y me casaba. Yo le dije: No, mamá, más bien espero porque uno enamorado es capaz de dejarla, y yo no soy capaz de eso”, recalca.

El relato es cortado por un compañero que le comparte un pocillo grande lleno de tinto, a lo que agradece con un animado “Gracias, jovencito” y el amigable patrocinador se aleja renqueando aprisionado por los achaques de la edad.

“No me arrepiento de nada, ojalá estuviera viva para seguir con ella. Lamento el tiempo que sí la dejaba sola, cuando me estresaba por su cantaleta”.

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Condenado por sospecha

Nunca pensó Ovidio que el 15 de septiembre del 2010, cuando su hermana le sugirió recolectar en la casa de un vecino en La Tebaida algunos zapotes. Como buen paisa metelón, su drama lo musicalizó en una canción.

Yo estaba cogiendo zapotes,

Que yo había comprado

Al dueño de esa casa

A don Alfredo Hurtado

Él me vendió los zapotes

Porque no podía cogerlos

Porque es inválido y ciego

Y no podía ni verlos

 

Aquí les cuento la historia

De lo que a los dos nos pasó

Yo estaba cogiendo zapotes

Cuando la Sijín llegó…

Le apuntaron y le ordenaron bajar, el otro al que hace referencia es un menor al que le pidió ayuda para “ apelotiar” la fruta. Asustado por la abrupta interrupción lo sacaron detenido, con el menor, hasta una habitación en la estación:

Había uno de la Sijín

Con una bolsa en la mano,

Y alzando la bolsa en la mano

De esta manera habló:

 

-“Esto es suyo, esto es suyo”

-“¿Qué es eso?, ¿Qué es eso? Eso no es mío

Me respondió: “Todo lo que diga va en su contra”

Y habían 150 papeletas de vicio.

 

Inicialmente creyó que era un error y, en pocas horas, saldría libre con una anécdota más para compartir con sus conocidos y una evidente disculpa de las autoridades. En eso lleva 21 meses de espera.

“Pensé que era una broma, que era por charlar. No estaba asustado sino confiado, como soy inocente, yo sabía que no había nada para culparme, que se iba n a arrepentir de la broma que me hacían”. Pero la broma insensible se estaba volviendo una pesadilla.

La Sijin, en una investigación realizada el 14 de septiembre, un día antes de su detención, lo acusó de portar 19 gramos de bazuco, cantidad suficiente para pasar tras las rejas, mínimo 10 años. Un sujeto alto y flaco le ordenó firmar un papel donde aceptaba que ese alijo le pertenecía.

“-“Yo no firmo nada”, le dije. “Estoy resuelto a que me aporreen, pero no firmo lo que no es mío”. El respondió: “Si me firman quedan libres”. “No, le dije, no firmo porque eso no es mío, somos inocentes”.

De nada le valió el ruego, y cuando lo llevaron al juzgado y le presentaron a la abogada, comprendió que se enfrentaba a una situación absurda donde la sacrificada sería su libertad.

La fiscalía y el juez lo señalaron de vender estupefacientes y, además, de venderle a un menor de edad, pues la teoría del ente acusador es que él llevaba entre dos y tres años vendiendo droga. Y que además donde residía lo encontraron distribuyendo las papeletas con el menor.

-Eso es falso, gritó.

-Quédese callado, le increpó la abogada.

-¿Entonces por qué no responde usted?

-Quédese callado, usted no puede hacer eso.

La abogada y el juez le dijeron que tendría un careo con un testigo que lo señalaba. “Yo le dije que si perdía me condenaban a los 164 meses. Si yo aceptaba, me quedaría en 64 meses y con 32 sería excarcelable. Yo quedaría en 64 meses y con 32 sería excarcelable. Yo les pedí que me trajeran a esa persona y  si me ganaba el careo me iba los 164 meses, si yo ganaba me dejarían libre”.

-Eso no se puede. Ese careo queda para el 4 de marzo del 2011. Entonces, ¿qué hacemos abogada?

-Hágase cargo de eso, le sugirió su defensora.

-¡Yo soy inocente! Ni siquiera firmo

-Entonces, dijo finalmente el juez, se puede ir a su casa, pero no salga de La Tebaida porque en cualquier momento lo necesitamos para el careo a la audiencia”.

