En una sociedad machista, el llanto de los hombres es “permitido” en ciertos lugares: el hospital, el cementerio y la cárcel. Por eso no es extraño que la dicha de los menores de 12 años que ingresan a los penales se vea acompañada por ojos llorosos y manifestaciones de dolorosa alegría difíciles de reprimir.

Por: Wilmar Vera Zapata
La niña de cinco años sonrió apenas entró al patio con su caminar indeciso, sus ojos se abrieron de la emoción al verlo, cree su padre, quien la espera al otro lado de la reja. Es el día de los niños en la cárcel y bombas multicolores cuelgan de los “parches”, lugares donde se recibe la visita, dándole una imagen de piñata o fiesta triste. Cuando el guardia abre por fin la puerta, el hombre la abraza pero la niña sigue con los brazos abiertos. El detenido está feliz por ver una vez más a su hija; la niña está alegre porque quiere agarrar alguna de las bombas que el viento no se cansa de balancear tras su cabeza.
La visita de niños es, junto a la conyugal, uno de los domingos más esperados por los padres privados de la libertad. Normalmente son el primer y segundo domingo del mes, aunque en fechas especiales, como navidad, la administración carcelaria puede cambiar el orden.
Presos de la alegría
En una sociedad machista, el llanto de los hombres es “permitido” en ciertos lugares: el hospital, el cementerio y la cárcel. Por eso no es extraño que la dicha de los menores de 12 años que ingresan a los penales se vea acompañada por ojos llorosos y manifestaciones de dolorosa alegría difíciles de reprimir.
“Las primeras veces son más duras porque uno se siente impotente y es duro ver a los hijos cada mes, pero uno se ‘acostumbra’, trata de pensar que no está en una cárcel y juega todo el día con ellos”, dice Manuel, un sindicado que lleva seis meses de prisión y tiene visita cada mes.
Para los más pequeños, ingresar a un patio de cárcel adornado con bombas y donde se hace a lo largo del día recreación, se reparten helados y juguetes, puede ser el recuerdo de una visita a un parque de diversiones. Los bebés y niños hasta los tres años no son conscientes del lugar y aunque algunos son traídos por sus madres y abuelas, lo que más interesa es correr, jugar y dormir acariciados por sus padres. Lo complicado es cuando hacen preguntas.
“Yo le tuve que decir a mis hijos que aquí es tan duro el trabajo que no puedo salir para la casa. Ellos se lo creen, pero aun así me reclaman que no, que ya quieren que esté en la casa como antes. Y eso es muy duro”, recuerda García, un ingeniero que lleva 16 meses detenido y por culpa del paro judicial su juicio se postergó.
Algo similar le dijo Mariana a Pedro, cuando ella creía que todo era un juego; pues ambos padres estaban “encerrados”.
“Las primeras semanas la abuela le dijo que era un juego que estuviera sin el papá y la mamá y ella se lo creía. Luego un domingo cuando visitaba a la mamá y al mes siguiente a mí, me decía que ya no quería jugar más, que le hacíamos mucha falta y que nos necesitaba en la casa. Lloraba mucho y hasta perdió materias en el colegio”, comenta Pedro. En octubre, por ser un delito menor y primera vez, el juzgado le otorgó a su esposa la casa por cárcel. Él envió la solicitud para pedir lo mismo y está confiado en que se la darán y así su hija volverá a tener a sus padres en casa.
“Ya está más tranquila, pero cuando hablo con ella me dice que me extraña mucho”, añade Pedro con voz adolorida, aunque ya en el colegio la niña mejoró su rendimiento.
Molestias
En el patio algunos reclusos consiguen regalos o actividades para hacer de ese primer domingo un día más agradable, por ejemplo en este, llega un grupo de recreacionistas del Instituto del Deporte a jugar con grandes y chicos. Su presencia es de aproximadamente tres horas y luego dejan a los asistentes antojados de seguir brincando, jugando y gozando.
“Uno se esfuerza por traer cositas para los niños, pero uno se desanima cuando consigue juguetes y en la guardia se quedan con los mejores. O compra uno helados, pelotas y no los dejan entrar”, añade Libardo, uno de los “grasosos” –con plata o influencias– que patrocinan con su poder adquisitivo el sonido, los recreacionistas y la comida para compartir.
“A mí realmente no me gusta tanto chino por ahí corriendo, tropezándose con uno o llorando. De los domingos ese es el que menos me gusta. Es que molestan mucho”, recalca El viejo, quien aprovecha las diez horas que dan de patio para dormir entre cuatro y seis horas. Tiene 65 años y aunque no tiene mayores ataques, su propensión al sueño se lo atribuye a los 40 años de vida nocturna, de la cual ahora se está desatrasando.
Un hasta luego
“2:45, toca la guardia el pito. Es la señal de salida para la visita. Un lamento generalizado cae en el patio y para algunos es el peor momento del día. El que desearía que nunca llegara.
“2:55, segundo pitazo, como si iniciara un partido. Las que llevan niños de brazos o dormidos se despiden de afán, aunque quisieran estirar el tiempo o esconderse para no dejar a sus esposos o novios, pero las llamadas de la guardia son insistentes, “últimas señoras, vamos últimas”, gritan. 3:00 pm, los internos ya hacen fila para la contada y en la puerta, algunos abrazan a sus hijos con emoción. Un naufragio o una tragedia deben provocar escenas similares, pues se ven forzados a dejar mujeres y niños lejos de ellos.
3:05 pm, empieza el conteo de los presos. Las últimas desde la reja agitan las manos y lo propio hacen algunos. Los guardias van contando las filas de a tres y unos tratan de que no los vean llorar y otros sin pudor o vergüenza, se agitan en espasmos continuos, aunque silenciosos.
3:10 pm, la reja se abre, la guardia sale. Las filas se rompen, las lágrimas cesan. Unos comentan las novedades de sus hijos en el mes. Otros, solo esperan que e l tiempo pase rápido hasta el siguiente domingo tan esperado, el de visita conyugal.
Mientras tanto la niña sonríe. Va cargada por su madre, dormida, agotada de tanto brincar y jugar, en un domingo que le parece es normal y familiar. De su pequeña mano va amarrada una bomba verde, que cabecea con el viento.