“Todos, salieron y yo me quedé ahí, sentado, esperando, cuando al rato, la abogada me dijo que me fuera, que qué hacía ahí sentado. Obviamente salí contento porque vi que era algo que no trascendió a nada, porque soy inocente”, añade.

 

Payasada judicial

Confiado, Ovidio siguió haciendo lo que hacía hasta antes de este lío judicial: comprar y vender billetes y monedas viejas y recolectar zapotes, mandarinas, guanábanas y naranjas para vender en puestos de alta confluencia de peatones. Seguía tranquilo convencido de que “el que nada debe, nada teme”. Pero la vida le preparaba su más dura cachetada.

El 4  de marzo del 2011 llamó a la abogada asignada por la defensoría del pueblo.

“Yo no sé nada, usted verá que hace”, le respondió. Descorazonado por la intransigente actitud de quien fungía como la encargada de luchar jurídicamente por su libertad, visitó la estación de policía, la Alcaldía y el Juzgado de La Tebaida y la respuesta era la misma: “No hay nada contra usted”. Sin embargo, el frío susto se materializó en su piel  cuando como último recurso, un juez de La Tebaida llamó a Armenia y él, silente y aterrado, escuchó al funcionario judicial decir al teléfono: “Que pesar del viejo, eso es un falso positivo porque yo distingo al señor que vendía billetes”. Su caso lo tenía la fiscalía 10 de Armenia, Aún con ese negro augurio, Ovidio tenía fe en la justicia.

Con la colaboración de un investigador de la Defensoría asignado a su caso, recorrieron lugares que frecuentaba Ovidio, tomándole registros fotográficos a la humilde habitación de la pensión donde dormía, el testimonio de sus vecinos, de la dueña de la casa, pero, el más importante, fotografió el palo alto de zapotes donde fue encontrado y obligado a bajar bajo mil improperios.

“Bueno, ahí queda pendiente para la evidencia”, le soltó el investigador.

El 6 de diciembre, a las 9:30 de la mañana, comenzó el juicio contra él. El agente de la Sijin, luego de jurar que diría la verdad, narró el resultado de sus “arduas” indagaciones.

“Nos habían dicho que en esa casa vendían vicio e investigamos varios días, hicimos el  allanamiento y  conseguimos firmas de todos los vecinos diciendo que Luis Ovidio Londoño no vendía desde hacía varios años vicio. Hicimos el allanamiento y lo encontramos en una cama con un menor dándole vicio para que lo vendiera y vendiéndole a menores de edad. Le dijimos que qué hacía y dijo: ‘cogiendo zapotes’, y no hay palos de zapotes en ese lugar”, recuerda Ovidio como si el tiempo no hubiera pasado ya.

-Eso es mentira, eso es falso lo que dice.

-Estese callado, no puede decir nada, le recriminó nuevamente su abogada. Luego preguntó cuántos allanamientos habían realizado y por qué razón no lo habían detenido antes si era tan frecuente y evidente su supuesto delito.

“Ahí mismo agachó la cabeza y no dijo nada. Solo el fiscal dijo que estaba “instruyendo” al testigo, recuerda Ovidio y su voz es firme. Haciendo énfasis en cómo el silencio del supuesto investigador es sinónimo del montaje que lo retiene tras las rejas. Pero la respuesta a una pregunta que le formuló la defensora lo desconcertó más:

-Usted juró que consiguió firmas en contra de él y que un testigo vendría, ¿dónde están?

-No se presentan por miedo a represalias.

-¡Está obstruyendo la investigación! Condénelo su señoría con la pena máxima, que es un perjuicio para la sociedad, señoría.

“ A mí se me venían las lágrimas por ese trato que me hacían, cómo gente tan estudiada  son tan ignorantes y acusan a una persona no más por lo que dicen otros”, aclara y toma un sorbo de tinto. Sus ojos claros brillan y una sonrisa se asoma como disculpándose por ser tan débil e ingenuo.

En un receso, Ovidio escuchó que el fiscal preguntaba:

-¿Y el viejo qué, doctora?

-No, no tiene nada.

De nada le valió tener el “conduce”, el recibo de compra de frutas que demostraba que él comerciaba esos productos, cuando no vendía billetes viejos en el parque. Luego del almuerzo y el testimonio anulado del dueño del palo de zapotes, que no fue aceptado por el ente acusador, el juez tomó la palabra. Ovidio, de nuevo, rememora esos angustiosos momentos:

“Al señor Luis Ovidio Londoño por su actuación se le  puede dar cinco años de cárcel, ¿usted qué opina, doctora?

-Muy bien, muy bien señor juez. Termine con esto, que en enero tengo otro trabajo. Yo pensé: “Dios mío bendito, cúbreme con tu preciosa sangre. Si esta es mi defensora, ¿qué puedo esperar del señor que me está acusando?”.

Aunque la Fiscalía mostró que no tenía antecedentes y numerosos vecinos firmaron un memorial resaltando su buen comportamiento, el veredicto final quedó para el 30 de enero de 2012, lo que pensaba que era una inocente y poco divertida broma, se tornó ese día en su cruda y dolorosa realidad, la realidad de un preso inocente más.

“Me esposaron  y me llevaron a la URI durante esos días, De allí me anunciaron que me mandarían a la cárcel de San Bernardo. Ahí me pasaron una fotocopia de una cédula en la que aparecía un señor con el pelo a lo afro, como Jimmy Salcedo, y el mismo nombre. Como ese no era yo, no firmé. Entonces me dijeron: “Mándelo sin papeles” y me echaron para acá.

El 14 de enero, dos semanas antes de la condena, su hermano José Londoño denunció la investigación de su caso en el periódico Vea Pues, de Armenia, llevaba 16 meses vinculado a un proceso y el horizonte que se le perfilaba no era el más halagüeño. Por fin, el 30 de enero del 2012 al juicio llegaban varios familiares de Cali, y una vez más, la abogada le recalcó que sabía que era inocente, pero que lo mejor era aceptar los cargos, declarándose culpable.

-Yo no lo hago porque no fumo estupefacientes, le gritó. Pero no fue suficiente. Sin pruebas contundentes, con sobradas dudas y a pesar de las voces que clamaban una verdadera justicia, incluyendo la de él, fue condenado a 64 meses de cárcel. La abogada, en un gesto de lucidez jurídica, apeló la condena y le explicó que, si todo sale bien, saldrá a los 35 meses, por vencimiento de términos.

 

Espera cruel

Ya lleva 21 meses. Ovidio no olvida su naturaleza de comerciante y en el patio cambalachea por tintos, cigarrillos o tarjetas para el teléfono, miles de chaquiras, chaquilones, checos, mustacillas, revistas viejas o libros que sobraron de la biblioteca y cuentan con pocos lectores.

En sus ratos libres, cuando no canta, estudia ciclo 3 con la esperanza de terminar la primaria, logro que puede alcanzar sin el temor de antes, ese de abandonar a su madre. Fiel a su alma de juglar, compone canciones , sobre todo para días especiales, como la visita de niños (donde canta El gato come salchichón) o la de mujeres (Me da alegría verlas llegar), pero la más triste es una que narra su situación aquí:

“Estoy detenido en San Bernardo”

Llevo 21 meses en San Bernardo

No me han querido dar libertad

Porque ellos dicen que vendo vicio

Y eso es mentira y falsedad

 

Yo solo quiero que le pregunten

A toda la gente de mi ciudad

Para que vean que vendo frutas

Y los billetes de antigüedad

 

Ellos me dicen que me haga cargo

Para ellos darme la libertad

 Yo eso no lo acepto y soy inocente

Y quiero demostrarles que es falsedad

 

Ellos dicen que  no hay palo de

zapotes, en ese solar

Otra mentira que ellos dicen

Porque el palo ahí está

 

Porque no dicen que me bajaron de ese palo

Con insultos y agresión

Porque no dicen que se me comieron

Todos los zapotes en la inspección

Y ahí está Ovidio. Espera que por fin llegue la justicia. Entre sus pertenencias guarda una copia del periódico y ajadas cartas de sus familiares que no lo visitan, pero le dicen que lo quieren, lo extrañan y lo esperan pronto, libre, en Cali. También guarda una manoseada novena a Santa Marta, patrona de las causas imposibles. Ojalá ella le haga el milagro, mientras tanto, ahí está Ovidio.